domingo, 31 de agosto de 2014

A propósito de Llewyn Davis (Joel Coen)



    Esta película cuenta unos días en la vida de un músico fracasado de folk. 
    Técnicamente está bien hecha. No hay nada que reprocharle. Sin embargo, le pasa lo que a casi todas las películas contemporáneas: le falla el argumento. El espectador se pasa toda la película esperando un clímax que no llega. El metraje es una una sucesión de escenas que inciden una y otra vez en la idea que se había planteado nada más empezar la película: Llewyn Davis es un músico fracasado y su vida es muy dura. Da la sensación de que el personaje no es más que una excusa para poner un montón de canciones folk. Algo así ya hicieron los hermanos Coen en Oh Brother, pero en esta última había algo de trama. 
     Toda narración tiene que tener un conflicto que desencadene la acción. En A propósito de Llewyn Davis lo hay: la lucha de un hombre contra la sociedad para salir adelante. Pero todo conflicto debe evolucionar de planteamiento a nudo y desenlace. Si no, más que una película, tenemos un documental. Y por momentos es la sensación que tuve viendo esta película. A los hermanos Coen les debe gustar mucho la música folk y quisieron hacerle un homenaje. Es una pena, porque a mí no, y la película me pareció un coñazo. En este sentido, me parece mucho más honesto lo que hizo Win Wenders con Buena Vista Social Club. Le gustaba mucho la música cubana, e hizo un documental poniéndola por las nubes. A mí tampoco me gusta la música cubana, pero por lo menos no me sentí engañado, Sabía lo que iba a ver: un documental con muchísimos cortes de música. En A propósito de Llewyn Davis los hermanos Coen me engañaron. Me hicieron creer que iba a ver una película, y me colaron de rondón la vida intrascendente de un personaje anodino cuya presencia sólo está justificada para introducir muchas canciones. La nominaron al Oscar por mejor sonido. Todo para ellos.  Me reafirmo en lo que dije cuando hablé de Barton Fink: los Coen ya han dicho todo lo que tenían que decir,
     

Thomas Bernhard: El malogrado.



    El argumento de El malogrado es bastante sencillo: el narrador viaja hasta su antiguo hogar porque un amigo se ha suicidado. Allí, rememora su amistad y la relación que ambos tuvieron con Glenn Gould, un genio del piano. A partir de aquí, el narrador reflexiona  sobre los personajes, la condición humana y las limitaciones -el narrador y el amigo que se ha suicidado también eran pianistas, pero lo dejaron porque no podían sufrir la comparación con el genio Glenn Gould.
     Thomas Bernhard es un escritor más que respetado en los ambientes intelectuales. Y siempre, además de que es muy bueno, se dice de él que es un autor difícil. Ambas afirmaciones son ciertas. 
     En primer lugar, El malogrado disecciona de manera prodigiosa a tres personajes y, sobre todo, la frustración ante los propios límites. En segundo lugar, es una lectura bastante lenta, porque apenas si tiene acción. En las primeras páginas el autor plantea lo que yo he resumido como el argumento y, a partir de ahí, dedica un par de cientos a reflexionar, a construir los personajes, a los que va añadiendo características como las capas de una cebolla. Da vueltas y vueltas sobre ellos, contando de vez en cuando una anécdota aquí, una impresión personal allá, no siempre coherentes entre ellas. 
     Existe una cierta correspondencia entre la época, la cultura y el gusto del público. Si no recuerdo mal, la grandísima Mary Douglas le dedica a esta tesis todo un ensayo (Estilos de pensar). Esta misma idea es la que utiliza Hatzfeld para explicar la estética del barroco. 
    Me cito a mí mismo -mi tesis-:
     
   Cuando Góngora compone un poema tan complejo formalmente como la Fábula de Polifemo y Galatea, forma y contenido son expresiones de una misma cultura. Todo el optimismo y el reformismo renacentista acaban en el cisma luterano, la Contrarreforma, las guerras de religión, el cisma anglicano, las guerras dinásticas en Francia, Alemania, norte de Italia, Portugal y España, etc… Como era de esperar, esto provoca una nueva sociedad pesimista y desencantada. Este hecho, lógicamente, se proyecta sobre el contenido de las obras literarias, que se conducen fundamentalmente en dos direcciones: bien hacia amargas reflexiones que ahondan en el desencanto, bien en forma de huida hacia mundos ideales -la Fábula de Polifemo y Galatea, sería un ejemplo de esta segunda dirección-. En cuanto a la forma, la Fábula de Polifemo y Galatea se comporta del mismo modo. La hiperabundancia de recursos literarios, las complejas antítesis, metáforas, paradojas, disemias, las alusiones mitológicas, etc…, no son más que el deseo de huir del lenguaje cotidiano hacia un mundo de maravillosa artificiosidad. Hasta el empleo de latinismos, ya sean léxicos, ya sintácticos, y la creación de neologismos sobre la base latina expresan esta voluntad de alejarse de las formas vulgares, entroncando con un idioma asociado simbólicamente a la idealizada antigüedad grecolatina.
Al mismo tiempo, la ruptura brusca de los ideales renacentistas en treinta años de guerras y hambrunas lleva a la cultura de la época a percibir simbólicamente la vida como algo inestable, sujeto a los vaivenes del tiempo. La vida es continuo devenir, perpetuo cambio, tiempo fugaz que fluye y no se detiene. Esta nueva identidad cultural se concreta en lo que Hatzfeld llamó fusionismo, que no es sino la proyección de esta concepción del tiempo en las formas. Los contornos entre las cosas se difuminan. Las líneas de Miguel Ángel o Leonardo, bien definidas para delimitar los objetos, pierden esa función en la obra de Rubens o Caravaggio. Los personajes planos dejan paso a personajes como Polifemo, lleno de contradicciones, brutal y enamorado, cruel y delicadamente entregado a Galatea. Góngora nos presenta en un mismo plano la belleza de Galatea y la fealdad de Polifemo, la brutalidad y el amor. Y todo ello se concreta en unas formas al servicio de esta concepción dinámica del tiempo: el poema se construye a partir de frases dislocadas, de elipsis, de antítesis, de un ritmo acelerado, etc… Forma y contenido son el resultado de una cultura que percibe simbólicamente la vida como continuo devenir y que, ante la degradada realidad social, anhela esquivar los aspectos desagradables de esa realidad cotidiana.

    Lo mismo sucede hoy en día. Como dice Richard Sennett en La cultura del nuevo capitalismo, el mundo actual es cambio perpetuo. Hay innovaciones tecnológicas constantes -hace treinta años internet y los teléfonos móviles apenas si se usaban-, las personas nos vemos obligadas a cambiar de empleo una media de cuatro veces en nuestra vida con el consiguiente cambio de amistades y a veces hasta de relaciones sentimentales, el valor de las empresas no se mide por los dividendos que repartan a final de año, sino por lo que pueda valer en el futuro, etc. Esta cultura del cambio, de la flexibilidad, se concreta en un gusto por las acciones trepidantes, con peripecias continuas, es decir, con cambios continuos en la trama. Si uno mira los grandes éxitos de ventas, tanto de cine como de novela, es curioso observar cómo todas esas historias se basan fundamentalmente en una trama que avanza con mucha rapidez, que cambia continua y bruscamente. Desgraciadamente, esto va en detrimento del desarrollo de los personajes. Una novela es como vasos comunicantes. Si le dedicas mucho a la trama, inevitablemente habrás de recortar en la caracterización de los personajes, al menos en aquella forma de caracterización que no se deriva directamente de sus acciones. En este sentido, no hay un escritor menos moderno que Thomas Bernhard. En El malogrado apenas si pasa nada. En las veinte primeras páginas ya sabemos todo lo que va a pasar. Un amigo que quería ser un erudito del piano se ha suicidado y el otro amigo, el genio del piano. hace un año que ha fallecido de muerte natural. Fin de la historia. Y a partir de ahí, a diseccionar a los personajes, a describirlos hasta la extenuación, a profundizar en la naturaleza última de sus motivaciones, a, en definitiva, a construirlos lentamente, con morosidad, pero también con rigurosidad y profundidad. De ahí que al lector actual, orientado culturalmente hacia un gusto por la rapidez, lo encuentre difícil. Estoy seguro de que si hiciese una encuesta entre el lector medio, al que le gusta Eugenides o Paul Auster, diría que Bernhard le aburre porque no pasa nada. 
    Pues bien, puede que no pase nada, pero es un novelón como la copa de un pino. Sólo recomendable, evidentemente, a lectores que estén acostumbrados a narraciones distintas al trepidante ritmo actual. Si te gusta En busca del tiempo perdido y no sientes la necesidad de que maten a alguien o haya una horrible traición sentimental, Thomas Bernhard te gustará. Si no, no. Puede sonar elitista, pero es lo que hay

