viernes, 27 de junio de 2014

Carmen y los sistemas expertos





   En las primitivas tribus de homínidos todos los miembros sabían hacer más o menos de todo. Los primeros australopitecus ya sabían subirse a los árboles, buscar frutos y brotes comestibles y ponerse a chillar si veían a algún depredador potencial. Pero empezó la epopeya de la evolución y, con ella, el reparto del trabajo. Unos se especializaron en cazar y otros en recolectar, unas en la crianza de la prole y otros en guerrear. Y, poco a poco, a medida que las sociedades iban creciendo y se iban haciendo más complejas, sus miembros se especializaron en una actividad concreta cuyos frutos intercambiaban por otras cosas. Así surgen los campesinos, los gobernantes, los médicos, los profesores, etc… Los sistemas expertos son las instituciones que se encargan de gestionar estos saberes especializados. 
    Hoy voy a hablar de uno de los sistemas expertos más fascinantes del siglo XXI: la sanidad.
   Es madre, es profesora y es mi amiga. También es antropóloga. Aunque vivimos en ciudades distintas, mantenemos correspondencia regular y me tomo muy en serio las objeciones que hace cuando desarrollo una idea por el camino equivocado.
   El martes me mandó un correo electrónico. La primera frase era una pregunta retórica contundente, directa, de una angustia existencial kafkiana:
   ¿Pero cuál es la alternativa a los sistemas expertos?
   Y a continuación se respondía ella misma con otra pregunta.
   ¿Podemos saber de todo?
   La historia arranca la semana pasada. Era de noche. Carmen y su marido estaban en el salón de su casa. Carmen abrió el armarito que hay junto al televisor. Allí había un archivador con carpetas con recibos de la luz, declaraciones de la renta, certificados de empadronamiento y todas esas cosas que hacen de la vida moderna un infierno de pequeñas obligaciones cotidianas. Carmen sacó una cartilla de revisiones médicas. Yo no tengo hijos, pero una vez tuve un perro y tenía un cuadernillo verde y blanco para eso. Supongo que no sería muy distinto. Carmen hizo un repaso meticuloso, un poco neurótico, que es lo que se espera de una buena madre, y frunció el ceño.
   -A la peque le toca la revisión. -le dijo a su marido que, agotado tras un día de trabajo, miraba la tele y bebía una Fanta de naranja.
   No dijeron nada más ni volvieron a hablar del tema, pero a Carmen la idea no dejó de rondarle la cabeza. Hay un vínculo intangible y esencial entre las madres y sus hijos. La mañana siguiente llamó al hospital y el Viernes pidió permiso en el trabajo para llevar a su hija al médico.
   Llegó media hora antes de la consulta. El hospital era un edificio de siete plantas con una ventanilla de recepción en la planta baja. Tras esta ventanilla había una única empleada, una señora mayor que tomaba nota de los pacientes. También había una cola bastante larga, de unos diez o doce individuos. Carmen se puso la última con su hija en brazos. La recepcionista se tomaba su trabajo con una tranquilidad pasmosa. Carmen miraba una y otra vez su reloj, preocupada ante la idea de llegar tarde.
   -Por favor, acuérdese de ser muy puntual. –le había dicho la enfermera que le había dado la cita.
   Al fin, Carmen consiguió ser atendida. Dijo que tenía vez con el doctor X y dio su nombre y el de su hija. La secretaria metió unos datos en un ordenador.
   -¿Pediatría?
   Carmen asintió.
   -¿Qué seguro médico tiene?
   -Adeslas.
   La secretaria siguió metiendo datos en el ordenador y al fin le dijo que debía seguir un pasillo, subir en un ascensor hasta la tercera planta y allí presentarse en otra ventanilla. Carmen obedeció con su niña en brazos.
   En la tercera planta la escena se repitió: una cola muy larga y una única señora que los atendía a todos. Volvió a dar su nombre, a referir su seguro médico y la secretaria le indicó una sala de espera al final del pasillo.
   -¿Es ahí pediatría? –preguntó mi amiga, a la que preocupaban los quince minutos de retraso que llevaba por culpa de la burocracia.
   -Sí.
   Podría haberse ahorrado las tribulaciones porque la consulta estaba atestada. El médico no se había presentado. No era que llevase retraso acumulado, era que no había llegado al hospital. Si hubiesen estado en la Seguridad Social, por lo menos hubiesen podido quejarse y criticar el mal funcionamiento de lo público, pero estaban en un hospital privado, de esos que gestionan los seguros médicos. Miró de reojo a la gente que compartía con ella aquella pequeña habitación. Antes, hace años, las salas de espera de la medicina privada tenían más caché. Ahora que el noventa por ciento de la sanidad privada es gestionada por seguros, el público es similar al de la Seguridad Social, como más feos. Había una señora con los zapatos manchados de barro y un hombre con unas gruesas manos callosas que delataban algún tipo de trabajo manual. Los niños no eran rubios ni iban vestidos de estudiantes tiroleses con pantaloncitos cortos y zapatos de borlas, sino que eran niños normales, con caras vulgares y ropa barata.
   Veinte minutos después que Carmen, cincuenta después de la hora fijada para la cita, apareció el médico. Salió del ascensor, atravesó la sala de espera y se metió en su consulta sin saludar a nadie.
   -Las cinco de la tarde no son las seis menos diez. –dijo el señor de las manos callosas sin dirigirse a nadie en particular.
   No hubo respuesta.
   -Perdone que la moleste –insistió el hombre, esta vez dirigiéndose a una abuela que tenía al lado- ¿A qué hora tiene cita?
   -A las cinco. –repuso la abuela.
   -Es que la formalidad no está de moda. –comentó el hombre. 
   Los niños mayores, cansados de esperar, se habían puesto a gatear por el suelo y a coger revistas y tirarlas. Un pequeño lloraba. La hija de Carmen, más afortunada, se había quedado dormida en los brazos de su madre.
   -Discúlpeme, de verdad. No es por darle la paliza. –le dijo el hombre de las manos callosas a la abuela- Pero es que esto me deprime mucho. Me deprime mucho.
   La abuela pareció conmovida.
   -Cuando me dieron la cita insistieron mucho en que fuera puntual. Me lo dijeron muchas veces.
   Carmen tomó nota y se preguntó si tendrían esa frase grabada, como las de los servicios de atención al cliente de las empresas de telefonía móvil. Se pusieron a hablar y se enteraron de que todos tienen hora a las cinco. El hombre meneó la cabeza como si estuviera muy triste.
   Carmen y su hija fueron las terceras en entrar. El médico estaba escribiendo en el ordenador. No apartó la mirada al entrar sus pacientes ni las saludó. Carmen, que es una mujer educada, se quedó de pie frente a la mesa con su hija en brazos. El pediatra, cuando se dio cuenta, le hizo un gesto imperativo para que se sentase y siguió escribiendo.
   -¿Y bien? –preguntó al fin.
   Carmen contó que estaba allí porque a su hija le tocaba la revisión de las vacunas y le alargó la hoja que yo supongo de color verde, como la de mi perro. El médico la ojeó un segundo.
   -Esto está mal.
   -¿Cómo?
   -Que está mal el calendario de las vacunas. Le falta la vacuna de la … -Carmen no me dice qué vacuna faltaba- Había que habérsela puesto hace seis meses.
   A Carmen, esta leona unida a sus retoños por un vínculo intangible y esencial, se le tensaron los músculos y se le crispó la voz.
   -¿Me está diciendo que a la niña no le han puesto la vacuna?
   -Sí.
   Como ya he dicho, Carmen no especificó qué vacuna le faltaba a su hija. Supongo que habrá sido la de la tosferina, difteria, poliomelitis o algo así, que no sé qué son, pero que suenan muy graves. Me imagino a la pobre niñita llena de abcesos asquerosos y una fiebre terrible por culpa de un error burocrático. Otro hubiese golpeado a aquel hombre hasta la muerte, pero Carmen es una buena madre que antepone los intereses de su hija a una justa venganza.
   -¿Y cómo solucionamos esto? –preguntó.
   -Pues habrá que ponérsela.
   Seis años de carrera universitaria, dos de MIR y no sé cuántos de experiencia hospitalaria para poder dar una respuesta así.
   -Ya. ¿Pero quién y cuándo?
   El médico se encogió de hombros.
   -Tiene que pedir cita.
   Carmen tragó saliva en un ejercicio de contención.
   -¿Pero no es usted nuestro pediatra?
   -Sí.
   -¿Y por qué no se la pone ahora?
   -No es posible.
   -¿Por qué no?
   -Porque tiene que autorizarla el seguro.
   Aquí Carmen se enfadó.
   La institución de la sanidad tiene especialistas en gestionar el descontento de los usuarios y, desde luego, estos no son los médicos. Sin saber muy bien cómo, Carmen se vio acompañada por una enfermera fuera de la consulta. En la sala de espera pudo desahogarse a gusto sin que la enfermera moviese un músculo de la cara y mientras el pediatra atendía a otros dos pacientes en diez minutos.
   -Vaya a la planta baja y explíquele su caso, a ver si allí pueden hacer algo. –dijo al fin la enfermera. 
   A partir de aquí empezó un periplo interminable que lleva a mi amiga a varias ventanillas, ante varias enfermeras que llamaron al seguro y que le dieron cita para dentro de varias semanas. Vio a un par de médicos que le pusieron a la niña las vacunas que le tocaban ese mes, pero no esa que se pasó por un error burocrático, y que pasaron dos veces cada uno la tarjeta del seguro, cosa que ya había hecho el primer pediatra. Cuenta la leyenda que las enfermeras de la Seguridad Social se llevaban bolsas de pañales a su casa. Aquí los médicos cobran varias veces por el mismo servicio, pero lo hacen por medio de tarjetas, que tiene más glamour, cosas de gente elegante, no de marranos de underclasss.
   En este punto Carmen entra en barrena. Necesita desahogarse. No me resisto a señalar el modo en que identifica a su interlocutor –yo- con el gobierno, como si yo fuese responsable de alguna manera de su gestión, cosa que, como todo el mundo sabe, es un disparate porque ni siquiera soy votante del Partido Popular ni lo seré jamás. Me dice:
   
