miércoles, 26 de noviembre de 2014

Epicureísmo del siglo veintiuno IV: Geni.




Aunque conocí a Geni a las 12:43 p.m., su historia arranca un poco antes, a eso de las 9:30, en un hospital privado de esos que vive de los seguros de medicina contratados por la clase media gracias a que la sanidad pública reabsorbe aquellos tratamientos que no son rentables económicamente.
Estoy con mi mujer en una especie de pasillo enorme que hace las funciones de sala de espera. Esperamos nuestro turno para que se haga una analítica de sangre. Al fondo, tras una mesa barata pero aparente estilo IKEA, hay una enfermera pija que en otro tiempo debió estar apetecible. Cruzamos la mirada y ella levanta la mano y me saluda con una sonrisa afectuosa. Yo siento cierta desazón, no porque me caiga mal este tipo de enfermeras convencidas de que de tanto frecuentar médicos privados se les ha transferido algo del aura de estos soplapollas, sino porque me conoce. Es más, sabe mi nombre. Yo también levanto la mano y le sonrío. Una cosa es que esté lleno de prejuicios y resentimientos, y otra es que sea un maleducado. En los últimos dos meses me he pasado más tiempo en esa improvisada sala de espera que en el bar.
Poco después una enfermera con gafas bastante fea grita al nombre de mi mujer. Ella desaparece tras la puerta de los análisis clínicos. Ya estaba a punto de sentarme cuando hace su aparición el doctor C, un capullo cincuentón con todos los atributos del médico privado: reloj ostentoso, pluma Mont Blanc y una repugnante actitud de seguridad que me crispa los nervios. Yo trato de pasar desapercibido, pero ya es demasiado tarde. Él también me sonríe, pero, en lugar de ser la sonrisa de una cachondita venida a menos, es la de un capullo que está muy, pero que muy satisfecho con su vida de pequeño burgués.
-Holaaaaaaaaa.- me dice el triunfador de la sociedad postkeynesiana, al tiempo que me da una palmadita en el hombro.
Yo respondo con educación y me quedo jodido, no porque este individuo me caiga mal -que también-, sino porque soy consciente de que, si no hubiese visto mi cara día tras día en esa sala de espera, no me hubiese dedicado ni una mirada desdén.
Al fin, mi mujer reaparece apretándose un algodón empapado en alcohol contra el antebrazo.
-No me han hecho nada el año.- dice.
Esta es una afirmación harto sorprendente porque mi mujer está absolutamente convencida de que existe una confabulación mundial de practicantes contra ella.
El análisis de sangre no es la última prueba, así que bajamos un piso y cruzamos un pasillo hasta el departamento de rayos equis. La enfermera encargada de la burocracia administrativa también me saluda y pasamos a la sala de espera. Allí normalmente había un montón de revistas divertidas estilo Cuore, pero se ve que han hecho limpieza y me veo en la obligación de quedarme a solas con mis pensamientos –mi mujer guarda silencio sencillamente porque está harta de mí-.
Miro a la enfermera que hace de secretara ataviada con una bata blanca y unos zuecos de goma. La pobre chica parece atareadísima, contestando el teléfono, tomando datos de enfermos, llamando por turnos al agente de la sala de espera y, sobre todo, pasando las tarjetas del seguro médico por una maquinita bastante similar a las que usan los comercios para las tarjetas de crédito. Trato de calibrar el volumen de dinero que puede mover un hospital como aquel en un solo día y, por primera vez en mi vida, soy consciente del enorme negocio de la sanidad. Miles de millones de personas en el mundo, todas con sus inevitables achaques, siendo reabsorbidas por aquellos monstruos económicos. La conciencia de este hecho ahonda aún más en mi desasosiego porque mi dolor de ciática de pronto se ha convertido en una mercancía que venderle a lo poco que queda de los estados del bienestar.
Cinco minutos después es el turno de que mi mujer contribuya a la que, sin duda, en unos años será la industria más lucrativa del planeta. Me deja su abrigo y se marcha a que le hagan la ecografía.
Salimos del hospital a las 11:30, dos horas después de haber entrado. Lo hacemos a toda prisa, porque tengo cita con el fisioterapeuta a las doce.
Damos vueltas y más vueltas para aparcar, mientras pienso que la gran revolución del tercer milenio será causada por los problemas de tráfico. Al fin, hasta las pelotas de
La causa de la revolución del S. XXI