domingo, 24 de agosto de 2014

Hacer cola



  Muchos autores han estudiado los diferentes fenómenos surgidos como resultado del capitalismo moderno. Thornstein Veblen se fijó en el consumo conspicuo, Max Webber escribió sobre la despersonalización como consecuencia de la hiperburocratización, Richter dedicó un libro entero a la mcdonalización de la sociedad, Sennett otro a la corrosión del carácter, unos cuantos a la superespecialización del trabajo y otros muchos a los sistemas expertos y a la noción de confianza y riesgo. Hoy, mientras estaba en las oficinas del ayuntamiento, me di cuenta de que nadie, que yo sepa, ha hablado de uno de los fenómenos más característicos de la vida moderna: hacer cola. Quizá porque estamos tan acostumbrados a esperar mansamente nuestro turno, no nos hemos dado cuenta de la cantidad de tiempo y paciencia que el ser humano desperdicia con esta actividad que surge como resultado del hacinamiento de millones de personas en megaurbes. Fiel al estilo de estos artículos de costumbres, os voy a contar mi mañana como ejemplo de lo que acabo de decir, una mañana cualquiera de un individuo cualquiera en una ciudad cualquiera.

   Como toda historia, no arranca en el momento justo en que entré en las oficinas del Consistorio, sino que hay toda una cadena de acontecimientos anteriores. Es lo que se llama el efecto mariposa. Ya sabéis: el aleteo de una mariposa puede provocar un tsunami en el otro lado del mundo. En este caso, la mariposa que bate sus alas es Carlos Negreira Soto, alcalde de Coruña, para desgracia de todos. No os cuento la vergonzosa trama de corrupción política, porque con la misma me aplican la nueva ley de represión del ciudadano y me meten en la cárcel. El caso es que, hace un mes, acabaron las obras del parking del Parrote. Por lo que se ve, el negocio privado no iba a ser lo suficientemente lucrativo, así que el alcalde anunció la peatonalización inmediata de la Ciudad Vieja. A los vecinos del barrio, por el momento, nos deja aparcar. Pero antes tenemos que pasar una serie de trámites burocráticos que son como las doce pruebas de Hércules.
   Esta mañana Ana y yo somos buenos chicos, madrugamos y a las once y cuarto entramos en las oficinas del padrón municipal. Nada más cruzar la puerta, tengo una agradable sensación de encontrarme en casa, como la que se tiene cuando uno llega al el bar y todos te saludan por tu nombre y el camarero te pone lo de siempre sin preguntar. Sentado en la primera mesa, ligeramente encorvado hacia delante y con una mano crispada en el aire, está H, un vecino de la calle Santiago con el que suelo coincidir en el mercado. H vocifera tratando de explicarle al empleado público que no es de recibo que le exijan un certificado de haber pagado el Impuesto de Vehículos de Tracción Mecánica, cuando es un impuesto municipal, es decir, que basta con que el empleado teclee un poco en el ordenador para comprobarlo. Un par de metros más allá, sentado en la mesa inmediatamente contigua, está M, un gordito con el que acostumbro a discutir de boxeo en el bar. Tras ellos, haciendo una cola un poco desordenada, están J, L, O y D, todos vecinos de la Ciudad Vieja, y otros muchos a los que no conozco personalmente, pero a los que saludo al punto porque, después de las cuatro mañanas enteras que hemos pasado juntos en esas oficinas, compartiendo las mismas dificultades, las mismas paciencias puestas a prueba, y los mismos regresos a casa con el paso abatido por la ausencia de un certificado importantísimo del que nadie nos había hablado, los siento como de la familia. Si algún día conseguimos la tarjeta verde de residente, no descarto irnos de putas para celebrarlo.
   Ana y yo atravesamos aquel bosque de caras conocidas hasta las mesas del final. Allí hay otra cola en la que reconozco a T.
   -¿Va rápido? -le pregunto poniéndole la mano en el hombro.
   T se gira y me mira como somnoliento.
   -¡Qué va! Aún encima le ha dado un jamacuco a ese viejo.
   T hace un gesto con la cabeza para indicarnos a un anciano que está tumbado en el suelo, con el pantalón desabrochado y las piernas dobladas en forma de ele sobre una silla. Junto a él hay un policía municipal que mira para todos lados y una señora que, agachada, le sostiene la mano y le berrea al oído que esté tranquilo y que tiene muy bien la memoria.
   -Joder. -dice Ana; y coge un número de una máquina como las que hay en la charcutería del supermercado.
   Yo me apoyo en la pared y observo al pobre abuelo con el pantalón desabrochado y las piernas levantadas como si fuese un bebé que tiene que expulsar los gases.
   -¿Por qué le grita esa señora? Es viejo, no subnormal.- dice Ana.
   T suelta un bufido.
   -¿Desde que hora llevas aquí? -le pregunto.
      -Desde las nueve y media.
La hora que Ana y yo pasamos en aquella cola es bastante entretenida, mirando al pobre anciano con los pantalones desabrochados y al equipo de urgencias que llega tiempo después y lo suben en una camilla. Al hacerlo, al viejo se le resbalan un poco más los pantalones y se le ve el culo. Con el culo al aire y todo, la señora que le sostiene la mano no deja de gritarle al oído que esté tranquilo y que tiene muy bien la memoria. Los enfermeros sacan al viejo que se despide de todos nosotros levantando un poquito los dedos y moviéndolos hacia los lados. Es un momento emocionante y por un momento creo que vamos a romper a aplaudir. Pero no. Sólo una señora con una permanente a lo Isabel Tocino, una pija de la parte baja del barrio -la de Amancio Ortega-, se acerca a la camilla y se inclina sobre él.
  -No se preocupe. Verá como se pone bien enseguida.-le dice con asquerosa conmiseración cristiana.
   -Prométeme que me matarás a los sesenta y cinco. -le pido a Ana.
   -Tranquilo. El hígado te llevará antes.
   Al fin sale nuestro número en la pantalla. Ana agita el papelito en el aire como si fuese un boleto de lotería premiado. Nos sentamos en la mesa.
   -Hola. ¿Habéis traído todo hoy? - dice el empleado municipal.
   -Anda y que te jodan hijo de puta. -murmuro.
   -¿Perdón?
   Ana me da una patada por debajo de la mesa.
   -Eso espero. -digo- Es el quinto día que venimos.
   -Ya. -repone él muy digno.
   Ana le tiende nuestros papeles. Él los ojea con el ceño fruncido y los labios hacia delante, como si fuese un tipo listo, pero a mí no me engaña, porque, además de un hijo de puta, es un burro de la hostia.
   -Está bien. -dice; y aprieta varias veces el botón del ratón del ordenador.
   Por la impresora salen tres certificados de empadronamiento. El muy cabrón nos los tiende
con una sonrisa beatífica, como si no fuese la quinta vez que volvemos por su culpa.
-¿Algo más? -pregunta.
-Tenemos que cambiar la domiciliación del coche. -dice Ana.
El empleado municipal señala la mesa inmediatamente contigua a la suya.
   -¿Y tenemos que hacer toda esa cola? -pregunta Ana.
   -Me temo que sí. -dice él.
   Encima con recochineo.
   Nos levantamos y volvemos a repetir el proceso: Ana coge otro número como en la charcutería del supermercado y esperamos otra hora, pero esta vez es más aburrida, porque no hay ningún pobre anciano siendo humillado públicamente. Es cuando se me ocurre la idea de este artículo.
   Llega nuestro turno. Hoy es nuestro día de suerte, porque la funcionaria nos da un certificado de haber cambiado el domicilio del coche sin objetar nada. Pasamos a la siguiente cola. Si no surge ningún contratiempo de última hora, allí entregaremos todos los documentos a cambio de la ansiada tarjeta verde. Tras la mesa hay una chica rubia, de unos treinta años. A su lado está un tipo con unas patillas a lo Elvis en Las Vegas. También, como el Elvis de Las Vegas, luce un bandullo blandengue que anuncia unos niveles de colesterol considerables y una pronta enfermedad coronaria. Es el jefe de movilidad ciudadana, el encargado de gestionar todos los permisos para aparcar, el último guardián de la puerta y juez de todos nuestros anhelos.
   Esta cola va más rápido, porque pocos son los elegidos que pueden llegar hasta el Gran Maestro. Por el camino, hemos visto salir a T hecho una furia, gritando “Esta tía es gilipollas” porque le faltaba una fotocopia del DNI; hemos visto a M caer abatido ante un certificado d exención de tasas municipales por minusvalía; hemos llorado con O, cuando le dijeron que los vecinos de la periferia del barrio no tienen derecho a tarjeta verde porque no; y a otros muchos más, grandes hombres y mujeres que ni siquiera tendrán el consuelo de verse recordados en la estatua del soldado anónimo.
  Nos sentamos delante de la rubia de treinta años. El encargado de movilidad ciudadana tiene una cara de estar hasta los huevos que no puede con ella. Está respantingado en su silla y mira continuamente su reloj a ver si puede marcharse a casa de una puta vez.
   -¿Estáis aquí por lo de la Ciudad Vieja? -pregunta la rubia.
   Se ve que a los trabajadores del Ayuntamiento los reclutan en ASPRONAGA.
   -Sí. -dice Ana; y le ofrece nuestro fajo de papeles.
   Estoy tan nervioso por verme tan cerca de la tarjeta verde que estoy a punto de hacerme pis. La empleada municipal ojea los documentos.
   -Mmmmmmmm. -dice- Os falta un poder de tu padre. Tiene que firmar aquí y aquí.- nos dice al tiempo que nos tiende una hoja oficial y hace dos pequeñas cruces donde se supone que debe firmar mi padre.
   No me lo puedo creer. Es como el penalti de Djukic, como acostarte con Scarlett Johansson y, cuando estás a punto de correrte, que te diga que te vayas a tu casa.
   -No... no... -gimo abatido.
   -¿Puede escribirnos en una hoja todo lo que tenemos que traer para que no tengamos que volver otra vez más? -dice Ana con una paciencia infinita.
   El encargado de movilidad ciudadana sale de su hastío. Resulta que no sólo es un hortera de mierda, sino que, como Dios, es infinitamente caritativo en su benevolencia. O eso, o le gusta mi mujer y quiere hacerse el chulito.
   -No pasa nada. Tu padre está tomando un café ahí fuera. -me dice al tiempo que señala con los ojos la puerta que lleva a la Plaza de María Pita- Llevas el papel y que te lo firme.
   Yo, que estoy en estado de shock, digo como un gilipollas:
   -Pero mi padre no está...
   -Tu padre está tomando café ahí fuera. -insiste- Sales y que te firme los papeles.
   Ana, a mi lado, tiene los ojos desorbitados. No puede creer con el imbécil que se ha casado. Coge los papeles y me saca de la mano como a un niño pequeño.
   Fuera, le pedimos un boli a una policía municipal que hay por allí y falsificamos la firma de mi padre. Volvemos a entrar. Hacemos la cola de nuevo y entregamos los documentos.
   -Está todo bien. -dice la rubia- Ya os llamaremos.
   Salimos. Me siento en un banco de la plaza y enciendo un cigarillo.
   Al mismo tiempo que un alivio infinito, siento un cierto vacío existencial, como si el objetivo de toda una vida se hubiese disipado. Dijo Thomas Mann, en Los Buddenbrook, que todo momento de esplendor lleva en sí el germen de la decadencia.
   -¿Y ahora qué? -digo cuando he terminado.
   -Han dicho que ya nos llamarán.-dice Ana.
   Ya. Eso es como hacer cola, pero desde casa. Ya no tenemos que esperar de pie, rodeados de gente que suda y huele mal, ni tenemos que lidiar con empleados celosos de los certificados y las fotocopias compulsadas. Me refiero a qué haremos en ese momento en concreto. Ana mira el reloj. Son las dos menos cinco. Hemos solventado todo en algo menos de tres horas.
   -No tenemos nada para comer. -dice.
   Volvemos al barrio. Cogemos el coche y conducimos hasta el hipermercado. El trayecto, que andando a ritmo suave serían unos treinta minutos, en coche es más de una hora. La razón es otro delirio faraónico de Carlos Negreira Soto, alcalde de Coruña para desgracia de todos. No contento con la obra de cuatro años del parking del Parrote, ha decidido levantar un kilómetro del centro de la ciudad para soterrar el tráfico. Por arriba hará un boulevard que, por las fotos que he visto del diseño, es una mierda, pero no estoy aquí para hablar del mal gusto del alcalde, ni de la más que sospechosa finanzación del proyecto, sino de la hora que nos roba a los vecinos cada vez que cogemos el coche. Un guardia sopla el silbato y mueve muy enérgicamente los brazos para que nos demos prisa, pero, pese al entusiasmo de sus brazos, el tráfico avanza muy poquito a poquito.
   -¿Te has dado cuenta que un atasco es la cola de los coches? -le comento a Ana.
   -Ajá. -dice ella sin inmutarse por los treinta minutos que llevamos para hacer quinientos metros. Después de las pruebas de la oficina del padrón, mi mujer ha alcanzado la disciplina mental de un maestro yogui.
   Al fin llegamos al supermercado. Si el atasco era la cola de los coches, el supermercado es el paraíso de las colas. Las hay para todos los gustos, de todo tipo y pelaje. Hay una cola en el parking para encontrar aparcamiento, hay otra cola en la frutería, para que un señor con un gorrito de pescador te pese la verdura y ponga una pegatina en la bolsa, hay otra cola en la pescadería, otra en la charcutería, otra en la panadería, otra en la carnicería y una gran cola final para pagar. Las hacemos todas y salimos con el carrito cargado de comestibles. 



