domingo, 10 de mayo de 2015

Perspectivas I: Habla Curro







    La novela moderna con frecuencia recurre al perspectivismo. Distintos narradores que cuentan la historia. Es la concreción artística de la nueva sensibilidad postmoderna. El siglo XIX fue el de la revolución científica. El método científico era la filosofía que podía explicar el mundo. Una única filosofía para explicarlo todo. De ahí que la novela decimonónica recurra a un narrador único omnisciente que cuenta la historia. Por el contrario, el siglo XX es el siglo del relativismo. Las nuevas filosofías de Derridá o Foucault sostienen que no existe una realidad absoluta, sino que depende del que la aborde. Todo es subjetivo, sujeto a interpretación. Esto se concreta en novelas que nos ofrecen diversos puntos de vista sobre los acontecimientos narrados. Desde Rayuela hasta Julian Barnes. Sin embargo, la novela contemporánea tiene un problema, y es que los diferentes narradores no dejan de ser figuras ficcionales, entes creados por una única persona, el autor. He pensado que en mis artículos de costumbres podría hacer un experimento y llevar esta construcción de la realidad a través de la suma de perspectivas hasta el final. En esta serie no seré yo el único que cuente las cosas, sino que otros amigos me ayudarán. No soy yo inventando un narrador ficticio. Son otras personas contando pequeñas vivencias que hemos compartido.

*

     Estamos en la terraza de un bar tomando un vino. Somos Ana, L, T y yo. La hija recién nacida de L duerme en su cochecito. Hablamos de cosas intrascendentes. Estamos contentos porque hace buen día y somos amigos y estamos vivos. Son las dos y media de la tarde. L mira su reloj de muñeca y anuncia que se tiene que ir. Ha quedado para comer con su hermana y llega tardísimo. Le decimos adiós con la mano mientras la vemos alejarse por la calle empujando el carrito del bebé. 
    -Ya es hora de comer. ¿A dónde vamos? -pregunta T.
    Ana dice que le apetece ir a un restaurante que mezcla la comida tradicional japonesa y la gallega. Alguien nos ha hablado bien de él y tiene curiosidad. A mí la aventura gastronómica no me entusiasma, pero quiero a mi mujer, así que no digo nada. Sospecho que a T tampoco le apetece mucho, pero no hace objeción alguna. 
    El restaurante está escondido en una callejuela secundaria un tanto alejada del centro. La puerta es pequeña y no deja ver lo que hay dentro, de modo que tenemos que dar un par de vueltas para asegurarnos de que es allí. Abro y entro de primero. El local es bastante pequeño. Hay tres mesas bajas, dos altas y una barra. La cocina está detrás de la barra para que los clientes puedan ver cómo preparan sus platos. El dueño. un treintañero con un flequillo ensortijado que le cae sobre la frente, está preparando sushi. Las tres mesas bajas están llenas con parejas que comen cosas raras y la barra también. 
    -¿Tenéis reserva? -me pregunta el dueño.
    Respondo que no, que sólo queremos picar algo y marcharnos. Él dice "bien", pero entonces tendremos que sentarnos en una mesa alta. Obedecemos. Tardan muchísimo en atendernos, lo que es sorprendente porque el local es pequeño como una mierda y son cinco camareros. Pero van vestidos de negro, todos iguales con ropa de diseño. Al fin aparece un tipo con tatuajes en el cuello y en los brazos. Nos pregunta qué queremos beber. Ana pide una Pepsi, T un vermú y yo un godello. 
     -El godello tiene que ser por botella. -me dice el camarero- ¿Lo quieres igual?
    Sí, claro. Quiero una botella de vino para mí solo. Pero eso sólo para calentar. Cuando saques lo de picar, trae también una botella de aguardiente. Y con los postres una de whiskey o otra de cognac.
     -¿Qué tenéis por copas?
     -Sólo tenemos ribeiro de la casa, pero es una edición exclusiva, embotellada sólo para nosotros...
     -Me vale. -digo.
     Se marcha. Tarda un montón en servirnos. Mientras, observo el local. Por lo que parece, aquí el cliente no decide lo que come. El dueño y la maitre lo hacen por ellos. Una señora de la barra se come un alga y deja su plato de pizarra vacío.
     -¿Cómo estamos? -pregunta el dueño. 
     Ella responde que bien, que ya empieza a estar un poco llena.
     -Entonces -responde el dueño- es el momento de tomar un -aquí dice algo que yo no entiendo; y hace una bolita de arroz que le sirve al punto. Ella, obediente como una niña pequeña, se come lo que le mandan. 
     -La culpa de esto la tiene Amancio Ortega. -comenta T.
     Le pido que se explique.
     -Por su culpa la ciudad se ha llenado de modernillos. 
     Diez minutos después aparece el camarero de los tatuajes. Sirve el vermú, la pepsi y el ribeiro de la casa edición exclusiva. 
     -Queríamos picar algo. -digo. 
     -Sí, ahora viene la maitre. -responde. 
     -¿Y la carta?
     Él menea la cabeza contrariado. ¿Cómo se nos ocurre pedir una carta? Somos unos paletos que no entendemos nada de la fusión de la comida japonesa y la gallega, pero aún así nos deja una. Leemos lo que pone allí, aunque nos podíamos haber ahorrado el esfuerzo, porque no se entiende nada. Ana, que empieza a estar un poco avergonzada por habernos llevado hasta allí, saca una foto a la carta. 
    -Mirad, mirad. -dice T divertido- Esto es xarda con algas. Te cobran ocho euros por lo que yo pesco en el dique y lo que se me engancha en el anzuelo. 
     Me río y pruebo su ribeiro de diseño. Como me imaginaba, es una puta mierda. 
     Echamos un ojo a la carta. Los precios son escandalosos. Como no entendemos nada, optamos por los dos platos más baratos. 
     Llega la maitre. Tiene la mitad del pelo negro y la mitad blanco. No sé cuánto ha pasado entre que el camarero nos dijo que iba a venir y su llegada pero desde luego es mucho.
Tontería que se puede comer en el
restaurante de fusión.
Ella no hace el más mínimo amago de disculparse porque estamos en un restaurante supermegachachi y ya bastante favor nos hace dejándonos entrar. La espera no es más que la fase de preparación para el ejercicio de sumisión total a su voluntad durante la experiencia mística de la comida. 
    -Queríamos picar un par de platos para acompañar el vino. 
    -Sí. -corrobora Ana- Queremos esto y esto. -señala un par de cosas impronunciables en la carta.
    La maitre niega con la cabeza horrorizada. Al hacerlo, su pelo mitad negro, mitad blanco se balancea. De ninguna manera podemos pedir eso. Si queremos comer esas cosas, tenemos que sentarnos en las mesas bajas para comer. 
    -¿Entonces qué podemos picar? -pregunta Ana.
    La maitre nos señala una cosa en la carta con un desprecio supino. 
    -¿Y eso qué es? -pregunta Ana.
    -Churrasco. -repone la otra ya sin mirarnos. 
    -A mí el churrasco no me gusta. -dice Ana. 
    -Entonces nada. -digo yo. 
    La maitre nos deja plantados sin dedicarnos una sola mirada. 
    -¿Si no van a servirnos nada de comer, por qué nos han dicho que podíamos sentarnos y nos han servido la bebida-dice Ana absolutamente indignada.
     -Nos han cogido de pardillos. -digo yo.
    -Esto es la burbuja gastronómica. -dice T- Como hubo una burbuja inmobiliaria, hay una gastronómica. 
    Asiento. Tiene toda la razón del mundo. Jack Goody tiene un ensayo de antropología en el que analiza el modo en que la alimentación y la cocina han sido susceptibles de ser convertidas en símbolos de estatus en las más diversas culturas. Las clases altas han utilizado desde siempre lo que comen como una forma de marcar las diferencias de clase. Esta mierda que mezcla la cocina tradicional japonesa con la gallega es exactamente eso: una colección de personajillos de clase media que están dispuestos a hacer todo tipo de tonterías y a gastarse un montón de pasta sólo para darse tono. 
     -Lo siento. -dice Ana.
     Yo la abrazo. No pasa nada, cariño. Tú no sabías que esto iba a resultar así. A T tampoco le importa. Aunque está tan indignado como nosotros, cree que por lo menos hemos tenido una experiencia. 
     -Y pensar que aquí estaba el ... -no recuerdo el nombre- Te ponían unas tapas de callos cojonudas y en la barra podías leer La Voz de Galicia y El Ideal Gallego.