   Hay dos formas de gestionar los sistemas expertos: la privada y la pública. Estamos viviendo una ofensiva en todos los frentes contra todo lo que suene, aunque sólo sea ligeramente, a público. Se repite una y otra vez el mantra neoliberal de que lo privado es más eficiente. Yo tengo un diccionario y sé qué significa eficiente. Eficiente es que funciona, que soluciona problemas de manera óptima. Es decir, que el sistema experto, si es gestionado por actores privados en lugar de públicos, funciona mejor –ellos dicen-. Pero “Sistema experto eficiente” en boca de la derecha neoliberal es sinónimo de sistema experto que funciona de forma óptima sólo para ganar dinero. Única y exclusivamente para eso. Ayudar al paciente, solucionar sus problemas, respetarle, darle un trato humano no entra dentro de lo que se considera eficiente, porque la única prueba que tiene que pasar una institución en el capitalismo global es la de los beneficios. Eficiente, para esta gente, quiere decir eficiente para el que está del otro lado, el que está parapetado tras la pantalla de la burocracia y la funcionalidad, la que tu gobierno, en un ejercicio de manipulación y propaganda digno de Goebbles, niega que exista en el sector privado, porque parece que burocracia e ineptitud es un atributo exclusivo de lo público, cuando hoy he vivido exactamente eso en la medicina privada, esa que, según el presidente de tu gobierno, es la que agiliza las cosas, la que no tiene que cargar con el caos del papeleo, con funcionarios apoltronados que no mueven un dedo…. La sanidad privada es más eficiente… Es la hostia de eficiente pasar cinco veces la tarjeta del seguro -quince euros para el médico- por una consulta de dos minutos y citar a todo el mundo a la misma hora para no tener huecos entre consulta y consulta….
    Y sigue así despotricando durante varios párrafos.
   Al final, desesperada, mi amiga decidió emplear el arma secreta que abre todas las puertas.
   -¿Y si, en lugar de ir a través del seguro, lo pago yo?
   Quince minutos y ochenta euros después Carmen dejó atrás aquella pesadilla kafkiana con su niña y la cartilla de vacunas debidamente cumplimentada.