Llenamos el maletero y llevo el carrito hasta la entrada, donde engancho el carrito a otro para que me devuelvan el euro de fianza. Doy un paso atrás y observo todos los carritos, enganchados unos a otros por medio de una cadenita, esperando pacientemente a que llegue algún cliente y los lleve a dar una vuelta por el interior del supermercado. No sé si he tenido un arranque de sensibilidad artística o es que mi paranoia de las colas se me está yendo de las manos, así que, prudentemente, vuelvo al coche. Ana arranca y volvemos a casa. Otra hora de vuelta de cola de coche en el atasco provocado por el delirio faraónico de Carlos Negreira Soto, alcalde de Coruña para desgracia de todos, y otra cola de diez minutos buscando aparcamiento.
Son las seis de la tarde cuando terminamos de comer.
-¿Qué vas a hacer hoy? -me pregunta Ana.
Podría ir al banco y esperar media hora para que me den un estracto de mi cuenta bancaria, o esperar en la parada del autobús, o ir a un pub de moda y aguardar a que una camarera veintañera cachonda tenga a bien ponerme una copa, pero creo que me voy a tumbar en la cama y mirar el techo sin hacer nada para redondear el día.

 -Tú mismo. -dice Ana.


     ANEXO: OTROS ESPACIOS DONDE HACER COLA
-el último es un producto típicamente español-






