jueves, 14 de mayo de 2015

Epicureísmo del siglo veintiuno III: Promesas de Felicidad.






    La tos no se fue. Creció y creció y llegó un punto en que no podía hablar. Abría la boca y sólo tosía. En reiteradas ocasiones tuve que suspender la clase y sentarme abatido ante los ojos alelados de los alumnos que no entendían una victoria tan fácil. 
   El lunes volví al medicucho de aldea. Por no hacer mudanza en su costumbre, me tuvo esperando tres cuartos de hora. Me saludó muy efusivamente y me recetó más antibióticos y jarabe. 
   -Pero tienes que dejar de fumar. -dijo al despedirnos.
   No contesté nada porque no se lo merecía. 
   Los antibióticos y el jarabe no sirvieron para nada. La tos era cada vez mayor y varias veces estuve a punto de echarme a llorar de la desesperación. El jueves llamé por teléfono a la consulta.
    -Ven mañana a las diez. -dijo la enfermera.
    Avisé en el instituto y, como me habían mandado, estuve allí a las diez en punto. 
   En la sala había mucha gente. Varios viejos, pero también gente joven. A mi lado, un veinteañero grandullón y cachas, un hortera de esos de gimnasio, hablaba por teléfono a gritos. A este respecto, he observado dos actitudes diametralmente opuestas e igual de absurdas: 
    a) Los que les suena el teléfono móvil mientras estás hablando con ellos y te dejan colgado para irse a la otra punta de la calle, cosa que podría entender si les llamasen del CNI o estuviesen planeando un atentado, pero estadísticamente no hay tantos agentes secretos ni terroristas. Es imposible. 
      b) Los que hablan a gritos con el teléfono. Las voces llegan a través de ondas. Si por teléfono hubiese que hablar a gritos, no se habría inventado. Sería innecesario.
       Pero volviendo al tema de este post, a mi lado, en la consulta,el macarra era de los que le hablan a gritos a su teléfono. Por su cháchara me enteré de que estaba allí porque había tenido un accidente de coche y quería que el medicucho de aldea le hiciese un informe. Este dato, que a priori puede resultar baladí, fue de vital importancia para el posterior desarrollo de los acontecimientos, porque poco después la enfermera entró en la sala y preguntó cuántos habían venido por la mutua de accidentes. Cuatro personas levantaron la mano. La enfermera les pidió los volantes del seguro y desapareció con ellos. A las diez y cuarto llamó al primer paciente. Era uno de los de la mutua de accidentes. A las diez y media a otro. También de la mutua. Y a las once menos cuarto y a las once. Todos de la mutua. A las once y cuarto vuelve a entrar la enfermera y pregunta:
     -¿Quiénes vienen para un análisis de sangre? 
     Otras cinco personas levantan la mano. La enfermera recoge los volantes y los que iban a hacerse el análisis van entrando a razón de uno cada cinco minutos. Yo asisto a todo esto absolutamente indignado. Este rufián nos ha citado a todos a la misma hora y nos va haciendo entrar como le interesa. Primero los del seguro de accidentes, que le pagarán más; luego los análisis de sangre; y al final los enfermos comunes. Todos perfectamente ordenados en función de la lógica capitalista. Los enfermos comunes, que somos los únicos que realmente estamos enfermos. al final. El capitalismo ha liquidado veinticuatro siglos de juramento hipocrático. Pero no digo nada porque me encuentro mal y necesito un médico. Aunque sea este mamarracho pesetero.
     No pudo ser. 
    A las once y media una ambulancia aparca en la puerta. Hay movimientos rápidos. La enfermera desaparece y vuelve poco después empujando una silla de ruedas. Sentada en la silla va una señora de unos cincuenta años en bata y pijama. Tiene la cabeza ladeada como si los músculos del cuello no pudiesen sujetar el peso. El pijama y la bata se le han abierto y se entrevé el comienzo de un seno avejentado. Hace "aaaahhhh, aaaahhhh, aaaahhhh" como si estuviese muy malita. El seguro médico debe pagar un pastón por las sillas de ruedas, porque la meten directamente en la consulta sin hacer cola.
    -Van a tener que esperar un poquito. Ha surgido una urgencia. -anuncia la enfermera.
    Me quedo turulato. 
    -¿Cuánto es un poquito? -pregunto.
    -Una hora o así.
    -Yo tenía cita a las diez- digo.