arrancar y parar, arrancar y parar y de cientos de esperanzas frustradas, mi mujer decide que me deja en la puerta de la consulta y que me recogerá una hora después.
En la clínica de rehabilitación el proceso es bastante similar al descrito en el hospital privado. Hay una enfermera atareadísima como otras cientos de millones en el planeta, tomando datos y pasando las tarjetas del seguro y moviendo miles de millones de euros desde los viejos estados del bienestar hacia corporativas de inversión privadas.
Me siento en una sala de espera decorada con muchos cuadros con los títulos de los empleados que trabajan allí. En un alarde de educación y de buenas maneras, sólo me tienen esperando 45 minutos. Aprovecho para observar que esta costumbre me tiene indignado. A fin de cuentas, yo pago y ellos cobran y son precisamente ellos los que han decidido convertir la sanidad en un negocio capitalista. Sé que cuesta pensar en otra alternativa, pero hasta hace relativamente poco la responsabilidad de la sanidad recaía en los estados, como la enseñanza y el ejército. Pero la veta de los mercados en la Europa del bienestar estaba saturada y las grandes corporaciones de inversión han decidido incorporar los servicios básicos a la rueda del consumo masivo. En cualquier caso, me jode tener que esperar. Imaginaos que voy al bar y tengo que esperar 45 minutos a que me sirvan una cerveza. Pero bueno, ya se sabe que en este mundo lo que significa no es vender, sino el producto que se vende. Y se ve que el conocimiento médico debe estar muy cotizado porque aquí todo dios espera tres cuartos de hora sin chistar y aún encima le damos las gracias al sujeto cuando tiene a bien dedicarnos cinco minutos -algo que, por otra parte, también sucede en las peluquerías de mujeres-.
Mientras espero observo la fauna que me rodea. Hay una señora muy vieja y muy emperifollada con una sirvienta sudamericana a su lado. La vieja está totalmente gagá. Le tiembla el labio inferior y tiene la mirada perdida. La sudamericana tiene una cara de aburrida que no puede con ella. Un poco más allá, casi en la puerta de salida, hay un tipo de unos treinta años vestido de rapero, con una gorra de béisbol, pantalones muy anchos y dedos llenos de anillos, que está leyendo una novela de fantasía épica. Entre la vieja y el rapero épico-fantástico hay un señor cincuentón absolutamente intrascendente.
Ya llevo veinte minutos allí cuando entra un enfermero muy moreno, con el pelo engominado y un brillante en la oreja. Trae una sonrisa de oreja a oreja que se acentúa aún más cuando se sienta al lado de la vieja. No me hace falta oír su voz afeminada para darme cuenta de que se trata de un invertido. El gesto al sentarse es más maricón que Luis Antonio de Villena y Boris Izaguirre juntos. Lo hace de lado, con las piernas muy juntitas, ligeramente flexionadas y las manos entre los muslos.
- ¿Cómo estamos hoy, María? ¿Crees que puedes bajar sola y dejar que Violeta tenga recreo? -le dice a la vieja con voz meliflua y, a continuación, nos recorre a todos con la mirada. Al llegar a mí, me guiña el ojo.
Yo me agarro muy fuerte a la silla y le pido a Dios que no sea él mi fisioterapeuta. No tengo nada en contra de los invertidos, pero no me apetece pasar las próximos dos semanas yendo todas las mañanas a que un mariconcillo de pelo engominado y brillante en la oreja me toquetee el culo –el síndrome del piramidal se localiza en la nalga-. Afortunadamente, como me enteraré más tarde, éste es el especialista en recuperación de pacientes la tercera edad. En cualquier caso, paso los veinticinco minutos que restan hasta que llega mi turno un poco preocupado, imaginando cómo será encerrarme en una salita de tres por dos, tumbado boca abajo, con el culo al aire, mientras ese chapero me recorre el cuerpo con las manos untadas en grasa deslizante.
Por fin llega una chiquilla de unos veinticinco años, pelo negro muy largo recogido en una coleta y un uniforme blanco de enfermera.
-¿Tú eres …? -me pregunta.
Yo asiento y la sigo a la sala de fisioterapia. Allí hay lo típico que hay en los sitios de este estilo: camillas, biciestáticas, máquinas de rehabilitación para viejos, etc. A la derecha hay
tres cabinas con puertas corredizas y camillas. No veo lo que hay dentro, pero supongo que estarán el mariconcillo con la vieja, el señor intrascendente y el rapero aficionado a los gnomos y los dragones.
Lo que se ve desde las cabinas