   Se suponía que yo debía responder al correo de mi amiga, pero lo cierto es que no sabía muy bien cómo. ¿Decirle que los sistemas expertos se basan en la previsión de confianza/riesgo que hacen los usuarios? ¿Decirle que vivimos en un mundo absolutamente demencial que nos obliga a confiar en sistemas que sabemos de antemano que no funcionan? –la sanidad no es el único que fracasa a diario. Basta con ver la Banca-. ¿Decirle que todo eso no es más que la expresión de la necesidad desesperada que tiene el hombre moderno de seguridad, aunque para ello deba realizar un constante ejercicio de autoengaño? ¿Decirle que hay que ver el lado bueno de las cosas y pensar, como Durkheim, que la especialización del trabajo no sólo deviene en sistemas expertos, sino que, al hacernos depender unos de otros, fomenta la cohesión social? ¿Para qué, si todo eso ya lo sabe? Entonces le dije que tenía razón y le pregunté si podía usar su caso para un artículo. Ella dijo sí, pero que esperaba que la dejase bien. Y yo lo hago. Empecé diciendo que Carmen es una niña lista a la que merece la pena escuchar y cierro el artículo repitiéndolo. 

lunes, 23 de junio de 2014

Chuck Palahniuk: El club de la lucha y Asfixia.






    Chuck Palahniuk es, quizá, el mejor exponente de lo que se denominó Generación X. No sé si lo reconocerá como una de sus influencias, pero sus personajes parecen atrapados en la paradoja schpenhueriana de la existencia: la vida oscila entre el dolor que provoca el deseo insatisfecho y el tedio que llega cuando hemos satisfecho ese dolor. Sufro porque no tengo algo -una novia, un puesto de trabajo, o lo que sea- y, cuando lo consigo, al poco paso a considerar la nueva situación como normal y me aburro. Para evitar caer en un tedio indefinido, me busco otra meta que me mantiene insatisfecho mientras no la alcanzo. Y así una y otra vez. La sociedad contemporánea, con todas sus facilidades, nos ha condenado a vidas demasiado cómodas. Tenemos trabajo, casa, no hay desastres naturales que amenacen nuestra plácida vida, y hasta las guerras se libran en países lejanos, de modo que apenas si nos afectan más allá que como espectáculos televisivos. No hay deseos insatisfechos, y, en caso de haberlos, basta con acercarnos a un centro comercial para colmarlos. No encontramos estímulos que nos muevan a la acción, de ahí que la vida del hombre occidental contemporáneo transcurra en una abulia indefinida. Hay una cita que resume esta nueva condición humana. No es de la novela, sino de la película de El Club de la lucha, pero resume perfectamente el universo de Palahniuk:

    «Veo mucho potencial, pero está desperdiciado. Toda una generación trabajando en gasolineras, sirviendo mesas o siendo esclavos oficinistas. La publicidad nos hace desear coches y ropas. Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos, no hemos sufrido una gran guerra ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock. Pero no lo seremos, y poco a poco lo entendemos, lo que hace que estemos muy cabreados».

     He escogido El Club de la Lucha y Asfixia como las dos novelas más representativas de Palahniuk porque en cada una de ellas se concretan las dos respuestas posibles a esta abulia existencial. En El Club de la Lucha el protagonista, en primera instancia, crea un club en el que se citan hombres y mujeres para pelear, para estar cada noche al borde de la muerte y crear así los estímulos suficientes para no sucumbir al tedio. Después, cuando el club ya está consolidado, se convierten en un grupo terrorista cuyo objetivo es acabar con esta sociedad enferma.

Plano de la película de El Club de la Lucha con Brad Pitt haciendo de Tyler Durden.  La película es hasta mejor que la novela.


    Asfixia propone una solución menos radical, pero, en cierta manera, mucho más realista. Un ser humano del siglo X empleaba todas sus energías mentales en los padecimientos provocados por sus penosas condiciones de vida, la guerra, el hambre y dolores y enfermedades controladas hoy en día. A nosotros  la sociedad moderna nos ha condenado a una vida demasiado cómoda. Sin nada de lo que defendernos, nuestros pensamientos se vuelven contra nosotros mismos. Surgen así las adicciones y las hipocondrías -el protagonista de la novela, además de estar obsesionado con la enfermedad, es adicto al sexo-.
     
Plano de Asfixia. No he visto la película, así que no puedo opinar.



    En general, el estilo de Palahniuk es rápido y agresivo. Frases cortas que concuerdan muy bien con ese universo suyo y que, al mismo tiempo, hacen que se lea muy bien. 

    Hasta aquí, todo lo bueno de Palahniuk. Pero también hay que darle algún palo: 

    1. Sus novelas no es que sean especialmente verosímiles. Lo siento, pero a veces todo es tan absurdo que te echa de la lectura.
      2. El Club de la Lucha tiene una acción bastante trepidante, pero Asfixia es como si la acción se hubiese detenido, como si la novela careciese de conflicto y se limitase a contarnos la vida de un tarado.  

    En cualquier caso, aunque sólo sea para saber de qué va la narrativa de la Generación X y como testimonio de una época -lo que fueron los años noventa y el comienzo del siglo XXI-, recomiendo leer a Palahniuk. Desde luego mucho más que a nuestra versión hispana de esta generación, Mañas y Ray Loriga. Lo peor de todo, la novela más famosa de este último, es una nota a pie de página a la Generación X, y eso que es cuatro años anterior a El Club de la Lucha.

   P.D. Todo esto de las vidas demasiado cómodas y el malestar existencial de la sociedad de consumo puede que fuese cierto hace diez o quince años. Habrá que ver qué pasa con la crisis económica y el nuevo mundo que está surgiendo tras ella. 

jueves, 19 de junio de 2014

Historia sobre nada. Tercera parte.