    -Y yo.
    -Y yo. -oigo a mis espaldas.
    -Ya, pero ha surgido una urgencia. -repone la enfermera- Puedes volver al mediodía.
    Le enseño el reloj. 
    -Ya es mediodía.
    -Pues ven por la tarde.
   No me molesto en contestar. Salgo por la puerta y me voy pensando en mi amiga Carmen y su lucha titánica en un hospital del seguro privado (aquí). ¿Por qué no me habré ido a la Seguridad Social?
     Por la tarde voy Adeslas en Coruña. Un recepcionista me indica que coja número en cualquier consulta y que espere. No entiendo bien las instrucciones, pero obedezco. Me detengo en una consulta cualquiera porque no conozco a ningún médico y además porque estoy seguro de que todos serán igual de inútiles y soberbios. En la sala de espera hay unas cuatro o cinco personas. Entro. Busco con la mirada algo que me indique el modo en que se establecen los turnos, pero no veo nada. Pregunto en alto, de forma un tanto general, y una señora me indica que tengo que coger número y esperar. Miro a mi alrededor pero no veo la máquina expendedora ni la pantalla por ningún lado. 
    -¿Dónde? -le pregunto a la señora.
    Ella me señala un taquito de hojas rosas prendido con un clavo del marco de la pared. Me acerco y cojo un papelito. Tiene un número ocho escrito a mano. Me quedo un poco desconcertado, pero no digo nada. Poco después se abre la puerta del médico, sale un viejo y se oye un grito desde el interior llamando al siguiente.
     Una chica con su hija recién nacida se levanta y entra en la consulta.
    -Esto es Adeslas. ¿verdad? -le pregunto a la vieja de antes.
    -Sí.
    -¿Y Adeslas sigue siendo medicina privada?
    -Sí. 
    -Pero esto es un papelito cutre.
   -¿Perdón?
  - En la Seguridad Social se coge cita por internet y tienen una pantalla digital en la que los pacientes pueden ver cuántas personas tienen delante. Y también hay una tele para que la gente no se aburra. Es que hasta la charcutería del supermercado tiene una pantalla. 
     La señora me mira con condescendencia.
     -Lo importante es que te atiendan bien. 
   Pobrecita. Es una lerda que no entiende que la eficacia del ritual depende de los pequeños símbolos.
      Espero una media hora y llega mi turno. Entro. Una señora de unos cincuenta años me espera sentada detrás de su escritorio. Me hace un gesto para que me siente. Al inclinarme, vuelvo a toser como un salvaje.
      -Joder, vaya tos. -dice ella.
      Le cuento que estaba fumando un cigarrillo en la ventana y que fue como si me diesen un puñetazo en el pecho. Y que el medicucho de aldea me dio tres tandas de jarabe y antibióticos y que sigo igual. 
      -Soy fumador. -añado. 
      Ella niega con la cabeza. 
      -No. Eso no es de fumar. Habrás cogido una infección.
      Pongo los ojos como platos. 
      -¿Consulta usted todos los viernes por la tarde? 
      -Sí.
      -¿Podría ser usted mi médico de cabecera para siempre?
      -¿Cómo?
     Le repito la pregunta despacito para que la entienda bien. Ella responde que sí, que claro. Luego me hace un gesto para que me siente en la camilla y me descubra. Procede a apoyarme el altavocillo en la espalda y hacerme respirar hondo. No puedo y toso.
       -Y dices que te han dado antibióticos y no te ha servido de nada.
       -Así es.
       -¿Y no has tenido fiebre?
       -Hace más de un mes que no.
       Ella tuerce el gesto. 
       -Es que no lo entiendo. La infección está sólo en las vías altas y sin fiebre no puede ser neumonía. 
      Me hace sacar la lengua, me mira los ojos y me da golpecitos en el pecho. Se apoya en su mesa.
      -No sé lo que tienes. -dice- Esa tos suena fatal, pero no sé qué la provoca.
      Se me descuelga la mandíbula. Un médico, uno de esos todopoderosos miembros de la casta que se reservan el contacto con la Salud, la deidad del siglo XXI, me está reconoce su impotencia. Y además no cree que mi tos sea por fumar.  
     -A ver si está el doctor J. -dice; y se levanta, sale por la puerta y vuelve un par de minutos después con un médico joven, más o menos de mi edad. Intercambian palabras técnicas entre ellos de las que no entiendo nada, por lo que funcionan. Gran parte de la eficacia del ritual reside en el misterio. Los feligreses medievales tampoco sabían latín. El médico joven me pone el altavocillo en la espalda, me da golpecitos y me escucha toser.