Mi enfermera me señala una cabina vacía y entramos. Allí, bien encerraditos, tienen lugar las presentaciones. Ella se llama Geni y va a ser mi fisioterapeuta. Yo le digo mi nombre -ya lo sabe- y le entrego el informe médico. Ella asiente mientras lo lee y, cuando termina, me dice que me quite los pantalones y me tumbe boca abajo en la camilla. Sin decir ni mu ni pedirme permiso, tira de mis calzoncillos hacia abajo hasta dejar las nalgas al aire, como dos dunas blanquecinas cubiertas de vello. Menos mal que el gay no ha resultado ser mi fisioterapeuta.
El tratamiento con Geni es bastante convencional, como el que le hacen a cualquiera que necesite rehabilitación: un masaje doloroso, una maquinita que da pequeñas descargas eléctricas, una bola mecánica con la que recorren la zona afectada embadurnada con una especie de vaselina y una bombilla roja que se supone que da calor. Esta última maquinita es bastante graciosa porque, si tenemos en cuenta que da una luz tenue roja y que estoy en una cabina privada con una chiquita y el culo al aire, la fisioterapia se parece bastante a un puticlub.
Lo que me llama la atención y es la razón de este e-mail es la cháchara de Geni. Apenas si me ha puesto el primer dedo en el culo, cuando me cuenta que es heavy –ahora me explico las uñas desconchadas con esmalte negro- y que vive con su pareja en la Avenida de Castelao. No están casados y él ahora está en el paro, como otros cinco millones de españoles. Ella estudió en Santiago y trabajó dos años en el hospital San Fernando y hace cinco años que decidió cambiar de aires y entró a trabajar en esta clínica. Ahora está un poco cansada y le gustaría volver a cambiar, pero el momento económico actual no es el mejor para ello. Es bastante amiga de una tal Sandra –otra de las fisioterapeutas que trabajan allí- y no se lleva nada bien con la secretaria. Al parecer, esa cincuentona es una veterana en la clínica y trata a las jóvenes fisioterapeutas como si fuesen subordinadas. Esta actitud no gusta nada a Geni, no porque le desagrade acatar órdenes, sino porque las órdenes con mucha frecuencia son inoperantes. A mí, todas estas confesiones me descolocan un poco. No sé muy bien qué decir. No sé si se espera que le cuente yo también mi vida o si simplemente le da al pico para no pensar que le está amasando el culo a un chico joven, con un torso envidiable, que la montaría mucho mejor que ese vago que pasa las horas tumbado en el sofá, viendo la tele y bebiendo Coca-Cola.
Decido corresponder con algo de mi vida, pero algo superficial, no lo suficientemente íntimo como para comprometerme. Le cuento que soy profesor y que estoy hasta las narices de los padres de mis alumnos. El tema deriva naturalmente hacia el sistema educativo, pero Geni lo lleva rápidamente hacia el plano personal. Me cuenta una serie de anécdotas de cuando era estudiante y que por culpa de una profesora sustituta de Gallego le bajó la media de selectividad. Luego, cuando le comento que tomo unas pastillas para la ciática que hacen que el alcohol me suba a tope, me habla de una amiga que se enrolló con cinco tíos en un concierto de heavy una vez que mezcló antibióticos con vodka.
Media hora después me deja solo con la bombilla roja sobre mi culo en pompa pensando que tal vez sí que quiera darle una alegría a ese chochito que el heavy holgazán tiene abandonado. Pero no es nada de eso. Yo sé que os hubiese encantado que aquí enlazase mi narración con una historia puerca con una heavy cachondona. Lo siento, L. Esa fantasía vulgar, típica de cualquier peli porno con argumento poco imaginativo no tuvo lugar. Para empezar, porque Geni es obstinadamente fea y yo le soy obstinadamente fiel a mi mujer. Y además, ella tampoco hizo nada porque se cumpliese. Se limitó a dejarme allí durante diez minutos, luego me quitó la grasa deslizante de la espalda y las nalgas con un poco de papel de cocina y me dijo que era libre.