     El otro día, durante una comida, mi mujer le recriminó a un colega que no compartiese nuestros blogs en Facebook.
     -Yo no comparto nada en Facebook. -repuso él muy digno.
     -Ni cuelgas cosas tuyas. -apunté yo.
     -¿Entonces para qué coño quieres Facebook? -inquirió Ana.
     Él sonrió y giró levemente las palmas de las manos hacia arriba, como si la respuesta fuese evidente.
     -Joder, para lo que todo el mundo, para cotillear.
     Esta conversación no hubiese dejado de ser una simple anécdota de una comida más o menos regada con vino, si no fuese porque esa misma semana, hablando durante el recreo con mi jefe de departamento, le comenté extrañado que mis posts más populares eran las Historias sobre nada (1 y 2).
     -Ya. Y, si contases tus intimidades, arrasarías.
     Esto y el Facebook para cotillear de mi amigo me hicieron reflexionar. Hay algo en la naturaleza humana que nos hace sentir una irresistible curiosidad por la vida de nuestros semejantes. El capitalismo, que tiende a convertir cualquier cosa en negocio, desarrolló toda una industria alrededor de esta actividad. Hay montones de revistas que nos informan de la vida de la gente ilustre y, si no tenemos el morro tan fino, hay cadenas televisivas que llenan toda su parrilla con las intimidades de famosillos de medio pelo. Pero esta forma de cotilleo, aunque no es despreciable, no acaba de llenarnos plenamente. A fin de cuentas, lo que mola es rajar de gente que conocemos. El verdadero chismorreo es personal. Hablar de la princesa Letizia o Belén Esteban no deja de ser criticar un poco en abstracto. Hasta hace nada, el
Famosillos de medio pelo
espacio donde se desarrollaba el cotilleo personal eran las porterías y las peluquerías de señoras, donde había sujetos casi profesionalizados en el tema. Pero el tiempo pasó y las porterías fueron sustituidas por telefonillos y la vida en las urbes se despersonalizó hasta el punto de que ya ni siquiera conocemos a nuestra peluquera. Parecía como si una manifestación humana tan importante hubiese sido aplastada por la implacable
Subnormal
rueda de los cambios sociales. Pero entonces vinieron al rescate las nuevas tecnologías. Facebook, blogs y Twitter crearon un espacio virtual en el que convergían nuestra necesidad de enterarnos de la vida de los demás y el narcisismo de una sociedad vuelta hacia sí misma.

     Y así comienza esta Tercera Historia sobre nada, una oportunidad para que me critiquéis y para que yo me exhiba como un pavo real.




     Es Sábado por la mañana. Estoy tumbado en la cama con los ojos abiertos. Es temprano, las nueve o así. Ana duerme plácidamente a mi lado. Observo un rato cómo la sábana sube y baja al ritmo de su respiración. Después me levanto lentamente con mucho cuidado de no hacer ruido. Echo una meada larga, de esas en las que notas que se deshincha la vejiga como un balón. Luego voy al salón. Me tumbo en el sofá y leo durante horas Warlock, la maravillosa novela de Oakley Hall. No pongo la radio, no voy a la cocina y ni siquiera me levanto del sofá. Nada que pueda interrumpir el sereno sueño de mi mujer.
     Cuatro horas después, sobre la una de la tarde, veo a Ana andando despacito por el pasillo. Lleva los ojos entornados para protegerlos de la luz. Adoro esta costumbre de marquesa de no levantarse nunca antes del mediodía y su odio inveterado al empleado municipal que sopla por la mañana las hojas del jardín de abajo, a las campanas de la iglesia de enfrente y a los hijos de los vecinos y sus ruidosos juegos matinales. Entra en el salón y se sienta a mi lado en el sofá.
     -Buenos días. -dice.
     -Hemos quedado con J y U para comer. -digo.
     Ana bosteza y dice sí.
    -Hoy es el cumpleaños de J. -dice Ana.
    -Oh. -digo yo.
    -Habrá que comprarle algo. -dice ella.
    -Oh. -vuelvo a decir yo.
    -¿Se te ocurre algo? -pregunta ella.
    -Según Marcel Mauss los cumpleaños son una supervivencia del tradicional intercambio de dones. El flujo de presentes mantiene la cohesión social...
    -Ya, ya. -me corta Ana, que, recién levantada, no está para que le coloque mi rollo antropológico.
    -En la mayoría de las culturas, se regala algo que el donante poseía y tenía valor para él. Pero aquí eso no estaría bien. No podemos regalarle mi camiseta de Rocky o la tostadora. El capitalismo necesita que consumamos. -me había costado empezar con todos aquellos “oh”, pero ya he cogido carrerilla y no hay quien me pare.
    -Ya, ya. -repite la pobre Ana, abrumada por mi pedantería entusiasta de buena mañana. - Pero ¿se te ocurre algo?
    Yo llevo cuatro horas guardando más silencio que un cartujo. Ahora que tengo alguien que me escucha, estoy lanzado.
    -No sólo está mal visto regalar algo usado. El regalo tampoco puede tener utilidad práctica alguna. No podríamos, por ejemplo, regalarle una caja de leche o un paquete de papel higiénico...
    -Ya... ya...
    -Pero es que la pesadilla de los regalos de cumpleaños no queda ahí. Una figurita de Lladró tampoco vale. Se espera que demostremos con el regalo que conocemos a la persona. Además de inútil, tiene que gustarle...
    -¿Entonces le regalamos un cómic? -resume Ana.
    -Sí.

    Nos duchamos y salimos corriendo camino de la FNAC. En la calle se respira ambientillo futbolero. Hay banderas colgadas de las ventanas y familias enteras paseando con las camisetas blanquiazules del Deportivo. Hoy el Dépor juega un partido trascendental: si gana, subirá a primera división y la ciudad será una fiesta. Por eso hemos quedado con J y U y sus hijos. Pasaremos el día juntos antes de ir al estadio.

Folclore

Casa decorada con familia asomada a la ventana. La señora tiene barriga.

