sábado, 22 de agosto de 2015

Día de playa II: Me jode el mar y el nudismo me desconcierta.






   Pasa el tiempo en la playa. Ana toma el sol y yo sigo parapetado bajo la sombrilla ataviado como un tuareg. La gente exhibe sus cuerpos y yo los observo. Empiezo a tener calor. Una gotita de sudor me resbala por la espalda. Debería tomar un baño refrescante, pero no lo hago porque me jode el mar. Expresado así puede parecer un poco exagerado, pero es que no le encuentro ninguna ventaja a bañarse en él. 

   Me joden los surfistas, que se creen los dueños del mar. Me gustaría saber en qué contrato público se les reconoce a estos señores embutidos en trajes de neopreno el derecho a amenazar al resto de los bañistas con los picos de sus tablas. Allá donde el mar rompe en sugerentes ondas esponjosas, aparecen estos señores feudales del mar, y entonces uno ya no puede jugar con las amables olas sin ver su vida amenazada por una quilla o el pico de una tabla. 

   También me joden los practicantes de otros deportes acuáticos, como los submarinistas, los del windsurf o los del kitesurf, pero estos un poco menos porque suelen practicar sus extravagancias acuáticas lejos de la orilla.
    
   Tampoco me caen bien las motos de agua. Una vez me monté en una y lo único que pasa es que da golpes fuertes que te fastidian la espalda y te entra mucha agua en los ojos. Para lo único que valen es para hacerse el chulito. Las motos de agua son al mar lo que los Ferraris a la carretera. Una horterada. 

   Luego, sin focalizar en colectivos, me jode, en general, que la gente mee en el agua. Ya sé que el mar es muy grande y que hay corrientes, pero somos muchos. Me imagino a todas y cada una de las personas que hay en la playa vaciando el medio litrillo de orina que hay en sus vejigas -porque lo hace todo el mundo- y no entiendo cómo el mar no se desborda. Se supone que el acto de sumergirse en el mar está cargado del simbolismo de la muerte y la resurrección, pero yo sólo alcanzo a verlo como tirarse de cabeza en un cóctel de meos con algún alga flotando.

Señor feudal que contempla orgulloso sus dominios.


   Paso del baño y sigo observando los cuerpos de la gente. Aprovecho para tomar algunas notas que luego recogeré en Día de playa I. No sé cuánto tiempo paso entregado a esta actividad -desde luego no es mucho- hasta que de repente, entre las rocas, aparece una pareja de cincuentones completamente en pelotas.

   -Ana. -digo- Ahí hay dos viejos enseñando el culo.

   Mi mujer se incorpora y se pone las gafas de sol para poder mirar sin deslumbrarse.

   -Es que del otro lado de las rocas hay una pelea nudista.-dice.

   -Ah. 

  Observo los viejos que caminan despacito y se balancean como péndulos de reloj invertidos porque las rocas les pinchan los pies descalzos.

   -La playa nudista está del otro lado de la rocas ¿verdad?

   -Sí.

   -¿Entonces porque están desnudos en esta?

   Ana se encoge de hombros.

   -No sé. Supongo que irán a comprar agua al chiringuito o algo así.

La explicación vale para el bolso de plástico que lleva la vieja en la mano, pero no explica por qué no se han puesto un bañador, a no ser que sean unos activistas radicales del nudismo y que su épico paseo con el culo al aire sea un acto de revoltosa reivindicación.

   Sea como sea, los viejos dejan atrás la rocas y comienzan a cruzar la playa textil.