Toda esta cháchara íntima y personal de Geni es la actitud que tiene todo Dios en esa consulta. A lo largo de estos tres días, mientras me quedaba solo con la bombilla roja, he podido escuchar un montón de conversaciones. El tipo intrascendente es un oculista que tiene la consulta por los alrededores. Tiene un problema en el talón y es un apasionado de la pesca de río. Su fisioterapeuta es Sandra –la amiga de Geni-, que no sabe si operarse de la vista y ella y el oculista intrascendente se pasan horas contándose anécdotas de tropiezos que han tenido por no llevar gafas y los traumas horribles que pasaron por ser niños feos con gafas. El maricón de pelo engominado y el brillantito -Jose- trata a pacientes con Alzheimer. Ha puesto una foto de su sobrinitos en la pared del salón de rehabilitación y no quiere tener pareja estable porque le gusta picar de flor en flor -la expresión es literal-. Jose y su amaneramiento exagerado sirven un poco de mascota para enfermos y pacientes. Se pasa el día haciendo chistes idiotas y riéndose con carcajadas estridentes. Podríais pensar que es un pelma, pero, al parecer, su amaneramiento empalagoso encaja muy bien con ancianos enfermos carentes de cariño. Además es un tipo bastante agradable y creo que es el que mejor me cae de toda la clínica. El rapero aficionado a la fantasía épica se llama Julián y es de Bembreive. Trabaja en algo relacionado con la construcción y comparado con él, el oculista intrascendente es el hombre-juerga. Este pelma se pasa la vida hablando de grupos de rap nacional. Elisa, la fisio que lo trata, le aguanta todo el rollo fingiendo interés, pero a mí no me extrañaría nada que el rapero muriese empalado cuando la nariz de Elisa crezca como la de Pinocho.
Podría seguir así, contándoos la vida de todos los personajes que deambulan por esa clínica. No os aburro que esto ya es bastante largo. Basta decir que aquello es el reino del buen rollo y de la gominola. Todos nos queremos, somos chachis y no me extrañaría nada que, al final de nuestra rehabilitación, nos fuésemos todos juntos de cena para celebrarlo. Jose me saluda y me pregunta por mi mujer y Geni y todo cuanto perro y gato hay por ahí se cuentan su vida y todos van a ir al juicio que tiene un tal Pablo, que fue paciente allí, contra el desalmado que lo atropelló.
Ahora os preguntaréis por qué os cuento todo este rollo. Pues es bien fácil. En el mundo global, los grandes espacios públicos se han ido despersonalizado. Aeropuertos, centros comerciales, hospitales y edificios del estado han perdido cualquier seña de identidad y los individuos que ocasionalmente son conducidos por sus vidas hacia esos lugares ven cómo sus identidades son sacrificadas por las enormes burocracias administrativas públicas y privadas. Surge así lo que Marc Augé ha llamado los “no-lugares”. Sin embargo, las personas somos individuos y nos resistimos a perder esa individualidad. Por eso surgen movimientos de reapropiación de los espacios despersonalizadores. Geni, Jose, Sandra y todos sus amiguitos de fisioterapia son el ejemplo de esta tendencia re-personalizadora. Contándonos la vida tenemos un trato personal o, lo que es lo mismo, de personas. Esto no es nada nuevo y supongo que cualquiera de vosotros habrá observado fenómenos como éste, desde llenar de fotos de recién nacidos las secciones de maternidad de los hospitales a la reapropiación por parte de las clases altas de las zonas viejas de las ciudades. Lo curioso es que esta clínica de fisioterapia es una entidad privada. Y esto me ha hecho pensar en los anuncios de seguros como Maphre o DKV, donde se insiste mucho en el trato personal y humano. Los seguros privados venden como parte de su producto este trato humano. Son precisamente los artífices del capitalismo global y deshumanizado los que, al mismo tiempo, se apropian del discurso humanizador.
Y con esto no quiero decir que Geni y sus colegas sean culpables. Ellas sólo se hacen eco de cierta idea que los mecanismos de las corporativas financieras han puesto en circulación.