     Damos varias vueltas inútilmente a la planta baja de la FNAC tratando de encontrar los cómics. Al fin, me acerco a una empleada con gafas de pasta y pendiente en la nariz que está agachada colocando libros en una estantería.
    -Perdona. ¿Dónde están los cómics?
    La empleada me fulmina con la mirada.
    -La sección de novela gráfica está al final del pasillo. -dice recalcando mucho las palabras “novela gráfica”, dejando muy claro que soy un paleto que no está al tanto de las últimas tendencias de la subcultura cool. A mí me la suda. Ella es fea y no le digo nada.
    En la sección de “novela gráfica” hay un momento de desazón. Las estanterías están llenas de cientos de tebeos que a Ana y a mí nos parecen exactamente iguales: dibujitos más o menos bien hechos y bocadillos con diálogos.
    -¿Qué hacemos? -pregunta ella.
    Podríamos pedirle consejo a la dependienta cool con las gafas a lo Woody Allen, pero es capaz de recomendarnos una “banda diseñada” sobre una cantante de folk islandés que se ganó la vida tocando por kibbutzs en los años sesenta. Menos mal que, para ocasiones como esta, tengo a mi amigo J, que es como el Señor Lobo de las últimas tendencias. Marco su número en el teléfono móvil y le explico el caso. Diez minutos y veinticinco euros después salimos de la FNAC con un tebeo de boxeo en Israel envuelto en papel de regalo.
    Nos encontramos con J y U y sus hijos en la calle de la Estrella. Hay muchas camisetas del Deportivo y, en general, puede decirse que la ciudad está contenta como en los días de fiesta. Comemos y bebemos cerveza, vino y unos gin-tonics.
    A media tarde, un par de horas antes del partido, tomamos tranquilamente una copa en una terraza delante de casa de J y U mientras los niños juegan a la pelota. Por un extremo de la calle aparece Salomao con un colega. Salomao es un jugador del Deportivo portugués y bajito que está lesionado.
    -Mira, es Salomao. -digo.
    U, como todas las madres, ve la vida a través de los ojos de sus hijos. En lugar de limitarse a asentir y observar con curiosidad a un portugués bajito lesionado, se levanta como si le hubiesen puesto un petardo en el culo. Cualquier oportunidad es buena para convertir una chorrada en un instante inolvidable en la vida de un niño.
    -Niños, niños. Mirad, es Salomao.
   Sus hijos miran al futbolista del Deportivo sin entender. En lo que a ellos respecta, este señor moreno, bajito y un poco feo puede ser Salomao, el Papa u Obama.
    -El jugador del Dépor. -insiste su madre.
R, el mayor, parece relacionar vagamente los datos Deportivo, la camiseta blanquiazul que lleva puesta y jugador y pone cara de curiosidad.
    -Que le firme la camiseta. -se oye una voz por detrás.
    La idea es chachi. Todo el mundo dice “sí, sí, que le firme la camiseta”. U para a Salomao y le dice si puede hacerlo. Salomao acepta y U se pone muy nerviosa. Este momento inolvidable para la vida de sus hijos no va a ser inmortalizado con una simple fotito. Nada más y nada menos que el gran Salomao va a estampar su firma en la camiseta del niño. R, que al principio parecía un poco despistado, se contagia del entusiasmo general, aunque yo creo que sigue sin saber quién es Salomao.
    J entra corriendo en el bar. Salomao y su amigo esperan pacientemente. J vuelve a salir y se dirige a Salomao.
    -No tienen rotulador. Pero puedo subir a casa en un momento. ¿Puedes esperar un minuto?
Diogo Salomao
Salomao sonríe un poco forzado y dice que, si no es mucho, lo hará. J sube corriendo a su casa. Los demás nos quedamos en la terraza, mirándonos sin saber qué decirnos. La situación es un poco incómoda, porque toda una celebridad está haciendo un esfuerzo por nosotros.
    -¿El año que viene dónde vas a jugar? -le pregunto a Salomao por decir algo.
Él sonríe y me contesta que no sabe. No depende de él. La decisión está en manos de Jorge Mendes, su representante.
   -Aquí, aquí. -interviene el amigo.
    Salomao vuelve a sonreír y se encoge de hombros. Luego ya no se nos ocurre nada más y esperamos en silencio, evitando cruzar las miradas. Al fin, cinco minutos después, J aparece con un rotulador indeleble. Salomao firma la camiseta, le damos las gracias y se va. En lo que a mí respecta, esta celebridad portuguesa bajita y un poco fea ha cumplido con las obligaciones de la fama como un campeón.
    R, el hijo mayor, nos enseña todo flipado la firma. Le acaricio el pelo y le digo que mola un montón. Él dice sí y se da un paseo por el bar chuleándose con su camiseta. Camina con los brazos separados del tronco y el culillo hacia atrás, como un gallito de diez años. Me siento un poco emocionado con la felicidad de un niño. Supongo que será el vino.
    Estoy perdido en mis ensoñaciones cuando oigo un griterío que viene del final de la calle.     Salomao y su amigo han tenido la desgracia de cruzarse con una pandilla de veinteañeros, unos auténticos chavs (*). La chavalada, borracha, lo ha reconocido y han hecho piña alrededor de él. Lo agarran y cantan canciones futboleras con voz de subnormal. El bueno de Salomao sonríe con cara de idiota y aguanta el tirón como puede. Alguien lo coge por el hombro y, uno a uno, forman una fila todos abrazados.
    -¡Que vote, que vote, que vote Salomao!
    Salomao da saltitos tímidamente. La chavalada grita enfervorecida. Es increíble lo fácil que es ganarse el favor de la grada. Da igual ser un paquete. Basta con hacerles un poco de caso. Salomao aguanta un poco y luego se disculpa y se va. La afición, agradecidísima por su gesto de humanidad, lo despide con más cánticos hasta que desaparece en la lejanía.
    Nosotros seguimos a lo nuestro hasta la hora de ir al partido.
    Lo que sucede en el estadio es más o menos lo de siempre (Si quieres saber cómo es un partido de fútbol pincha aquí). El partido es una puta mierda, pero cantamos, reímos, nos abrazamos y somos felices. Al final el Deportivo gana por uno a cero y consigue el ascenso. Entonces vienen los festejos en el campo. Todos los jugadores y el cuerpo técnico saltan al césped. En las celebraciones deportivas, como en las bodas, está permitido perder hasta el último rastro de dignidad. Los jugadores se cuelgan bufandas de la cabeza y saltan como si estuviesen bailando. Se tiran a la hierba y hasta hacen un círculo cogidos de la mano y bailan como al corro de la patata. La afición, entregada, reclama al entrenador.
     -¡Corre la banda! ¡Fernando corre la banda! ¡Corre la banda! ¡Fernando corre la banda!
     El entrenador, un anciano de sesenta años, responde dando dos vueltas al campo corriendo como un loco. Los aficionados le tienden la mano, que él choca a medida que va pasando a su lado. Mientras, en el centro del campo, Rudy, un jugador del Dépor negro con rastas, se ha convertido en el rey de la fiesta. Da palmas y salta y le grita a la grada.
    -¿Ese es Rudy? –me pregunta Ana.
    -Creo que sí. –digo yo.
    -¿Pero no lo habían echado por malo a mitad de temporada?
    -Sí.
    -¿Entonces qué hace ahí?
    No tengo ni idea. Supongo que es lo que puede esperarse de alguien a quien apodan Cachipote Rudy.