Foto de la carta
     L y M -un matrimonio amigo- mandan un whatsap preguntando dónde estamos. Quieren unirse a la cuchipanda. Ana les contesta y llegan en un par de minutos. Ana les avisa de que no se pidan nada. L pregunta por qué. Ana le explica todo el lío y L se ríe. Viene el camarero. Hay que joderse. Cuando quieres que te atiendan, este modernillo te tiene esperando veinte minutos, pero cuando quieres marcharte, está ahí a toda hostia.
    -Creo que no vamos a tomarnos nada. -le dice L.
    El camarero se marcha. 
    Acabamos las bebidas a toda leche. Voy a la barra a pagar. Por supuesto, ahora que tengo prisa, me tienen esperando cinco minutos. Estoy a punto de marcharme sin pagar, pero al fin aparece la maitre con su pelo mitad negro, mitad blanco. Me cobra una cantidad desorbitada por una Coca-Cola, un vermú y un ribeiro edición limitada de puta mierda. Me doy la vuelta para marcharme. 
    -Siento lo de la mesa, chicos. -dice el dueño desde la barra. 
    Miro su flequillo ensortijado que le cae sobre la frente. 
    No contesto porque no se lo merece.
    Nos vamos a un bar de la calle de la Barrera. Allí todo destila honestidad. El camarero habla en gallego, pero un gallego de siempre, no ese aprendido por los nacionalistas modernillos en la universidad. Nos sirve tortilla, calamares, pimientos de padrón y un vino godello que puedes comprar en el Gadis y que está muy bueno. 
     Después de comer nos vamos a dar un paseo por el dique de abrigo porque hace una tarde muy agradable para pasear. Desgraciadamente, allí se da un fenómeno muy similar al del restaurante de comida fusión. Antaño, el dique de abrigo era un espacio reservado a gatos y jubilados. Hoy en día está poblado de modernillos vestidos de deportistas de élite. Algunos corren y otros van en bici, pero la mayoría practica una nueva forma de snobismo que recibe el nombre de Power Walking. Este deporte tan sofisticado consiste exactamente en caminar a buen ritmo y es absolutamente imprescindible vestir mallas, zapatillas Nike ultraligeras y accesorios para el mp3 y el botellín de bebida isotónica, porque, si no, es caminar como hicieron los jubilados toda la puta vida. 
     Nos vamos a casa a las ocho. A las diez juega el Deportivo por la tele. El inútil de Lopo marca un gol en el último minuto que puede suponer la salvación.

El dique de abrigo. Antaño un lugar donde pasear honestamente. Hoy en día una pasarela de vanidades.

     
    

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