     -Parece una alergia. -dice.
     La otra se muestra conforme con el diagnóstico. El médico joven me pide que lo acompañe a su consulta. Nos sentamos y él me hace un montón de preguntas de todo tipo. Cuando empieza a preguntarme por mi estado civil, por mi profesión y cosas así me siento un poco incómodo, porque siento que la cosa se está poniendo un poco íntima y precisamente lo que distingue al ritual de hoy del del siglo XIX es la despersonalización. En el confesionario uno tenía que contar todo tipo de intimidades, pero en la consulta del médico no. Si me hago pajas o si robo cacahuetes en el supermercado no interesa a los chamanes del siglo XXI. Incluso hasta parece molestarles el fervor religioso, y a los que acudimos mucho al ritual nos llaman hipocondríacos y nos tratan con cierta condescendencia. En este sentido las beatas decimonónicas lo tenían más fácil. Pero, volviendo a mi entrevista con el médico joven, afortunadamente pronto deja las preguntas personales y se centra en lo que de verdad importa.
     -¿Enfermedades? -pregunta.
     Esta es mi parte favorita de la confesión. La he hecho tantas veces y tengo tan depurada la técnica, que hasta puedo escoger entre varias opciones. Opto por la gradación ascendente, la que prepara todo para el gran clímax final.
     -Dermatitis; Blefaritis; ciática crónica, tres conmociones cerebrales, dos de ellas con internamiento en la UCI; insomnio; peritonitis; tiroiditis de Hashimoto y cáncer de piel. 
      Él aparta la vista del ordenador y me mira asombrado. Me encanta el momento en que suelto la palabra cáncer, su intensidad dramática, el modo en que consigue que todas las atenciones recaigan sobre ti.
      -Joder. -dice él.
      -Lo sé. 
      Él levanta las cejas. Hay un momento de silencio en el que creo que no sabe qué decir. 
      -Bueno. -dice al fin- Voy a hacerte las pruebas de la alergia.
      Me hace soplar en un bote de plástico hasta que se oye un pitido y me pincha con una lanceta el brazo y en las heridas me pone gotas de unos líquidos que saca de unos
botecitos. 
     -¿Esto tiene que picar? -pregunto.
     -Si te pica ya, malo. 
     -Pues debe ser muy malo, porque me pica muchísimo. 
     Le enseño la parte superior de mi brazo, donde ha aparecido un verdugón como si me hubiese picado un mosquito. 
      -Me temo que eres alérgico a los ácaros del polvo. Pero aún hay que esperar. 
   Salgo y espero en la sala de espera quince minutos. Vuelvo a entrar. Como él había pronosticado, soy muy alérgico al polvo. Tanto que lo que antes parecía una picadura de mosquito, ahora parece de escorpión. 
       -¿Es grave? -pregunto.
       Él niega con la cabeza. Con tratamiento apenas si tendrás síntomas. 
       -¿Se refiere a la tos?
      -A la tos. Y a la blefaritis, la dermatitis y el insomnio. Con frecuencia esos síntomas están asociados a un proceso alérgico. 
        Tengo que agarrarme a los brazos de la silla para no caerme de lado. Resulta que todas mis enfermedades están relacionadas. Es como la música celestial de los pitagóricos. Las notas encajan como se sincroniza el movimiento de los planetas. El universo es una construcción armónica que gira en paz. 
       El médico expide un montón de recetas y me las da junto con las instrucciones para su correcta administración. 
    -Con esto te sentirás mejor. Pero lo más importante es el protocolo de evitación. Mantenerte lo más alejado posible de los ácaros. -dice; e imprime una hoja que me tiende al punto. 
      La recibo temblando por la emoción. 
      -Y eso es todo. 
      Nos levantamos. Le estrecho las manos y le doy muchas veces las gracias. 
      -Es mi trabajo. -dice.
      Lo es. Pero a veces ni el chamán es consciente de su poder. Su pequeña penitencia -las medicinas y el protocolo de evitación- bastarán para reincorporarme a la comunidad de los sanos, de los puros. La sola promesa de esta unión mística con la deidad de la Salud reconforta el corazón y basta para hacerme feliz. Estoy a punto de llorar. 


Ácaro.



        
      
    

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