Fernando Vázquez corriendo por la banda. No está borracho.

    Media hora después salimos del estadio. Las celebraciones se desplazan a la plaza de Cuatro Caminos, donde la ciudad acostumbra a festejar las gestas deportivas. Ana quiere ir. A mí no me apetece mucho, pero sus deseos son órdenes. Cogemos un taxi.
De la celebración en la plaza de Cuatro Caminos no hay mucho que contar. Está atestada de gente y los jugadores dicen cosas con un megáfono a la gente desde una especie de plataforma. Ana y yo damos vueltas y vueltas tratando de acercarnos un poco para ver mejor, pero es imposible. Al final, me dice Ana:
    -Estoy un poco chafada. Fue mucho mejor la última vez que subimos.
    -Ya. Las alegrías que se repiten pierden intensidad.
    Nos vamos a casa y se termina otra Historia sobre nada.

Jugadores en la plataforma.






domingo, 15 de junio de 2014

Karl Polanyi: La gran transformación.






    La Gran Transformación es un ensayo antiguo, de 1944. Han pasado setenta años y aún así explica perfectamente la crisis económica actual y lo que podemos esperar de ella.
     Polanyi comienza su ensayo desmintiendo la tesis neoliberal de que el mercado autorregulado, libre y sin trabas es un fenómeno universal. Según Polanyi, la economía en las sociedades primitivas estaba incrustada en el resto del sistema social, es decir, era una parte subordinada a un todo. Polanyi no habla de él porque es varias décadas posterior, pero para explicar el modo en que la economía se incrusta en el resto del sistema social es muy significativo el estudio de los tsembaga que hizo Roy Rappaport en Cerdos para los antepasados. Los tsembaga viven de la agricultura y de los cerdos. El medio natural tiene una capacidad limitada para mantener a un cierto número de cerdos. Si el número de cerdos sobrepasa esa cantidad, se comen las cosechas, el suelo se degrada y la economía de subsistencia se cae. Al mismo tiempo el número de individuos que puede vivir en ese territorio también es limitado. Por eso, periódicamente, cuando el número de cerdos empieza a ser peligrosamente alto, los tsembaga hacen un ritual religioso -el kaiko- en el que se comen un montón de cerdos -controlan el número de cerdos por medio de un ritual religioso-, se van a la guerra contra sus vecinos -controlan el número de humanos por medio de la política-, y así se mantiene el mecanismo homeostático del medio. La economía -número de cerdos y agricultura-, la política -guerra- y la religión -el ritual del kaiko- están integrados en el sistema.
      Según Polanyi, en el siglo XIX surge la utopía liberal, que consiste en prometernos un
Karl Polanyi
paraíso en el que todos los hombres somos iguales, nadamos en la abundancia y, si trabajas y eres listo, ganas cosas. Como nos explica Max Weber, es una visión total y absolutamente calvinista del hombre y la existencia. Es el calling divino de los protestantes. Dios reconoce a los suyos en la tierra recompensándolos económicamente. Si eres rico, es porque eres virtuoso y Dios te ha reconocido por tu buen hacer. Esta forma de entender la existencia es el sumum del materialismo, ya que se identifica la felicidad y ser elegido por Dios con la posesión de bienes materiales. Si tienes cosas es porque eres bueno y Dios te reconoce; si eres pobre es porque eres malo y Dios pasa de ti. En una pirueta del razonamiento, se identifica la calidad moral con la posesión de bienes materiales. 
     El método para llegar a este paraíso donde los buenos nadan en la abundancia es el laisser faire, el libre mercado. Guiados por esta utopía, los empresarios capitalistas y los gobiernos dejan de intervenir en los mercados para que se autorregulen. De este modo, la economía se convierte en un ente autónomo al margen de la sociedad. Se guía por sus propias normas de la oferta y la demanda y así se fijan los precios. 
      El primer inconveniente que detecta Polanyi en este idílico mundo liberal, es que se acaban confundiendo los fines con los medios. Sólo se aspira al libre mercado. Pero, cuando llegamos a esa total independencia del mercado con respecto de los gobiernos, resulta que no es el paraíso de la abundancia que nos había prometido. Pero eso ya no importa.
      En segundo lugar, no importaría que la economía escapase al control de las personas y los gobiernos si siempre hubiese ganancias. Pero, como hemos comprobado con esta crisis económica que estamos viviendo, eso no siempre es así. Es evidente que los intereses personales, el egoísmo, etc... nos llevan a la especulación y a hacer "economía de casino". Esto tampoco importaría mucho si la economía no nos hiciese falta para comer. Pero resulta que es así. Entonces la economía empieza a controlar absolutamente todo el sistema social. Hacemos política en función de la economía -lo de los gobiernos actuales es increíble-, las relaciones de parentesco dependen de la economía -no nos casamos, divorciamos y tenemos hijos cuando queremos, sino que dependen de nuestra situación económica-, etc... Y así la sociedad empieza a girar alrededor de una para paradoja: vivimos en función de un ente que no podemos controlar. Nos controla lo que antes controlábamos nosotros y que decidimos dejar de hacerlo. Es como el hijo que se come al padre.
        A lo largo de su obra, que es bastante extensa, Polanyi continúa diseccionando las mentiras de la utopía liberal:
        Según los teóricos del movimiento, el libre mercado es el culmen de la evolución humana, ya que es la respuesta a la consecuencia de la división del trabajo. Se divide el trabajo, lo que implica intercambios económicos y así se forma el mercado. Sin embargo, esto es falso. Esa idea de que el continuum es un hombre primitivo solo, autosuficiente, no existió nunca. Siempre hubo división del trabajo y esto llevaba a la redistribución y a la reciprocidad, que son los dos sistemas económicos que se oponen al mercado libre. 
       Las implicaciones sociales sociales del liberalismo económico son demoledoras para la sociedad. Para que el mercado funcione tienen que formar parte de él todo los factores de la producción: tierra, trabajo y dinero. Tierra y trabajo, que fuera del sistema de mercado nunca serían consideradas como mercancía, aquí lo son porque el sistema de mercado siempre busca beneficios. Para ello hay que hacer gastos y eso significa ponerle precio a todo. El trabajo necesario de los humanos tiene un precio al que llamamos salario. El de la tierra es la renta. Renta y salario dependen de la ley de la oferta y la demanda y de los beneficios. De este modo se subsume al hombre y la tierra a las leyes de mercado, se los aniquila. La actividad de los hombres, que es la esencia de la sociedad, se subordina a la economía de mercado. Así, en el sistema liberal las únicas relaciones sociales que se valoran son las basadas en el contrato. Y la producción acaba envuelta en sus círculo demencial de oferta y demanda que nos lleva a cometer acciones tan irracionales como, por ejemplo, tirar toda la producción de cereal para que no caigan los precios, aunque medio mundo se muera de hambre.
        Por si todo esto dicho en 1944 no bastase para explicar la actual crisis económica, Polanyi previó el modo en que los gobiernos actuales tuvieron que salir al rescate de la gran empresa. Porque este sistema de libre mercado también amenaza a la producción. Si todo depende de la ley de la oferta y la demanda, muchas empresas e industrias no aguantan los vaivenes de un sistema totalmente desrregulado. Entonces es cuando los estados tienen que resocializar la economía y gastarse un montón de pasta en rescatar a los bancos y subvencionar la producción industrial de coches, etc...