viernes, 22 de agosto de 2014

Petros Márkaris: Kostas Jaritos



     En Julio alguien me sugirió que podía hacer una crítica de Petros Márkaris porque estaba en la cresta de la ola y eso tal vez atrajese gente a mi blog. Luego añadió "es una sugerencia". Y yo ahora aprovecho para deciros que, además de sugerencias, acepto peticiones. Como los que me leéis sois casi todos gente que conozco personalmente, no sólo no me importa, sino que me motiva. Con la saga de Kostas Jaritos tardé un poco porque son nueve novelas. 
    Centrándonos en Petros Márkaris y no en las estrategias publicitarias de mi blog, lo primero que tengo que decir es que me sorprendió realmente enterarme de que Petros Márkaris, que ha alcanzado la fama mundial como escritor de novela negra, es o fue estrecho colaborador de Theo Angelopoulus, porque pocas cosas en el mundo se parecen menos que La eternidad y un día o La mirada de Ulises y la saga de Kostas Jaritos. Por si esta versatilidad no fuese suficiente, resulta de Márkaris también es dramaturgo, economista y escribió una serie de artículos sobre la crisis griega para Alemania. Esto es un punto a su favor, porque no es fácil tocar tantos palos y hacerlo dignamente. 
     La saga de Kostas Jaritos es una serie de novelas negras protagonizadas por Jaritos, un detective funcionario de la policía griega que, novela a novela, va ascendiendo en el escalafón. Por ahora, la saga consta de nueve títulos. Las seis primeras no se apartan un punto de las convenciones de género:
     - Un crimen, que debe ser resuelto.
     - Un detective con una personalidad particular. 
     - Una narración trepidante, con muchos cliff-hungers (picos de tensión no resueltos).
   - Se le esconde información al lector, de modo que la acción avanza a medida que el detective, y con él el lector, va descubriendo esa información.
      - Una pista falsa a mitad de novela, que despista un poco.
     - Una resolución final donde se enlaza todo y donde se sorprende al lector con un culpable inesperado.
    - Breves interludios en los que la resolución del crimen deja paso a la vida personal del detective.
       Como digo, las seis primeras novelas no se apartan un punto de estas convenciones. Y tienen la rara virtud de no caer en la exageración o intentar darles vueltas al género para sorprender al lector. Kostas Jaritos, como todo detective del género negro, tiene un pequeña particularidad: lee diccionarios. Pero no va más allá. Con eso basta. Si lo hubiese exagerado más, como por ejemplo en True Detective, podría haber construido un personaje inverosímil. Pero no lo hace y Jaritos es tremendamente humano, cercano al lector.
      La narración es muy, muy rápida. Márkaris cuenta lo justo que tiene que contar. Ni se entretiene con prolijas descripciones, ni nos marea con subtramas que no vienen a cuento. En este sentido, una de las cosas que más me gusta es que no se recrea contándonos la vida de Jaritos, ni nada de eso. Da los datos justos. En la primera novela está peleado con su mujer, quiere mucho a su hija, es un perro viejo en el cuerpo lo que le vale la continua acusación de facha y poco más.
        Puestos a ponerle pegas a las primeras novelas de la serie, la resolución del crimen es un poco chapucera. Quiere mantenerse fiel a esa convención del género de sorprender al lector con el final. Pero Jaritos es un policía que investiga en Atenas, de modo que los sospechosos son todos sus habitantes. Para sorprender al lector es necesario que este mismo lector haya conocido antes al asesino y resulta un poco forzado que, de los no sé cuántos millones de habitantes que tiene Atenas, el asesino vaya a ser ese señor con el que habló el comisario a principio de la novela. 
      Las tres últimas novelas de la saga son las que le han dado más fama. En ellas, la investigación policíaca se mezcla con la crisis económica, que se ceba especialmente con Grecia. En la séptima novela -Con el agua al cuello-, la crisis es el marco, el contexto en el que tienen lugar los crímenes. No tengo nada en contra de eso y la verdad es que esta novela se lee muy bien, al menos tanto como las seis primeras. El problema de la octava -Liquidación final- y de la novena -Pan, educación y libertad-, es que la crisis económica y sus consecuencias cada vez tienen más peso. Deja de ser el contexto, para ser uno de los temas fundamentales. Y eso lastra mucho la narración. Ya no va como un tiro. Hay grandes interludios, especialmente en la última, en los que Márkaris habla de cómo vive la gente, qué hace, qué dice, y pasa olímpicamente del crimen. No debemos olvidar que son novelas de género. Lo que el lector quiere es lo de siempre. Si quería hacer una novela social, me parece perfecto. Que la haga. Pero mezclar el crimen con la reivindicación política a veces resulta un pegote. De hecho, en la novena creo que el crimen directamente sobra. El contexto de Pan, educación y libertad es un escenario de política ficción en el que España, Grecia e Italia han abandonado el euro. Los griegos las están pasando canutas y surgen movimientos de extrema derecha muy violentos, continuas protestas sociales, etc... La conexión entre esto y los crímenes es un tanto difusa. Hubiese sido más honesto que Márkaris hubiese utilizado a sus personajes, ya conocidos por todos, para contar cómo es su vida es este escenario ficticio, que forzar la trama para meter un crimen que al final acaba importando un pepino.
     En cualquier caso, tampoco quiero cebarme con esto. También es interesante leer cómo los griegos se enfrentan a la crisis y comprobar que las reacciones son exactamente igual que en España.
     

miércoles, 20 de agosto de 2014

Rajoy y su reforma en la elección de alcaldes.



    Es una de las noticias de la semana. De hecho, en el momento en que escribo esto, eldiario.es lleva esta noticia a primera plana. Supongo que El País y ABC y El Mundo también, pero no pongo enlaces porque a lo mejor me aplican la tasa Google y me quieren cobrar.
    Rajoy pretende cambiar la ley electoral en cuestión de alcaldes. Quiere que gobierne siempre el partido más votado. Los partidos minoritarios no podrán pactar entre ellos para formar gobierno. Hace un par de meses que varios barones del PP andan soltando globos sonda para ver cómo reacciona la ciudadanía. Entre los más combativos está Núñez Feijoo, presidente de la Xunta de Galicia, para desgracia de todos los gallegos. Por ahora parece que el PSOE no acepta esta reforma (*), de modo que, si Rajoy quiere llevarla adelante, tendrá que hacerlo apelando a su mayoría absoluta. Lo conseguirá, claro, pero sin consenso.
     En los tres años que lleva de gobierno, el ejecutivo de Rajoy ha demostrado muy poco amor por la democracia y la libertad de expresión. Aquí he comentado algunas de sus medidas represoras, como coartar la libertad de expresión en las redes sociales o la tasa Google, pero hay muchas más. Podría haber dicho algo de la ley de represión de cualquier manifestación pública de descontento, la ley del aborto o la lamentable reforma educativa -prometo un post hablando de esto, ya que soy profesor y me toca directamente-. Pero no tuve tiempo y luego ya no venía a cuento. En cualquier caso, no quiero que se me pase sin comentar esto de que sólo puedan gobernar los partidos con las listas más votadas.
     Esto es un post, así que seré muy breve:
     En primer lugar, me indigna porque es un atentado directo contra la democracia. Una parte fundamental de este sistema político es la capacidad de llegar a consensos. Como hizo, por ejemplo, Aznar cuando pactó con CIU y no tuvo reparo alguno en decir aquella chorrada que pasó a la historia de que hablaba catalán en la intimidad. Un familiar mío muy querido y de derechas, me dijo al hablar de este tema que es una forma de protegerse del "Frente Popular". Es decir, de que un montón de partidos que no tienen nada que ver entre ellos se alíen sólo para expulsar al PP de las instituciones. Como dije antes, una parte fundamental de la democracia es la capacidad de llegar a consensos. El PSOE, IU, BNG, Podemos o el partido que sea pueden llegar a una propuesta consensuada y gobernar a partir de ella. Esa crítica de crear "Frente Popular" es ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Es cierto que, en muchos aspectos, PSOE y BNG no tienen absolutamente nada que ver. Pero lo mismo sucede en el seno del Partido Popular. Que yo sepa, el Partido Popular recoge votos de neoliberales estilo Esperanza Aguirre que quieren desmontar por completo el Estado, nostálgicos del franquismo que sueñan con un antiguo Estado autoritario y fanáticos religiosos del Opus Dei y grupos así. Es cierto que al PSOE y al BNG los separan muchas cosas. Muchísimas. Pero no más que un franquista/fascista que anhela un Estado centralista hipercontrolador y a Esperanza Aguirre, que pretende que el Estado desaparezca por completo para que el capital pueda hacer negocios sin ninguna restricción.
     En segundo lugar, me indigna porque es tan evidente que es una maniobra para asegurarse el gobierno en los ayuntamientos que es casi ridículo. La irrupción de Podemos y el descontento amenaza con que la mayoría de los ayuntamientos salgan de las elecciones sin una mayoría absoluta. Como nadie quiere pactar con el PP, lo amañan para que no se pueda. Esto es manipular las reglas del juego para que siempre les favorezcan a ellos. El Partido Popular, que tan garante es de las reglas de juego y la Constitución cuando se trata de la independencia de Cataluña, parece que no lo es tanto cuando les interesa.
    En tercer y último lugar, es de una hipocresía vergonzosa, porque, cuando PSOE y PP pactaron en el País Vasco, el juego democrático era una maravilla y este pacto, según ellos, fue fantástico porque así pudieron acabar con ETA.
     Supongo que se me ocurrirían un montón de razones más, pero esto es un post y mi mujer me reclama.