Imagen de propaganda de DKV seguros con la que se trata de transmitir una imagen de confianza y cercanía.




P. D. Acabo de releer esto que he escrito y creo que los comentarios sobre Jose pueden resultar homófobos, así que me gustaría dejar bien claro que la homosexualidad me da exactamente igual. Cada cual es muy libre de tirarse lo que sea. Ni es asunto mío, ni me interesa. Por mí pueden casarse y adoptar hijos y estoy totalmente convencido de que muchos de ellos serán mucho mejores padres que esos que se manifestaban en la plaza de Colón con banderitas de España en contra del matrimonio homosexual y a favor de su idea de familia.

Señores muy preocupados por la decadencia moral de Occidente. Su líder los arenga.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Edgar Lawrence Doctorow: La Gran Marcha



        No es la mejor novela del mundo. A veces me cuesta creerme a los personajes, sobre todo a al doctor Sartorius, ese médico alemán para el que la guerra no es más que una oportunidad para estudiar el cuerpo humano; Sherman es demasiado bueno y humano para ser un general; y el niño negro espabilado y enternecedor a partes iguales es sólo una caricatura. Es una novela de guerra y, sin embargo, se lee desde la distancia, sin implicarse emocionalmente en los hechos. Un poco lo que le pasa a Eduardo Mendoza. Narra bien, es divertido, pero no consigue que te impliques con el personaje. No sé si la metáfora es válida, pero es como si se tratase de dibujos animados y no de una película. 
        Sin embargo, os la recomiendo a todos por varias razones:
     a) No creo que Doctorow se preocupase por trazar unos personajes verosímiles y redondos. Kayser distinguía tres tipos de novela, dependiendo de dónde se centrase el interés de la narración: novelas de personaje, novelas de ambiente y novelas de acción. Las novelas de acción ya sabemos lo que son, con un ritmo trepidante y muchas peripecias. No me interesan nada. Las de personaje son las que más me gustan, porque demuestran el conocimiento del alma humana y uno tiene la sensación de conocer a esos personajes con los que has convivido la semana, los diez días o el tiempo que tardases en leer la obra. Las novelas de ambiente son las que recrean un mundo, una situación. A veces son maravillosas, como Zola, a veces un rollo de carallo. En La Gran Marcha Doctorow recrea el ambiente de las tropas unionistas en el último año de la Guerra de Secesión norteamericana, y lo hace francamente bien. Traza un mundo coral, en el que están representados todos los implicados en la guerra -los negros, los soldados, los terratenientes sudistas, los jóvenes del norte... y hasta una mulata hija de un hacendado y una esclava-. y lo cierto es que uno tiene por momentos la sensación de que ha entrado en un universo propio, y eso no es poco. Es una novela personal.
       b) Doctorow conoce el oficio, y eso es de agradecer, porque se lee muy bien. Domina los tiempos, a veces rápidos, a veces lentos, y te va llevando sin estridencias y siempre tienes ganas de leer un poco más. 
         c) Lo mejor de todo, donde brilla como el gran escritor que es, es en lo que se refiere a la moral de los esclavos. Los hay de todo tipo. Los que, acostumbrados a obedecer, no saben qué hacer con la libertad y se limitan a seguir al ejército; los que se rebelan, como Pearl; y los que tienen interiorizada la moral de esclavo. Sobre estos últimos hay una escena colosal, para mí la mejor del libro, en la que unos solados unionistas llegan a una plantación y el terrateniente los está esperando. Los soldados de la Unión liberan a los negros, pero el hacendado da un discurso insultando a los negros, diciéndoles que son idiotas y que no sabrán qué hacer sin él. Y muchos de esos hombres y mujeres, con las cicatrices del látigo, vestidos con harapos y medio muertos de hambre y de frío, se quedan al lado de su amo porque son como perros apaleados. El sistema esclavista era tan brutal que aniquilaba la voluntad humana hasta hacerte interiorizar que tu naturaleza era inferior. En este sentido, me recordó a grandes obras que navegan por mares semejantes, como Soljenitsin o el final de 1984
          d) Y el último gesto de Pearl, que no lo voy a contar para no joderos el final.
         Supongo que podría dar otras muchas razones, pero estas son las que se me ocurren ahora. Si me vienen más, ya reescribiré el post.