jueves, 12 de junio de 2014

David Garland: La cultura del control.







        El acaloradísimo debate tras la derogación de la doctrina Parot; el padre de Mariluz, la niña asesinada por un pederasta, paseado por la televisión; la indignación popular ante Miguel Carcaño, el asesino de Marta del Castillo; la durísima ley de seguridad ciudadana de Fernández Díaz; ese mimo ministro que encarcela a un par de personas por verter comentarios de muy mal gusto en Twitter; y otras muchas cosas más, todos fenómenos aislados hasta que leí La cultura del control.
     David Garland divide en dos fases bien diferenciadas la historia del delito en la era actual.
David Garland
La primera de ellas abarca desde el final de la Segunda Guerra mundial hasta la década de los setenta. Es lo que comúnmente se conoce en Estados Unidos como welfare y en Europa como socialdemocracia. La filosofía que había detrás de esta organización social era la propia de la Ilustración. Se considera que el individuo es bueno por naturaleza y que el delito es el resultado de una mala socialización, de una educación desviada o de la marginación. La lucha contra el crimen se concretaba en una serie de prácticas políticas encaminadas a paliar dicha marginación, como ayudas sociales para evitar la aparición de esas condiciones de vida, y en prácticas educativas de resocialización. La cárcel no era el justo castigo de un pérfido delincuente, sino un instrumento para reeducar a víctimas de un sistema injusto -programas de reinserción-.

     A partir de 1970 en el mundo anglosajón triunfa el modelo neoliberal. El hombre ya no es ese ser inocente corrompido por la sociedad, sino un animal egoísta movido por sus propios intereses, las más de las veces espúreos. Se acabó Rousseau; es el tiempo de Hobbes -y hasta de Schopenhauer, diría yo-. 
    Surgen las críticas al modelo penal socialdemócrata, al que se tacha de inoperante -la cárcel no rehabilita, sino que empeora-, de ser carísimo -cuesta mucho sin resultados-, y de totalitario, ya que no respeta al individuo al obligar a todas las personas a ser iguales dentro de la legalidad. 
    En cuanto al castigo, la nueva filosofía neoliberal reduce todo a modelos económicos que aplican a otras esferas del comportamiento humano. Interpretan así el delito a partir de la teoría de la acción racional: el hombre se inclina al delito por naturaleza, luego hay que poner unas penas tan fuertes que hagan que delinquir no merezca la pena en el balance costes/beneficios. 
       Asímismo, el neoliberalismo exalta al individuo por encima de todas las cosas. El delito es
el resultado de una decisión individual. No se cree, como en el modelo socialdemócrata, que las personas son víctimas de sus circunstancias, sino que se sostiene que ser humano siempre es libre para elegir. La responsabilidad del delito se desplaza así de la sociedad al individuo. No habrá piedad ni derechos para esos malvados delincuentes. Se los castiga con penas de muerte, trabajos forzados y a vestir ropa de rayas. Los derechos de los delincuentes desaparecen. Para ello se apela al derecho de las víctimas y de sus familias, a las que no se duda en exhibir por platós de televisión para edificar a los telespectadores con su sufrimiento.