Cinatown (Roman Polanski)



    Uno de los comentaristas de Filmaffinity resume así los datos de la película: 


    Film realizado por Roman Polanski. El guión de Robert Towne se inspira parcialmente en hechos relacionados con la "Guerra del agua de California" (principios del XX). Se rueda en exteriores y escenarios reales de LA y otras localidades de CA (Crescent Bay, Pasadena...) y en Paramount Studios, con un presupuesto estimado de 6 M dólares. Nominado a 11 Oscar, gana uno (guión original). Producido por Robert Evans, se estrena el 20-VI-1974 (EEUU).

    La acción principal tiene lugar en LA, en 1937. El detective privado J.J. "Jake" Gittes (Nicholson) es contratado por una mujer que dice ser Evelyn Mulwray para que investigue la vida sentimental de su marido, el ingeniero Hollis Mulwray (Zwerling). La investigación le lleva a enfrentarse a un caso complejo de pasiones, ambiciones, corrupción y asesinatos.

    Chinatown es, sin lugar a dudas, cine negro. Tiene absolutamente todos los tópicos de las películas noir de los años cuarenta y cincuenta: un detective, una femme fatale que simboliza la unión del sexo y muerte presente en cosmogonías de los cinco continentes, un turbio asesinato, atmósfera de corrupción, tristeza y amargura y todo lo que recordéis de películas como El halcón maltés, El sueño eterno o Perdición. Pero Polanski no se limita a hacer un pastiche, una película estilo años cincienta en 1974, a la que incorporar los avances técnicos de la época -entre ellos el color-. No. Chinatown es algo más.
    Para empezar, me creo más a Jack Gittes (Jack Nicholson) que a Sam Spade o Philip Marlowe. Gittes tiene algo trágico que te da hasta pena. No es sólo un detective duro. Es, al mismo tiempo, un hombre vulnerable, con ese trauma del pasado que no se nos desvela. Faye Dunaway hace una interpretación colosal. No se limita al pesimismo y la ambigüedad de sus antecesoras. Todo alrededor de ella destila tragedia personal. 
      ¿Y el guión? ¿Que voy a decir yo del guión que no se haya dicho ya? Por algo le dieron el Oscar. Desarrolla una trama realmente compleja con una sencillez y una naturalidad que mantiene al espectador pegado a la pantalla sin poder pestañear. La escena de la nariz ha pasado a la historia del cine por méritos propios. Creo que en mi vida olvidaré algo así. 
     Y por supuesto, el final, que, según parece, fue elegido libremente por el director. No os preocupéis, Esto no es un un spoiler. Sólo quiero apuntar que con esa escena final que tan sólo dura unos minutos y la gran frase de Nicholson le da un trasfondo político a la película que no tenían sus predecesoras de los años cuarenta y cincuenta. Es cierto que, si nos detenemos, todo cine negro tiene un trasfondo político. El mundo que nos describe es tan corrupto y asqueroso que, por fuerza, toda película negra lleva en sí misma cierta dosis de crítica social. Sin embargo, este componente crítico pasa desapercibido apisonado por la trama. A diferencia de las otras, Chinatown nos lleva de la mano a esa escena final en la que se condensa la amarga reflexión sobre el mundo en el que vivimos. "El mundo es Chinatown". Pero no nos equivoquemos. Yo siempre he criticado que el género negro no acepte que es género negro y los escritores traten de colarnos de rondón una reflexión metafísica porque acaba saliendo un pastiche (si te interesa esto pincha aquí). Pero este no es el caso de Chinatown. Lo que no me convence de Lorenzo Silva es que trate de colarme un alegato en favor de la tolerancia lingüística a partir de un crimen en Barcelona. Son cosas que no pegan. Pero hablar de la corrupción y la opresión de los ricos sobre los pobres es algo que encaja perfectamente en un relato negro. Como dije, esto ya estaba soterrado en El halcón maltés o El sueño eterno. Lo grande de Polanski, y por ello es por lo que digo que le da una vuelta al género, es que lo hace explícito en los dos minutos finales.
     Una película colosal. 
     P. D: También se dice por ahí que la banda sonora de Jerry Goldsmith es maravillosa. Debe serla, pero la verdad es que yo estaba tan flipado con lo que estaba viendo, que apenas si le presté atención. Tal vez en un segundo visionado.

Delitos y faltas (Woody Allen)


    Delitos y faltas -en otras traducciones Crímenes y pecados- cuenta la vida de dos personajes opuestos: un dentista rico que quiere deshacerse de una amante inoportuna y un cineasta sin éxito muy íntegro y escrupuloso consigo mismo. A partir de la oposición de estos dos personajes -el dentista abyecto triunfa en la vida y supera los remordimientos por haber inducido al asesinato de su amante; mientras que el pobre documentalista ve cómo su cuñado, un rico productor de cine al que él desprecia, se lía con la mujer que él ama-, Woody Allen hace todo un tratado de filosofía acerca de muchos y muy diversos temas. Piensa en la angustia religiosa y los sentimientos de culpa, en la necesidad de responsabilizarse de los propios actos, un mundo injusto en el que triunfa el oprobio y la relación de esta injusticia con Dios, el modo en que nuestros valores se tambalean al chocar con la vida cotidiana, etc...
    A mí la película me aburrió soberanamente. Será porque soy un burro, porque, si no te gusta Woody Allen, es porque eres una bestia insensible, capaz sólo de disfrutar con películas de acción barata. En cualquier caso, este burro incapaz de disfrutar con Woody Allen, tiene algunas razones por las que no le gustó Delitos y faltas:
    1º Quien mucho abarca poco aprieta. Y no se pueden tocar tantos aspectos filosóficos que requieren una reflexión en profundidad en tan sólo dos horas. Cada uno de los temas tratados requeriría una sola película para él solo. La consecuencia es que el resultado es superficial. Toca todo por encima y no profundiza en nada. Si Woody Allen es, como muchos sostienen, el filósofo de finales del siglo XX, tendrá que explicarse un poco mejor. No basta con referencias superficiales. Apuntar es fácil. Lo difícil es definir.
    2º Woody Allen respeta muy poco a sus espectadores. Resumir el contenido de la película en la frase final en voz en off es llamarle gilipollas al espectador. Es como decirle "como no te has enterado del contenido filosófico de la película porque eres un burro, te lo voy a condensar en una frasecita para que lo entiendas".
    3º La mayoría de las obsesiones de Woody Allen en esta película me quedan a años luz. Debo ser una bestia inmunda, pero no obsesionan los sentimientos de culpa y mi relación con la divinidad. Soy agnóstico y no me preocupa demasiado. Y que el mundo es injusto ya lo sé. El 99% de la literatura y el cine lo dice. 
     4º Woody Allen es un postmoderno. Como tal, tiene que hacer cine sobre el cine, metacine, como los escritores escriben sobre el acto de escribir, la ficción y todo eso. En principio no tengo nada en contra de esto, si no sucede, como es el caso, que se repite una y otra vez. Con que un par de autores reflexionen sobre el acto de creación y la ficcionalidad me llega. Sobre todo, si todos llegan a las mismas conclusiones. Ya tuvimos a Borges. Los demás sobran.
    5º Con muchas de las películas de Woody Allen, y con esta en particular, tengo la sensación de que me están haciendo un examen. "A ver si entiendes todo lo que te expongo aquí". Es como si tuviese que estar resolviendo continuamente preguntas. Me pasa lo mismo con la literatura de Borges. Hay que entenderlo todo, captar las referencias metatextuales, porque, si no lo haces, eres un zoquete. Pues bien. Creo que las he captado casi todas. Y si no, basta con ir a internet, leer un par de críticas y ya te enteras. Y aún así, la película me sigue pareciendo aburrida.
    6º El punto anterior me lleva a este. El cine de Woody Allen es aburrido porque es demasiado intelectual. Es un juego de la inteligencia. Y le falta fuerza, esas mismas fuerzas que mueven la pasión humana. 
    7º y último. Ya lo dije a propósito de Zelig. Al tiempo que Allen no respeta a sus espectadores, les hace la pelota. Desentrañas todo las referencias y las reflexiones de la película y te sientes muy listo haciéndolo. Es una forma baja de halago y un medio bastardo de ganarte a un público vanidoso.
     Y no tengo nada más que decir, salvo repetir que es un coñazo.

martes, 19 de agosto de 2014

Richard Sennett: La cultura del nuevo capitalismo.




