sábado, 2 de mayo de 2015

El sacrificio ritual de Rodrigo Rato y Juan Carlos Monedero.





    El brujo y la brujería encarnan las conductas desviadas que podrían amenazar al sistema social o la jerarquía de posiciones en este sistema. En este sentido, desde un punto de vista antropológico, tanto Rodrigo Rato como Juan Carlos Monedero podrían considerarse brujos. El primero porque con su nefasta gestión del FMI, de Bankia y su más que probable implicación en casos de corrupción -o al menos de dudosa ética- amenazaba la continuidad del sistema. Que un individuo con el poder que tuvo él hiciese lo que hizo era muy difícil de aceptar por parte de la opinión pública, lo que se concretaba en los resultados de las encuestas de tendencia de voto y en la expresión general de desencanto con el sistema. El segundo porque la irrupción de Podemos y las expectativas de voto que estaba generando amenazaba realmente con un cambio de sistema. Hubo encuestas que lo situaban como primera fuerza política y, si cumplía lo que prometía en su programa electoral, este partido iba a cambiar la distribución del poder. Rodrigo Rato es un brujo que amenaza al sistema social en su conjunto, y Juan Carlos Monedero un brujo que amenaza el sistema de posiciones sociales. 
     Georges Balandier en El poder en escenas de la representación del poder al poder de la representación estudia la función social de los brujos y la brujería. En primer lugar, la existencia de estos sirve como forma de autocensura del resto de los miembros de la sociedad. Uno mismo evita las conductas desviadas -y por tanto peligrosas socialmente- para no resultar sospechoso. En segundo lugar, la persecución y sacrificio del brujo ofrece una dramatización que permite restablecer el sistema. En palabras de Balandier:

    ... la autoridad se rehace. La culpabilidad del brujo hace inocentes a los demás y, en primer lugar, a los poderosos. Su sacrificio contribuye al restablecimiento del orden dramatizado a través del ritual de ejecución, una restitución de las instituciones y los pensamientos que la legitiman. La operación sacrificial ha transformado una comunidad debilitada, minada por el desorden que ella misma genera, en una comunidad regenerada. El poder se nutre de sus propias fragilidades o de sus propios excesos.

    El caso Rato es un ejemplo claro de fragilidades y excesos de nuestra comunidad. Que se convirtiese en un asunto público amenazaba a la posición de hegemónica del Partido Popular y al sistema en general. Pero, como dice Balandier, el sacrificio de los brujos contribuye al restablecimiento del orden. Así lo entendió la cúpula del Partido Popular, que nos ofreció toda una dramatización de la caída en desgracia del antaño todopoderoso Rodrigo Rato. Los medios de comunicación ofrecieron a la ciudadanía un auténtico espectáculo de sacrificio público de un brujo. No lo quemaron en la hoguera como se hacía en la Edad Media, pero se lo expuso a la vergüenza pública. Como nos explicó Evans-Pritchard a propósito de los Azande, no hace falta la muerte física. La vergüenza es más que suficiente castigo. El que antes había sido rey, se vio convertido en la figura que encarna las conductas desviadas y peligrosas. La imagen de Rato detenido entrando en el coche policial y el agente que le coge la cabeza para que no se golpee como se hace con cualquier delincuente vulgar pasará a la historia. Fue una jugada de manual de estrategia política. "La culpabilidad del brujo hace inocentes a los demás y, en primer lugar, a los poderosos". El sacrificio de Rato sirvió al Partido Popular para transmitir a la ciudadanía la imagen de inocencia del resto de miembros del partido de gobierno. Montoro y De Guindos, antaño cachorros del todopoderoso Rato, aparecieron ante la opinión pública como paladines de la lucha anticorrupción. Su compromiso en esta tarea es de tal magnitud, que hasta llegaron a sacrificar a su padre espiritual. Evidentemente, esto no es más que estrategia, una representación, porque la verdadera razón de la muerte simbólica de Rato es que el Partido Popular está tan acosado por casos de corrupción que estaba al borde de la destrucción. Con el castigo a Rato, el resto pasan por inocentes. Rato es la víctima propiciatoria para el restablecimiento del orden simbólico. 
      



      Monedero es otro brujo, pero de naturaleza distinta. Su actividad política amenazaba con un cambio en el estatus quo, por lo que el poder desplegó todo su aparato para convertirlo en un brujo. Se le tachó una y otra vez de chavista, de colaborar con el régimen de Irán, de poco menos que genocida y, en golpe final, de defraudador. Las acusaciones puede que sean ciertas, pero Monedero, como las brujas medievales, sintió que se le trataba de forma injusta.
Aznar y su amigo
Tal vez asesorase a Chávez, pero Aznar llamaba a Gadafi "nuestro amigo extravagante del norte de África" y el gobierno le vende armas a Venezuela. El agravio comparativo es evidente, pero no importa, porque de lo que se trata es de convertir a Monedero en un brujo al que poder sacrificar. Y así se hizo. En cuanto los medios de comunicación encontraron una brecha, cargaron con toda su fuerza. Monedero no había declarado un dinero a Hacienda y había hecho una triquiñuela legal para pagar menos impuestos. El bombardeo informativo fue constante y Monedero, en un movimiento un poco torpe por su parte, no dimitió inmediatamente. Se puso el fraude de Monedero al nivel de los cuarenta y ocho millones de Bárcenas en Suiza y se repitió hasta la saciedad. Como decía Goebbels, una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad. Y así expiró Monedero, en el altar sacrificial de la brujería. Su muerte sirvió para que los demás nos sintiésemos inocentes y cohesionó a la sociedad en torno a los poderes fácticos. Monedero es malo. Nosotros somos buenos. Los buenos condenamos a los malos. Los buenos estamos unidos. 




     El juego con las representaciones simbólicas ha llegado al paroxismo esta semana, cuando Monedero hizo esas declaraciones en las que criticaba a Podemos, lo que le acabó llevando a dimitir de sus cargos en el partido. Entonces los medios lo rehabilitaron. Como con los pecadores medievales, Monedero expió su culpa. Se apartó del mal, abjuró y de paso sirve como arma contra ese partido que amenaza con un cambio en el reparto de poder. Es el regreso del hijo pródigo. Poco importa que la entrevista de Monedero no diga exactamente lo que El País, el ABC, el Mundo y otros periódicos conservadores publicaron. Poco importa que Monedero reiterase una y otra vez que seguía fiel al espíritu de Podemos. Lo importante es la imagen pública de Monedero y el símbolo que se construye con él. Monedero es el brujo que ha sido rehabilitado por el sacrificio. Como nos enseñó Debord, en el capitalismo poco importa la verdad porque la realidad es el espectáculo. 

     P.D. Esto no es apología de Podemos ni una defensa de Monedero. Es sólo una reflexión desde la antropología política de dos casos paralelos, pero divergentes, como Las Vidas Paralelas de Plutarco. Monedero no me cae bien y el giro de Podemos para ganar la centralidad política no me gusta nada.  

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