viernes, 24 de abril de 2015

Epicureísmo del siglo veintiuno II: Chamanes modernos y variables de estadística.

 
   En la Universidad tuve una asignatura de estadística. Me costaba tanto que un compañero que era profesor de matemáticas trató de darme clase. En la segunda sesión, cuando fue evidente que no iba a entender nada, me dijo:
   -Mira, Curro. No trates de razonar porque tú eres muy burro. Apréndete de memoria las preguntas. 
    Y así lo hice. Me aprendí de memoria las preguntas y saqué un seis. 
   Pero este burro que tuvo que memorizar una lista interminable de preguntas sobre la campana de Gauss, cuasidesviaciones típicas muestrales y cosas así, aprendió una cosa: lo que determina el valor de las estadísticas son las variables. 


*

  Empezó como una tosecilla seca. Luego, un par de semanas después, me fumé un cigarrillo en la ventana de casa y fue como si me diesen un puñetazo en el pecho. Esa misma noche tuve una fiebre horrible y pasé dos días bastante malos. 

  Es la última hora de la tarde. Estoy en la biblioteca del instituto tratando de catalogar libros, pero no puedo porque no paro de toser. 
   -Deberías ir al médico. -me dice G, un compañero de francés.
   -Ya.
  Toca el timbre. Los alumnos salen corriendo y haciendo un barullo horrible. Voy al departamento. Allí está R, una profe de inglés que me cae muy bien. Toso como un bestia al entrar. 
    -Joder, Curro. ¿Te has mirado esa tos?
    Contesto que no. 
    -Pues deberías.
   ¿Cómo explicarle a R que detesto a los médicos? ¿Cómo explicarle que, cuando aún tenía fe en el mundo, había sido uno de esos hipocondríacos que frecuentan las consultas de los especialistas? ¿Cómo explicarle que yo sólo esperaba el consuelo de los intermediarios con la divinidad y que ni uno sólo de aquellos chamanes modernos entendía nada de su función en la sociedad y que, en el mejor de los casos, me habían recetado medicinas que no servían para nada? ¿Cómo explicarle todo esto y no parecer un pirado? En su lugar le pregunto si conoce algún buen doctor. R me da las señas de un par de médicos de cabecera del pueblo. 

   La consulta está en la planta baja de un edificio. Tiene una puerta de aluminio blanca y cristales con vinilo. Todo muy funcional y feo. Entro. Dentro hay lo de siempre, un mostrador con una enfermera, unas sillas, una mesa con revistas del cotilleo y una tele. Me acerco al mostrador entre toses y digo que necesito ver al médico. La enfermera me pregunta mi nombre, mi compañía de seguro y me dice que vuelva a las siete. Me voy a casa y me meto en la cama con la esperanza de descansar un poco. Imposible. Toso y toso y así no hay quien duerma. Al fin dan las siete menos diez y salgo camino del médico. 
   Llego a la consulta a las siete menos cinco. Me siento al lado de dos viejecitos que esperan con la espalda muy recta y un talonario de recetas en la mano. No sé en qué ensayo de antropología leí que en los países subdesarrollados la espera es un símbolo de jerarquía. A juzgar por la hora y cuarto que me tiene esperando este medicucho de aldea, España debe estar al nivel de Burundi. Pasan los viejos, pasa un tipo de chándal que llegó un poco después que yo y por fin llega mi turno. La enfermera me acompaña por un pasillo, abre una puerta y me deja a solas en una consulta vacía. Me quedo como un pasmarote en medio de la consulta sin entender qué está pasando, porque allí no hay ni rastro del médico. Sólo una mesa con un ordenador y un par de sillas para los pacientes. 
    Como soy una persona educada y no me siento en casa de nadie sin que me inviten a ello, espero de pie. A los diez minutos el médico entra ojeando unos papeles. No me dirige una sola mirada. Sólo me rodea, se sienta en su silla y sigue leyendo. La situación es bastante ridícula, porque yo permanezco de pie, pero estoy determinado a no sentarme hasta que me lo digan. Al fin él levanta la cabeza y me mira sorprendido.
    -Siéntate. -ordena.
    Obedezco. 
    -¿Nombre? -pregunta como ausente.
    Contesto.
    -¿Edad? 
    -37.
    -¿Profesión?
    -Soy profesor.
    En ese instante parece que por fin llamo su atención.
    -¿Eres profesor?
    -Sí.
    -¿Aquí? ¿En el instituto del pueblo?
    -Sí.
    -¿Y de qué das clase?
    -De lengua castellana y literatura.
    El médico se quita sus gafitas de ver de cerca y las deja con mucha teatralidad sobre la mesa. 
     -Los chavales de hoy en día no saben nada. Si en mi época le decías aunque fuese esto a un profesor, -hace un gesto con los dedos como si cogiese un ápice del aire- tus padres te partían la cara. Es que ahora no hay respeto por nada. Y claro, no saben ni escribir.
     A mí lo que opine este señor de educación me importa un pito. 
     -Verá usted. -digo tímidamente- Es que hace quince días que tengo esta tos que me está yendo a más.
     Él suspira. Se ve que le interesa más el futuro de la educación que mi salud.
     -Ya. ¿Y cómo empezó?
     Le cuento lo de la tosecilla seca y el pitillo en la ventana y lo del puñetazo en el pecho.
     -Eso es que tienes los pulmones machacados de tanto fumar.
    A mí esto me parece mucho decir, porque ni siquiera me ha puesto esa especie de altavoz metálico en la espalda para escuchar cómo suenan.
     -Tienes que dejar de fumar. -ordena.
     -Ya, pero esta tos...
     Me indica con un gesto que me siente en la camilla. Me quito la parte superior de la ropa y me pone el altavoz metálico y escucha mi respiración. Esto está mucho mejor, porque así podrá dar una opinión fundada acerca del funcionamiento de mis pulmones y no una conjetura precipitada. Mientras me escucha respirar vuelve a darme la matraca con el rollo de la educación. Tanta maquinita y tanto internet, en su opinión, están acabando con el porvenir. Los jóvenes ya no piensan, sólo quieren estar  abducidos delante de la pantalla. Si es que ya nadie lee... 
    Aunque tengo mi opinión sobre el tema (aquí), no tengo la intención en absoluto de compartirla con este majadero. En lo que a mí respecta, estoy aquí para que me dé unas drogas que me curen, no para explicarle que el mundo ha cambiado. Digo "sí, sí..." y le dejo que siga largando.
     Cuando termina la exploración, me manda que me vista de nuevo y vamos a la mesa. Él sigue hablando de lo mal que ve a los jóvenes. Le pregunto qué tengo que hacer para curarme. 
   -Tienes una infección pulmonar. Claro, tienes los pulmones machacados de tanto fumar...
    Volvemos al rollo de antes. Lo corto antes de que enlace lo del tabaco con la decadencia de la humanidad.
    -¿Y qué tengo que hacer?
    -Para empezar, dejar de fumar. 
    -Ya. ¿Pero alguna medicina? ¿Un antibiótico tal vez?
    -Voy a darte un antibiótico y un jarabe para expectorar. Pero tienes que dejar de fumar. Te lo dice alguien que fue fumador durante treinta años .Tres cajetillas diarias.
    ¡Ajá! ¡Una puta arrepentida! Son las peores. Toda la vida dándole gustito al cuerpo y ahora que ve el hoyo cerca ha tenido una conversión religiosa y se las da de puritana.
   -Yo cantaba y por culpa del tabaco lo tuve que dejar. Nunca recuperé la capacidad pulmonar ni el chorro de voz que tenía. -me dice.
     Si las consecuencias de fumar son que no voy a poder cantar en el coro de la parroquia, a lo mejor hasta subo la dosis diaria.
     Me levanto. Pero él no está dispuesto a dejarme ir tan rápidamente. Me ordena que me siente. Parece que a este chamán del siglo XXI no le basta con mi confesión y la penitencia que me ha impuesto, sino que aún tiene algunas cuestiones de educación que compartir conmigo. 