    Sennett es un pensador muy interesante. Hasta ahora había leído dos libros suyos, Respeto y La corrosión del carácter. En ambos desarrollaba ideas muy sugerentes, aunque, en mi opinión, le pasaba lo que a muchos sociológos/antropólogos hoy en día: tienen una idea muy buena, pero no da para un libro. Entonces la estiran y la estiran hasta que tienen las cuatrocientas páginas prescritas tácitamente para un ensayo y así pueden colocar su libro en las estaterías de la FNAC y La casa del libro y sacarse unas buenas pelas. Con esto no quiero decir que Respeto y La corrosión del carácter no estén bien. Lo están. Simplemente me parece que podía haberse ahorrado unas cuantas páginas. 
    En cualquier caso, La cultura del nuevo capitalismo está cojonudo lo mires por donde lo mires. Expone un montón de ideas fantásticas, está muy bien explicado, es sencillo y lo hace breve -apenas llega a las doscientas páginas-. Un montón de pensamiento bien condensado, bien explicado y muy ameno.

    Al principio del libro, Sennett avanza que la cultura del nuevo capitalismo se basa en tres pilares fundamentales:

a) El primero tiene que ver con el tiempo, pues consiste en la manera de manejar las relaciones a corto plazo, y de manejarse a sí mismo, mientras se pasa de una tarea a otra, de un empleo a otro, de un lugar a otro. Si las instituciones ya no proporcionan un marco a largo plazo, el individuo se ve obligado a improvisar el curso de su vida, o incluso a hacerlo sin una firme conciencia de sí mismo.
    
   Esta idea, más o menos, es la que desarrollaba en La corrosión del carácter. El nuevo capitalismo exige de los individuos que estén en cambio continuo. A lo largo de su vida cambiarán varias veces de empleo, de ciudad y, consiguientemente, de entorno y de amigos. Cada cambio acarrea una ruptura con los lazos creados, un desarraigo. Por el contrario, la identidad humana es, por definición, lo que es inherente al individuo, es decir, lo que permanece estable. De ahí que el nuevo capitalismo corroa el carácter del individuo, que acaba penando por la vida sin una identidad estable.

Richard Sennett fumando en pipa.
b) El segundo desafío tiene relación con el talento: cómo desarrollar nuevas habilidades, cómo explorar capacidades potenciales a medida que las demandas de la realidad cambian. Prácticamente, en la economía moderna muchas habilidades son de corta vida; en la tecnología y en las ciencias, al igual que en formas avanzadas de producción, los trabajadores necesitan reciclarse a razón de un promedio de entre cada ocho y doce años. El talento también es una cuestión de cultura. El orden social emergente milita contra el ideal del trabajo artesanal, es decir, contra el aprendizaje para la realización de una sola cosa realmente bien hecha; a menudo este compromiso puede ser económicamente destructivo. En lugar de esto, la cultura moderna propone una idea de meritocracia que celebra la habilidad potencial más que los logros del pasado.

    
    Aquí Sennett enlaza, en cierta manera, con El artesano. La izquierda hippie de los años sesenta-setenta, descalificaba cualquier forma de burocracia por considerarla alienante -léase Foucault, que, por otra parte, era su amigo-. En esto estaban de acuerdo con la derecha ultraliberal, así que se dio una progresiva desburocratización de lo público y lo privado, El Estado se vio reducido a un simple garante del comercio y las empresas privadas dejaron de ser enormes estructuras piramidales autosuficientes -Sennett pone el ejemplo de IBM-, para convertirse en algo más que un capital que se dedica a hacer subcontratas. Antes, una empresa constructora tenía miles de empleados, desde el jefe ejecutivo, al último peón que ponía ladrillos. Ahora sólo son un consejo de administración con un montón de pasta que consiguen un contrato y se dedican a desglosar el proyecto subcontratando: a otra empresa más pequeña le encarga la cimentación, a otra el cemento, etc... 
    Este proceso de desburocratización se vio complementado por el tratado de Breton Woods. Tras él, se abandona el patrón oro y entra en el mercado una cantidad de dinero abrumadora. La consecuencia directa es que los inversores ya no esperan al fin de año a que la empresa reparta beneficios, sino que es mucho más rentable comprar y vender en función de las expectativas de futuros dividendos. El valor de las acciones de una empresa ya no es el de los beneficios al final del año, sino la perspectiva de crecer que tenga. Las acciones suben y bajan no por una realidad, sino por una virtualidad. Por ello, es mucho mejor que la empresa sea flexible, que cambie constantemente, porque eso siempre augura futuribles, que es, a fin de cuentas, lo que le importa al inversor en bolsa. 
    Ambos aspectos, la desburacratización y la virtualidad del valor de la empresa, se reincide en el punto anterior, en lo que los adalides del neoliberalismo llaman flexibilidad, el cambio continuo. 
    Como comenté en un post anterior a propósito de los planes de empleo de Rajoy, el trabajo en occidente ha sufrido dos grandes reveses. En primer lugar, la globalización y la libre circulación de capital supone que las grandes empresas se lleven las fábricas a países del Tercer Mundo, donde es mucho más barato producir, con el consiguiente aumento del paro en los países desarrollados. En segundo lugar, los avances tecnológicos han llevado a que el trabajo que antes hacían diez, ahora lo haga uno. Más desempleo aún. Esto nos lleva a que en los países desarrollados haya enormes masas de población que es y se siente inútil. Jóvenes hiperpreparados sin empleo y gente de cincuenta años que se prejubila para contratar por la mitad de sueldo a alguno de esos jóvenes hiperpreparados. Además, estos cincuentones, debido a la naturaleza permanentemente innovadora del capitalismo del siglo XXI, se verían obligados a reciclarse, al menos, tres veces a lo largo de su vida. No hay tiempo para eso. No se espera a nadie. O eres hiperflexible o se contrata a otro. A un joven universitario de tu país o a un hindú con varias carreras que te hace el trabajo desde su país por internet a mucho menos de la mitad de precio.
    En El artesano, Sennett distinguía dos formas radicalmente opuestas de valorización del trabajo. Por un lado está el artesano, aquel que hace un trabajo simplemente por hacerlo bien. Esta era la forma de producción hasta la irrupción del capitalismo moderno. En el mundo actual, el artesano ha sido sustituido por la meritocracia. Se produce no por la satisfacción de hacer algo bien, sino que se hace a cambio de algo. Antes, cuando los cargos y las posiciones sociales eran heredadas, era impensable hacer, por ejemplo, unos zapatos para obtener un beneficio social. Ahora, en este mundo hiperflexible donde todo tiene un precio y todo debe cambiar a ritmo de vértigo, hacer algo por el placer de hacerlo bien resulta estúpido. Sennett ve en la meritocracia un peligroso discurso oculto, ya que sirve para justificar que existan grandes masas de población desfavorecida. Si son pobres, es porque se lo merecen, porque no tienen talento. Y Sennett se pregunta qué es eso del talento, qué significa merecer algo en el mundo contemporáneo. Su respuesta no puede ser más desoladora. Ahora que lo único que se valora es el cambio continuo, el talento también es virtual, potencial. No se valora algo por lo que es, sino por lo que puede llegar a ser. 



    Y así enlaza Sennett con el tercer desafío del hombre en el capitalismo moderno y vuelve a las ideas de La corrosión del carácter:

c) De ahí deriva el tercer desafío. Se refiere a la renuncia; es decir, a cómo desprenderse del pasado. Recientemente, la jefa de una dinámica empresa afirmó que en su organización nadie es dueño del puesto que ocupa y en particular que el servicio prestado en el pasado no garantiza al empleado un lugar en la institución. ¿Cómo responder positivamente a esta afirmación? Para ello se necesita un rasgo característico de la personalidad, un rasgo que descarre las experiencias vividas. Este rasgo de personalidad da un sujeto que se asemeja más al consumidor, quien, siempre ávido de cosas nuevas, deja de lado bienes viejos aunque todavía perfectamente utilizables, que al propietario celosamente aferrado a lo que ya posee.