Paolo Bacigalupi: La chica mecánica



     Es ciencia ficción, lo que supongo que ya echará para atrás a más de un lector, sobre todo a aquellos que buscan en la literatura un alto placer intelectual y que están convencidos de que tal aspiración no puede ser colmada en un subgénero pulp. Para ese tipo de lector, está claro que esta no es su novela. 
      Pero a mí me gusta la ciencia ficción. 
      $Suele gustarme más en cine que en literatura por dos razones:
       a) Los escritores de ciencia ficción, en general, tienen grandes ideas, pero no son grandes escritores. Les falta el oficio, de modo que esas ideas geniales las resuelven mal. El ahora reivindicado Philip K. Dick es un ejemplo de ello. 
         b) Funcionan mejor en cine  porque la ciencia ficción ha de crear un mundo propio. Esto requiere inevitablemente hacer descripciones, lo que retarda mucho la acción. En cine, esto no pasa porque es inmediato. Con una imagen ya te haces a la idea de qué tienes delante.
         A Paolo Bacigalupi no le pasan ninguna de estas dos cosas. La novela va como un tiro -a pesar de ser una obra coral- y resuelve razonadamente bien el conflicto planteado.
         Además, tiene lo que yo le pido a la ciencia ficción:
          La ciencia ficción tiene que partir del mundo en el que vivimos ahora, fijarse en algunos detalles, imaginar qué pasaría si... y contar una historia. Pero esa historia no tiene que ser sólo batallitas. Si el autor hace eso, no pasa de ser un género de entretenimiento vacío. Pero los autores pueden ir más allá y utilizar la ciencia ficción para reflexionar sobre nuestro mundo y plantearnos dilemas éticos. En La chica mecánica, Bacigalupi lo hace todo. Nos sitúa en Tailandia en el siglo XXII. La experimentación con transgénicos, ya sean de orden vegetal, ya de orden natural, ha acabado prácticamente con toda especie no modificada en el Planeta -si exceptuamos a los seres humanos-. Ya no hay naranjas ni gatos. Además, se acaba el petróleo, y la obtención de calorías es un desafío constante. Las empresas de transgénicos dominan el mundo. Tienen un ejército propio por encima de los Estados -de los pocos que quedan-, a los que obligan a comprar sus semillas estérilizadas, que sólo valen para una siembra. Contra este capitalismo salvaje postapocalíptico, surgen movimientos religiosos que tratan de cerrar las fronteras del país y mantener a la población al margen de las nuevas pandemias -también fruto de modificación genética- que aniquilan a la población. Pero lo hacen como todos los movimientos fundamentalistas religiiosos: con una violencia desaforada que les granjea muchos enemigos. Y por encima de todo esto hay seres humanos hechos en tubos de ensayo, a los que programaron genéticamente para determinados oficios. La chica mecánica, la protagonista, es una esclava sexual a la que violan repetidamente en una sucesión de escenas directamente sacadas del hentai japonés. Pero ella siente y trata de rebelarse contra su condición de ser sumiso. ¿Es un ser humano? ¿Es el destino de los seres humanos ser sustituidos por estos nuevos seres mejor dotados genéticamente? Y no cuento nada más, porque creo que, para trazar el paralelismo con nuestro mundo de hoy en día, basta. Pero antes de terminar tengo que dejar algo claro. No sólo va de transgénicos. También va de un capitalismo sin reglas que domina e invade países, que programa semillas estériles para asegurarse el mercado de los campesinos año tras año, aunque ello suponga la muerte de millones de personas, de un capitalismo que ha llegado a un extremo tal que muchos han olvidado lo que significa ser humano.

     P.D. Evidentemente esto no es Guerra y Paz. Pero se la recomiendo a los pervertidos amantes del género como yo, No he leído muchas novelas de ciencia ficción mejores que esta.
        