*

     La tos persiste. El Miércoles, durante la comida, M, mi casera, me dice que tengo que dejar de fumar. I, su hija, también. Y P, la hija de I y nieta de M, lo mismo. S, marido de M, padre de I y abuelo de P pasa de todo y está allí a su rollo con su botella de vino.
    En el instituto, los alumnos se ríen de mi tos y me repiten una y otra vez que tengo que dejar de fumar. Y varios compañeros también. Al principio les contesto. Luego me canso y ya no digo nada porque en el fondo me lo dicen porque se preocupan por mí. Toda época tiene su cosmovisión y su sistema de valores. La moral social de la Edad Científica es la Salud. Lo que antaño era el pecado, hoy es la salud. Y, como el pecado medieval, sirve para orientarnos en el mundo y separar a los buenos de los malos. Toda esta gente bienintencionada que me aprecia sólo quiere recuperarme para el redil de los puros de corazón. 


*

     Pasan muchos días y la tos no se va. Decido ignorarla y la verdad es que la vida resulta más fácil. 
     No sé cuánto tiempo ha transcurrido desde aquella visita al médico y la mañana lluviosa en la que estoy desayunando en el salón de casa. Veo por la ventana a P, el vecino, trabajando duro en su terreno. Son las ocho de la mañana y P, un hombre de 81 años y cáncer de pulmón está bajo la lluvia abriendo la tierra con una azada. Me maravillo.
    Voy a trabajar, vuelvo a comer, me voy a dar un paseo por la tarde y no regreso a casa hasta las ocho. Y en todo este tiempo, el bueno de P no deja ni un segundo de sachar bajo la lluvia. Me siento en la terraza, a cubierto bajo la parra y fumo un cigarrillo mientras lo miro. Es acojonante que este anciano moribundo lleve once horas trabajando y no parezca ni medio fatigado. Al fin, después de que me fume dos cigarros, P mira el reloj y deja la azada. 
    -¿Paras? -le pregunto.
    P asiente.
    -Tengo que ir a la farmacia a que me acaben de matar. -dice.
    Sonrío y le digo adiós a este gran hombre. Sesenta y cinco años de trabajo duro en el mar. Dos cajetillas y una botella de vino diaria como mínimo. Siempre una salud de hierro hasta que hace un año se le ocurrió ir al médico y le diagnosticaron cáncer de pulmón.  Le prohibieron el tabaco, el vino y le prescribieron una dieta lacerante. Como él dice, ahí le empezaron a matar. En la estadística todo depende de las variables. P no tuvo nunca problemas de salud hasta que acudió al médico. Así que en lo que a nosotros respecta, los responsables de nuestras enfermedades son los médicos. Ya lo decía el ahorcado del episodio XXV de La hora de todos y la fortuna con seso de Quevedo:


     -¡Ah, señores dotores! Aquí tienen vuestedes lugar, si son servidos, pues por los que han muerto merecen el mío, y por lo que saben despachar, el del verdugo. Algún entierro ha de haber sin galeno, y también presume de aforismo el esparto. En lo que tienen encima, y en los malos pasos, sus mulas de vuestedes son escaleras de la horca de pelo negro. Tiempo es de verdades. Si yo hubiera usado de receta, como de daga, no estuviera aquí, aunque hubiera asesinado a cuantos me ven. Una docena de misas les pido, pues le es fácil acomodarlas en uno de los infinitos codicillos a que dan prisa.

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