    Ya hacia el final del libro, Sennett se detiene a analizar la naturaleza del consumo, ese fenómeno cultural tan característico de nuestra era. A grandes rasgos, hay dos teorías que explican por qué consumimos sin parar. En primer lugar, hay quienes defienden que el consumo es el resultado de la publicidad, que nos hace estar permanente insatisfechos con lo que tenemos, hambrientos de más. En segundo lugar, están los que hablan de la obsolescencia programada, de los mp3, los coches y las lavadores que vienen programados para no durar más que unos años y así tengamos que comprar otro nuevo y la rueda del consumo siga su aceleración inexorable. Pero ninguna de estas dos teorías convence a Sennett. En su opinión, el consumo es consecuencia de la cultura del nuevo capitalismo, de esta forma de pensar particular de los que formamos parte de esta cultura. Según él, consumimos porque se nos ofrece mucho más de lo que realmente vale el producto y mucho más de lo que nunca jamás llegaremos a utilizar. Ir en primera clase o tener un Audi no es cuatro veces mejor que ir en segunda o tener un Seat. La relación calidad-precio está totalmente desproporcionada. También compramos coches deportivos para ir a doscientos ochenta o por el desierto cuando, en el mejor de los casos, el 99% del tiempo lo usaremos en atascos. Y lo mismo con mp3, que tienen capacidad para almacenar una cantidad de música que seríamos incapaces de escuchar en una vida. El consumo masivo apela al mundo de la virtualidad, de lo que podría llegar a ser, como sucedía con el valor de las acciones de las empresas. El valor de lo virtual es una característica fundamental de la cultura del nuevo capitalismo.
     La política también funciona así. Se nos venden los presidentes y los partidos políticos haciendo énfasis en las diferencias, cuando en realidad son más o menos lo mismo. Las reformas laborales del PSOE y del PP iban encaminadas hacia lo mismo, la política territorial es muy semejante, Felipe González es el responsable de las SICAPS, la política migratoria apenas varía, etc.... De este modo, llegamos a un divorcio entre poder y responsabilidad. La democracia se articula sobre el patrón del consumo.
    Y Sennett cierra el libro haciendo una llamada a la reflexión y una vuelta al espíritu del artesano, que es lo que, en mi opinión, es lo más flojo del iibro. No sé hasta que punto se puede retomar un viejo valor. Pero, en cualquier caso, esto no puede desmerecer un ensayo muy interesante, muy bien escrito y que merece leerse sin duda alguna.

Sennett en plan intelectual

domingo, 17 de agosto de 2014

Rajoy y el desempleo.



    Una de las frases que más le oigo decir al presidente del gobierno es que está comprometido con la lucha contra el desempleo y no cesará hasta que las tasas de paro estén al nivel de antes de la crisis. Lo repite una y otra vez y las últimas estadísticas del INEM parece que le son favorables. Al menos lo suficiente para que las esgriman una y otra vez como prueba de su buena gestión de gobierno. Lo que yo me propongo en este breve artículo es analizar, aunque sea superficialmente como exige las dimensiones prescritas para un post, qué hay de verdad, qué de falso y qué subyace a ese problema que tiene obsesionado a Mariano Rajoy.
    Hasta la caída del muro de Berlín, las empresas estaban limitadas por las fronteras. Pero el muro cayó y allá nos fuimos todos hacia la globalización. Desde un punto de vista económico, lo que supuso la globalización fue la supresión de las fronteras y la libre circulación de capital. El capital va allá donde es más rentable. Ahora que se puede mover sin restricciones, ¿para qué producir algo en España, cuando puedo hacerlo en China diez veces más barato? Sería estúpido hacer zapatillas en España porque el margen de beneficio sería mucho menor. Este hecho afecta de manera directa al empleo en Occidente, porque miles de fábricas cierran y se llevan la producción a países donde los costes laborales son mucho menores, con el consiguiente aumento del desempleo en países como, por ejemplo, España.
    A esto hay que sumarle la irrupción de la tecnología en la producción. Víctimas de ello son los trabajadores de la metalurgia, que han visto reducidas drásticamente sus plantillas en los últimos veinte años. Lo que antes hacían diez trabajadores cualificados, ahora lo hace uno y una máquina. Otro factor importante que genera desempleo en los países desarrollados. 
    La situación a la que se enfrentaba Rodríguez Zapatero era, más o menos, así, y agravada por la crisis económica que nos está asolando. En la oposición, Mariano Rajoy repetía una y otra vez que él tenía la receta para salir de la crisis y crear empleo. Muchos españoles se lo creyeron y ganó las elecciones con mayoría absoluta. Tenía carta blanca para desarrollar sus políticas de creación de empleo.
    ¿Y en qué consisten estas políticas?
    En primer lugar, en repetir un montón de veces palabras como flexibilidad, dinamismo, productividad y otras muchas paparruchas que encubren la única forma que se le ocurre de luchar contra el paro: Si las empresas se van fuera porque es mucho más barato producir en China, lo que tenemos que hacer es que producir en España sea tan barato como hacerlo en China. Esto, que suena muy bien, encubre una serie de medidas terribles para los trabajadores españoles, que son que nos ha puesto al nivel de los trabajadores chinos. ¿Cómo conseguir que seamos tan productivos/baratos como ellos? Pues laminando sin piedad todos los derechos laborales conseguidos desde la Transición. Hace una reforma laboral en la que el despido está prácticamente subvencionado, en la que te pueden cambiar de puesto y bajar el sueldo sin más explicación que que la empresa lo demanda así, aumento de las horas de trabajo, descenso de los salarios, etc...
    Probablemente las estadísticas le estén dando la razón a Mariano Rajoy. El paro está bajando -y más ahora que estamos en verano-, ¿pero a costa de qué? En España se produce barato porque han equiparado a los trabajadores españoles con los chinos. 
    Algunos adalides del neoliberalismo aducen que todo en cuestión de economía tiende a compensarse y que los salarios no bajarán por demasiado porque, en caso de ser así, habría un bajón del consumo y esto afectaría a la economía. En que habrá un bajón del consumo y que la economía se verá afectada, no tengo ninguna duda. Lo que me genera otras muchas es que el mercado tienda a compensarse. Eso sería así si los mercados sólo fuesen nacionales. Las empresas españolas no bajarían demasiado los salarios porque no tendrían a quien vender. Pero resulta que los mercados no son nacionales. Si no consumimos los españoles, a las grandes multinacionales les importa un pito. El mundo es muy grande. Ahora se está desarrollando Brasil y el Sudeste asiático. Si no consumimos nosotros, lo hacen ellos. Que España se hunda no les preocupa demasiado.
    Sería muy injusto por mi parte echarle la culpa de este sistema mundial a Rajoy y su Partido Popular. Lo que me molesta, es que no digan la verdad de lo que están haciendo: tratan de luchar contra el desempleo precarizando a la gente. Crear empleo de otra forma, lo veo realmente difícil. Sólo se me ocurren tres formas, y ninguna de las tres creo que tuviese éxito:
    a) Como me dijo una vez mi compañero de francés, la única manera sería que los sindicatos de todo el mundo se pusiesen de acuerdo, pero es algo que difícilmente se daría, ya que no creo que un trabajador malasio estuviese dispuesto a renunciar a trabajar en una fábrica que le daría de comer a él y a toda su familia porque sus condiciones de trabajo afectan a otros trabajadores de occidente que ni conoce, ni ve  ni probablemente sepa que existen. El gran capital se aprovecha del viejo "divide y vencerás". 
    b) Reducir costes también se puede hacer reduciendo el salario de los grandes directivos. No le bajes tanto el sueldo a los trabajadores de la parte baja de la pirámide, sino bájaselo a los ricos. Esto es aún más utópico que el punto anterior. Los ricos sólo han hecho concesiones en el ámbito económico cuando ha habido revoluciones y han tenido miedo, y tampoco me apetece pedir ahora una guillotina y sangre en las calles.
    c) Volver a las fronteras nacionales y los aranceles. Esto es utópico, porque en la globalización ya no hay vuelta atrás. No se subsana un problema volviendo a lo anteiror. Esto no es el sistema operativo Windows que, si te entra un virus, puedes restaurar una versión anterior del sistema.
    En cualqueir caso, lo que pido es cierta sinceridad por parte de nuestros gobernantes. Zapatero, con su primera reforma laboral, iba en el camino que va ahora Rajoy, con la diferencia de que el ritmo de precarización de Rajoy es bastante mayor. Me gustaría que Rajoy nos contase la verdad: la única solución a corto plazo contra el desempleo es que el sueldo medio en España sean quinientos euros. Pero, evidentemente, eso le costaría mucho en las urnas. Pero, haga lo que haga y por mucho que nos enseñe estadísticas, mucho me temo que el malestar social sólo va a ir en aumento. Puede que haya un pequeño rebrote si la cosa mejora. Pero sólo será temporalmente. A largo plazo, le auguro un futuro negro a los trabajadores occidentales. O precarizarse o morir. 
    Y luego la derecha neoliberal se sorprende de por qué aparece con tanta fuerza un partido como Podemos.