domingo, 16 de noviembre de 2014

Robert Stone: Dog soldiers





     Esta novela me la recomendó un amigo con la intención de que acabara mi periplo por la literatura norteamericana que hay que leer para estar en la onda -no en vano el prólogo es del omnipresente Rodrigo Fresán, adalid de los molones-.
     Resumiendo un poco, el argumento de la novela es relativamente sencillo: un periodista americano está en Vietnam en los últimos años de la guerra. Decide llevar un montón de heroína a EEUU y venderla allí con ayuda de su mujer y un amigo. Pero no son unos narcotraficantes profesionales y las cosas se tuercen. Entonces empieza una sucesión de peripecias contra gánsteres y policías corruptos. 
     La novela no está mal. Me gustaría hacerle una crítica en profundidad para que mi amiga L no se sintiese defraudada, pero lo cierto es que poco puedo decir de ella. Se lee muy bien, principalmente porque hay mucha acción. Los personajes están bastante bien construidos, son verosímiles y tienen varios puntos buenos. El clímax final tiene muchísima tensión y, en general, le doy un aprobado. No voy a decir más de cuestiones técnicas. Creo que no las merece. De hecho, pensaba pasar de hacer una crítica de ella porque no tenía mucho que decir. Sin embargo, hablando con ese amigo que me la recomendó, salió el tema de la provocación en la novela. Y entonces pensé que podía hacer una reseña de esas en las que cojo una novela cualquiera para reflexionar sobre algún fenómeno literario en general.
      Lo siento L, pero de Dog Soldiers no hay mucho más que decir.
     Me sorprendió que algunos escritores a los que respeto mucho -Wallace Steigner o Don DeLiilo-, algunos a los respeto un poco -Jonathan Lethem- u otros a los que no respeto nada -James Ellroy- la pusiesen por las nubes, cuando Dog Soldiers no deja de ser un producto de época. 
     La literatura, como todo, tiene su tiempo. Hay un tiempo interno inherente al lector. No siempre uno está de humor para leer cosas muy serias y te apetece leer una chorradita intrascendente que te entretenga y no requiera mucho esfuerzo. Y hay un tiempo externo, que ancla la obra literaria al tiempo que la vio nacer. Cuando digo que Dog Soldiers es un producto de época, me refiero a este segundo tiempo. Cada época tiene sus gustos. Y muchas veces, lo que es valorado en un momento histórico determinado, no lo es en otro. Esto es especialmente evidente en los estereotipos y en las obras de decadencia que cogen todos los elementos de moda y los exageran. Don Álvaro o la fuerza del sino es el ejemplo más claro que se me viene ahora en la cabeza. En el siglo XIX fue un exitazo, porque halagaba al público dándole una ración doble de lo que le gustaba. Pero hoy en día el gusto ha cambiado y las exageraciones del Duque de Rivas nos resultan ridículas. Mucho me temo que a Dog Soldiers le pasará lo mismo. En la época que fue escrita -y sobre todo cuando fue recibida en España por primera vez-, gustaba mucho lo provocador. Veníamos de una era de represión, y salirse de la norma ya era un valor estético en sí. En Dog Soldiers hay mucho sexo, muchas drogas y mucho liberalismo. Esto molaba mucho, sobre todo en la España postfranquista, y la crítica alabó la novela. Pero las cosas han cambiado. Leer cómo una tía se chuta o cómo le chupa la polla a un tipo no tiene nada de provocador. Ya hemos visto eso una y otra vez en las novelas y en el cine y ya no impresiona a nadie. Es más, a mí hasta me aburre. Y este es el valor supremo de Dog Soldiers y la razón por la cual creo que la crítica del momento la puso por las nubes. Pero el tiempo pasa y el juicio de la historia la pondrá donde se merece. Una novela interesante, entretenida, pero que no deja de ser un producto de época. 