   Hace mucho tiempo tuve una novia muy moderna. Un día me propuso ir a una playa nudista con una amiga y su novio. Yo tenía dieciocho o diecinueve años y me vi obligado a aceptar porque esas edades difícilmente se puede mantener una postura que pueda parecer siquiera remotamente conservadora. La experiencia fue un auténtico desastre, no solo porque me sentía continuamente intimidado por el atlético cuerpo y el imponente pene del novio de la amiga, sino porque el sentido de la vista encierra en sí mismo el símbolo de la conquista. No en vano a los colonos americanos en Argentina se les reconocía como tierra propia y conquistada todo el territorio que pudiesen abarcar con la vista. Todo el tiempo tuve la sensación de que aquel coloso que podía recorrer con la mirada a su antojo el cuerpo desnudo de mi novia la estaba haciendo suya de alguna manera. Y, por la tarde, cuando fuimos los cuatro tomar una cerveza, me sentía como si hubiésemos hecho un intercambio de parejas.

Volviendo al presente, los viejos cruzan la playa, en el chiringuito piden dos cervezas que se beben con la polla y y el chocho al aire, y vuelven a cruzar hasta su refugio nudista más allá de la rocas. Las reacciones ante este glorioso gesto de reivindicación del cuerpo son de lo más curiosas. No me resisto recoger las del pequeño asentamiento humano y el modo en que reflejan su relación con la sociedad:

   a) Los cachitas tatuados se ríen. Ellos, con sus lacerantes dietas y las interminables horas de ejercicio en el gimnasio, han conseguido borrar cualquier rastro de cotidianidad de sus cuerpos. Tienen el cuerpo frío, aséptico de la publicidad. Y desde la atalaya moral de sus no-cuerpos desprecian la materialidad de los viejos.

   b) El calvo oficinista y su esposa. La falsa conciencia de la clase media de poseer ciertos privilegios los ha vuelto conservadores. La sociedad habla por su boca. El matrimonio occidental es la institución que legitima las relaciones sexuales. Como dije antes, la visión es en sí misma una conquista simbólica, de ahí que ellos dos cubran pudorosamente sus órganos sexuales con un bañador -aunque, por otra parte, esos como ir en bragas y sujetador, pero ese es otro tema-. El caso es que estos dos baluartes de la familia tradicional critican la impúdica exhibición de los viejos. Pero no hay que olvidar que él es un asalariado, así que lo hacen con cobardía, en bajito para que nadie les oiga.

   c) En estos se oponen a la familia triunfadores de sociedad postkeynesiana. Ella, que cuanto más la miro más le veo un aire a lo Isabel Preysler, se muestra abiertamente escandalizada. Despierta su marido, que estaba durmiendo con el gorrito de paja sobre la cara, para enseñarle horrorizada lo que está pasando. Mujer florero, se mantiene fiel a la patata moral sexual de sus padres. Por su parte, el gran empresario de éxito se comporta como un rey. Se aparta el gorro de la cara y mira, exactamente en este orden, un segundo a los nudistas y ul segundo su mujer. Luego se pone el gorro de nuevo sobre la cara y vuelve a su siesta.

   d) El senderista progre hace como que no los ve. Cuando los viejos atraviesan su ángulo de visión, no aparta ni por un momento la vista de un punto indefinido en el horizonte. Me fastidia decirlo porque me es bastante más simpático que las dos familias conservadoras, pero en este gesto que trata de hacer invisible al otro también hay una valoración negativa del cuerpo.

   e) La señora arrugada como una pasa que toma el sol ni siquiera abre los ojos. Esa yonki de melanina tiene cosas mejores que hacer que preocuparse por la existencia de otros seres en el planeta.

   f) Y finalmente el hijo del oficinista. En tanto que niño, el proceso de endoculturación por el cual incorporamos valores morales y patrones de conducta aún no ha hecho más que empezar. En consecuencia, la naturaleza fluye sin restricciones culturales.

   -¡Mama, hay dos viejos desnudos! -grita.

   La madre, muy apurada, lo reprende en bajito.

   Dice que David Le Breton la sociedad occidental está basada en el borramiento del cuerpo. El ser occidental irradia del alma. El cuerpo no es más que un obstáculo, un soporte molesto, de ahí que neguemos todo lo que nos recuerda nuestra corporeidad. Si esto es cierto, estos dos viejos, con sus tetas por la barriga y su minga pocha al aire, son dos punkies auténticos.
    
    
    
      

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