viernes, 15 de agosto de 2014

Tasa Google, Tasa AEDE y la sociedad de la desinformación




    Hace una hora que he oído hablar por primera vez de la Tasa Google y la Tasa AEDE. Resumiendo mucho, esta tasa consiste en que no se podrán colgar enlaces a medios de comunicación y otras páginas de revisión periódica, lo que incluye los blogs y Facebook, porque se cuelgan cosas con cierta frecuencia. A partir de ahora, si en vuestro Facebook, vuestros blogs o vuestras webs queréis colgar un enlace a una noticia que os ha parecido interesante o a un artículo que alguien ha colgado en un blog y os ha gustado, tendréis que pagar. 
     Esta nueva tasa está incluida dentro de la nueva ley de la propiedad intelectual. Al parecer, casi todos los periódicos españoles -excepto diario.es y 20minutos- han presionado al gobierno para que las páginas que redireccionen a sus noticias tengan pagar. Su argumento es que estas páginas, Facebooks, blogs, etc... se están lucrando gratis de las noticias que dan ellos. 
    Y lo más delirante de todo, es que, si, por ejemplo, diario.es no quiere cobrar ese canon porque está en contra de esta tasa, no le dejan. Es obligatorio pagar, independientemente del enlace que se ponga.
     Os cuelgo un enlace a una página en la que explican todo pormenorizadamente: aquí
     

     No es el momento de hacer un artículo de opinión profundo sobre el tema, porque es tarde y me tengo que ir. Si cuelgo este post es para que los pocos que me leéis os enteréis. La ley la aprobarán en Septiembre u Octubre.
    Sólo tengo dos cosas que decir rápidamente:
    1) Hay que tener cara para decir que esas páginas, facebooks, etc... se lucran a costa de el diario El País, el ABC, El Mundo, La Voz de Galicia, etc... En todo caso, es al revés, porque, que yo sepa, las páginas webs de estos periódicos tienen publicidad. La publicidad se paga -es decir, que ellos cobran-, y, si cobran, es porque tienen muchas visitas. Yo, por mi blog, no cobro un duro porque no me lee ni Dios. Ellos cobran porque va mucha gente a ver sus noticias. Y esa gente, en gran medida, va gracias a que son redireccionados por otras páginas, por facebooks y blogs.
    2) Es un atentado flagrante contra la información del ciudadano. Muchísima gente, en especial la gente joven, se entera de las noticias porque un amigo cuelga algo en su blog. Lee algo que le resulta curioso, pincha en el enlace y lee la noticia. Internet es un espacio de libertad, precisamente porque cualquiera puede decir y opinar lo que le venga en gana. Eliminando esta forma de información, los poderes fácticos vuelven a tener el control de la información y, por tanto, retienen el poder. Todos sabemos cómo se manipulan los medios de comunicación: se miente, se omiten noticias que son desfavorables para un determinado grupo de poder, se manipula, etc... La información es poder. Coartando la posibilidad de enlazar a las noticias que nos dé la gana, se nos está coartando el derecho a la información. Ya sólo podremos enterarnos de lo que los grandes medios de comunicación tengan a bien contarnos, porque no tenemos la posibilidad de enterarnos por otras fuentes. ¿A dónde voy a buscar? ¿Cómo me entero de que existe ese artículo? Internet suponía un espacio de libertad de información que esta ley trata de controlar.

Barton Fink (Joel Coen)



   Durante mi primera juventud fui un fan incondicional de los hermanos Coen. Quizá fuese porque por aquella época tuve la suerte de ver sus cuatro obras maestras: Sangre fácil, Fargo, Muerte en las florew El gran Lebowski. Luego ellos siguieron haciendo cine y yo creciendo. Hicieron Crueldad intolerable, Oh Brother, Lady Killers, El hombre que nunca estuvo allí, Quemar después de leer, Valor de ley y No es país para viejos, todas ellas películas que me dejaron frío. No puedo decir que sean una porquería, pero no me dijeron nada. Y finalmente vino la etapa de Valor de leyUn tipo serio, A propósito de Llewyn Davis Hail Caesar, que ya ni siquiera vi, porque tenía la sensación de que los Coen ya habían dicho todo lo que tenían que decir. No es un crítica. Les pasa a los más grandes. Andan toda la vida rondando una gran obra, como si se acercasen a ella. La escriben y se quedan vacíos. Es normal. La vida y los hombres somos limitados y no tenemos ideas geniales cada cinco minutos. Le pasó a Cervantes y le pasó a Tolstoi, los dos más grandes en literatura. ¿Cómo no va a pasarle lo mismo a los directores de cine? Sin embargo, había dos películas de la etapa dorada de los Coen que no había visto: Barton Fink y El gran salto. Ayer de noche decidí darle una oportunidad a Barton Fink. La verdad es que estaba un poco nervioso porque esperaba disfrutar a lo grande, como lo hice los millones de veces que vi de postadolescente Muerte entre las flores o El gran Lebowski. Y la verdad es que me quedé un poco frío. No sé si porque la película no es de las mejores, si porque esperaba demasiado y eso inevitablemente defrauda un poco, o quizá porque me he hecho mayor y ya no estoy para este tipo de películas.
    Filmaffinity, la página a la recurro cuando no tengo ganas de resumir las películas dice de Barton Fink

    En 1941, Barton Fink viaja a Hollywood para escribir un guión sobre el luchador Wallace Berry. Una vez instalado en el Hotel Earle, el guionista sufre un agudo bloqueo mental. Su vecino de habitación, un jovial vendedor de seguros, trata de ayudarlo, pero una serie de circunstancias adversas hacen que se sienta cada vez más incapaz de afrontar su trabajo.

   Y a continuación detalla todos los premios que recibió la película en su momento y recoge dos críticas: 
    Carlos Boyero la define como "Inquietante, sombría, alucinada y sarcástica" y la propia página dice que "En el Festival de Cannes se rompió, con esta película, un viejo récord: hacía 44 años que una misma película no se llevaba los tres premios principales.". (si quieres verlo todo pincha aquí)
    Como digo, creo que me he hecho mayor para este tipo de cine. Para empezar, porque el conflicto empieza tarde. Se demora mucho y, cuando aparece, el espectador ya está desencantado con la película, ya no espera que pase nada. En segundo lugar, la película me parece vacía de contenido. Cuenta la historia de un escritor que llega a Hollywood y un crimen posterior, pero ni incide en un estudio pormenorizado de la psicología de los personajes, ni tiene un mensaje, ni nada de nada. Simplemente es una estética vacía de contenido, sin más que unos escenarios y unos personajes que son cool, molan o como quieran llamarlo los adolescentes actuales. En este sentido, la película no se diferencia mucho de un videoclip de la MTV. ¿A dónde quieren llevarnos los Coen con esta cinta? ¿Qué plantean? Mucho me temo que nada más que una estética. Es lo que Finkielkraut, a quien ya he citado en este blog (aquí), es lo que llama la cultura de los feelings, una cultura adolescente que sanciona algo como bueno o malo porque sí, sin más razón que uno siente que algo es cool o que algo sucks, como decían continuamente Beavis and Butt Head en aquellos dibujos de la MTV. 
    No me gustaría dar la impresión de que Barton Fink es una mierda de película como Snowpiercer (aquí). No es eso. Es simplemente que me defraudó un poco porque no le vi contenido alguno. Quizá me gustaban tanto los hermanos Coen cuando era un postadolescente porque a esas edades la forma de razonar de uno es precisamente la de la cultura de los feelings, y tengo que reconocer que los Coen han sabido crear una estética propia muy atractiva. Pero, por lo menos en lo que atañe a Barton Fink, poco más. Por lo de pronto, no voy a volver a ver ninguna de aquellas cuatro grandes películas que les recuerdo de mi primera juventud. Si no me equivoco, El gran Lebowski era un canto a la filosofía hippie, pero me aterra volver a verla y comprobar que lo que me parecía genial a los dieciséis años, no es más que un artificio vacío. 
    Conclusión: Barton Fink está bien, pero no es para tirar cohetes.