domingo, 9 de noviembre de 2014

El colega Alejandro



      Acababa de llegar a casa después de trabajar. Sobre la mesa del salón estaba el teléfono móvil. Pulsé la pestaña de desbloqueo por si acaso Ana hubiese llamado. No lo había hecho, pero una ventanita luminosa me avisaba de que tenía veinticinco mensajes nuevos de wassap. La abrí. Era el grupo de antiguos amigos de la Universidad. Ojeé distraído la conversación. Alejandro había encontrado trabajo en Alemania y se marchaba una semana después. Me alegré por él, porque Alejandro se había quedado en paro tres años antes, cuando se vino abajo la burbuja de la construcción, y, por si esto no fuese suficiente, tenía mujer –también en paro- y dos hijas. Los amigos habían llenado la conversación de mensajes de aliento. En general, se limitaban a repetir tópicos como que era una gran oportunidad, que era muy valiente y que le envidiaban esta posibilidad de ver mundo. Alejandro, ufano, había colgado una foto del pueblo al que se iba y había añadido la frase “Por fin me marcho de África”. 
     El Viernes me llamó Pablo para decirme que habría una comida de despedida. Aprovechando que sería un fin de semana soleado, se había organizado todo en la casa de campo de Benito, que tenía una barbacoa en el jardín. 
     Me presenté en el jardín de Benito con una botella de vino. Benito asaba sardinas y chorizos criollos en la barbacoa. Alejandro estaba sentado con su mujer en una silla de plástico a la sombra de una parra. A su alrededor había cuatro o cinco personas. Sus hijas correteaban con otros niños por el césped bien cortado. Saludé a Benito, dejé la botella de vino en una mesa y me uní al grupo de Alejandro. 
     -¡Qué guay! –decía una chica- Acuérdate de mí muerta de asco en la oficina.
     -¿Y qué van a hacer Marta y las niñas? –preguntó alguien.
     Alejandro sonrió.
     -Por ahora se quedan aquí. 
     Marta pasó un brazo cariñoso por el hombro de su marido.
     -El contrato inicial es de tres meses. No vamos a movernos hasta que la cosa esté estabilizada.
     -¿Entonces sólo te vas tres meses?
     -Es el contrato inicial. Luego hay la posibilidad de continuar en Brasil o en Marruecos.
     -¡Brasil! ¡Qué guay! –exclamó la chica que quería que se acordasen de ella muerta de asco en la oficina.
-Hay que adaptarse, hay que ser flexible. Lo de funcionario apoltronado se acabó. –sentenció Alejandro.
La conversación siguió por estos derroteros hasta que Benito nos avisó de que las sardinas y los chorizos estaban listos. 
A eso de las siete de la tarde, cuando la gente ya estaba borracha hablando en pequeños corrillos, me senté con Benito y Anselmo que observaban a Alejandro jugando con los niños pequeños. 
-¿Y qué opina el antropólogo de lo de Alejandro? –me preguntó Benito.
Lo bueno de ser antropólogo es que se pueden dar opiniones sin comprometerse personalmente.
-Es lo esperable del capitalismo líquido. El trabajador debe ir detrás de los flujos de capital que se mueven sin restricciones.
-Pues a mí me parece una puta mierda. –dijo Anselmo- Antes, cuando la gente emigraba lo aceptaba como una desgracia. Era lo que había y punto. Ahora hay que montarse la película como si fuese la hostia.
Sentí que mi amistad con Alejandro y la chica que se moría de asco en la oficina me obligaba a excusarlos.
-Tampoco hay que ser tan duro. Es el discurso del poder y es normal que lo repitan. –dije.
Benito intervino dirigiéndose directamente hacia mí.
-Es lógico que tratemos de ver la parte positiva de las cosas. Bauman siempre ve el lado negativo de la globalización. -Benito era un buen chico que había hecho los deberes y había identificado mi cita.- Pero no tiene por qué ser negativo. –continuó- Los cambios pueden servir para coger las riendas de tu vida y no acomodarte con cosas que no acaban de convencerte.
-¿Qué mierda de vida tienes cuando te pasas un año aquí, seis meses allá…? –dijo Anselmo.
Comenté que eso fue lo que le había pasado a mi hermano en Bélgica. Aunque tenía un buen contrato con la Unión Europea para hacer el doctorado, sólo hizo amistades en la Universidad y con extranjeros que estaban de paso. Eran sólo relaciones temporales y, claro, superficiales.
-¿Y eso le afectó? –preguntó Benito.
-Tenía migrañas.
-¿Por el estrés?
-Supongo que se sentía solo.
-Pues esperemos que no le pase lo mismo a Marta. –dijo Anselmo.
Yo no entendí bien.
-No sería la primera vez que… -me explicó Benito.
Se hizo un silencio entre nosotros que rompió Anselmo.
-¿Vas a escribir sobre ello? 
-Supongo que sí. Pero dentro de un tiempo y cambiando los nombres.
Y así lo hice. Esperé un año, cambié los nombres y recogí esta pequeña escena costumbrista que no acabo de entender muy bien, en la que hay un poco de vanidad, otro poco de capitalismo global y la posibilidad de un adulterio que hubiese dado para una novela decimonónica.