     En cuanto a la prevención del delito, los cambios se orientan más hacia el control que el bienestar social y la educación. El delito no está causado por la privación, sino por un control inadecuado. La única forma de luchar contra él es con políticas de control. Este control se da en varios niveles:

     a) En una filosofía que exalta al individuo, es lógico que la responsabilidad de la seguridad propia recaiga en uno mismo. Ponemos alarmas en nuestras casas y nuestros negocios, los americanos llevan armas, sprays de defensa, vivimos en urbanizaciones con seguridad privada, etc...

      b) Ya que si tenemos la oportunidad, todos delinquiríamos,
lo que hay que hacer es evitar todas esas posibles situaciones: se ponen cámaras, verjas de seguridad, hay guardas por todas partes, etc...


  c) La función de la cárcel, además de castigar a los malvados, sirve para encerrarlos, apartarlos y que dejen de ser un peligro potencial. Cuanto más tiempo estén fuera de la circulación, mejor. Mientras estén en prisión, no tendrán oportunidad de delinquir.





     Paradógicamente, este Estado obsesionado con controlar, reconoce que no es capaz de
Cárcel privada en Chile
atajar el delito. Y así lo asume todo el mundo. La responsabilidad se traspasa a agentes externos como campañas de concienciación, y surgen diversos espacios privados con seguridad privada, como los centros comerciales. Es la privatización de la seguridad, una oportunidad de hacer negocios, actividad en torno a la cual gira toda la filosofía neoliberal. Esta oportunidad de ganar dinero llega incluso a la gestión privada de las cárceles.

       Como se desprende de lo que he explicado aquí, Garland sostiene que el cambio en las
políticas penales y de prevención del delito son consecuencia de un cambio en el modelo socioeconómico, del paso de la socialdemocracia al neoliberalismo. Él dedica un montón de páginas a diseccionar este cambio. Resumirlas aquí sería demasiado tedioso. Me quedo con los aspectos que me parecieron más interesantes:

   1. Durante la socialdemocracia, la política penal estaba en manos de expertos profesionales. Ahora, en el neoliberalismo, son los políticos los que la determinan con sus soflamas populistas de mano dura con los criminales. Se ha degradado el conocimiento científico por el sentido común y esa experiencia que supuestamente tenemos todos.
        2. Hay una continua y sistemática propaganda del miedo para justificar el cambio en las políticas penales. Se le da una cobertura excesiva a los delitos, de modo que el ciudadano medio tenga una permanente sensación de sentirse amenazado. Cualquiera puede ser una víctima. Hay una percepción social de que el delito ha aumentado muchísimo en los últimos años y que el sistema socialdemócrata no ha hecho nada para solucionarlo. Se construye así un público temoroso y resentido. El sistema económico neoliberal hace que las personas vivan con miedo a bajadas de sueldo, a perder su empleo, etc... Esta inseguridad vital y económica se redirige por medio de la propaganda de la que acabamos de hablar hacia inseguridad hacia el delito y así se justifican las políticas represivas. -de esta última idea se hace eco Löic Wacquant en El estado de la inseguridad social-.
         

martes, 10 de junio de 2014

Benjamin Black / John Banville



       Benjamin Black es el psedónimo que utiliza John Banville para escribir novela negra. Se ve que la alta novela no le da el suficiente dinero y tiene que hacer unos bolos comerciales para mantener el ritmo de vida. No lo juzgo por ello. Cada cual se busca la vida como puede y con tal de que no le haga daño a nadie no tengo nada que objetar.
    Hace tiempo que leí por primera vez algo de Banville. Si he de ser sincero, no me entusiasmó, no sé si porque no estaba en el momento adecuado, si porque esa exuberancia verbal me cargó. No descarto volver a leerlo en un futuro. Tal vez sea tan buen escritor como dicen Rodrigo Fresán, Javier Marías y demás popes de la literatura en castellano. Tal vez todas estas críticas y esa batería de premios sólo sean parte un plan de marketing. No sería la primera vez.
   En cualquier caso, el reciente premio príncipe de Asturias me pareció una buena oportunidad para leer algo suyo, pero no lo que hace en calidad de autor de culto -después de leer Warlock (*) hay que esperar un tiempo hasta estar preparado para leer a un grande-, sino la serie de novelas negras que escribió bajo el pseudónimo de Benjamin Black.
       Que yo sepa, la narrativa negra de Banville/Black puede dividirse en tres grupos:
     a) La rubia de los ojos negros, la novela en la que continúa las aventuras de Philip Marlowe con el consentimiento de herederos de Raymond Chandler.
     b) La saga de Quirke.
     c) El lémur, que es una novela independiente.

    En todas estas novelas Banville/Black se mantiene fiel al género negro. Un crimen, personajes misteriosos, un investigador, un drama familiar y todo eso. No busca hacer nada nuevo, no trata de sorprender al lector con un final en el que le da la vuelta a la trama, ni se propone hacer una revisión postmoderna del género para ganarse el aplauso de la crítica. Nada de eso. Simplemente una colección de novelas de negras construidas a partir de los tópicos fijados desde Chandler y Hammett. Y lo hace bien. Desde luego mucho mejor que lo que están haciendo en España Lorenzo Silva o Alicia Giménez -si os interesa una lista de los que se supone que son los diez mejores escritores españoles de novela negra podéis pinchar aquí, aunque ya os aviso de que ninguno es nada del otro mundo-.
    Volviendo a Benjamin Black, es un autor correcto. Creo que cuando hablé de La verdad sobre el caso Harry Quebert, comenté que un amigo siempre me decía que lo que más le carga de los autores de género es que no se limiten a hacer literatura de género, sino que intenten convencernos de lo buen escritores que son dándole vueltas a los tópicos o introduciendo reflexiones filosóficas o existenciales. El problema es que la mayoría de los géneros son lo que son y no dan para más. En una de las novelas de la saga del sargento Bevilacqua, Lorenzo Silva nos lleva al protagonista a Cataluña y aprovecha para hacer una apología del entendimiento entre Madrid y Cataluña y del respeto hacia el catalán. A mí me parece muy bien que le preocupe la intolerancia política, pero hubiese sido mejor expresar sus inquietudes en un artículo de El Semanal de El País que intentar colárnoslas de tapadillo en su novela, porque resultan un pegote. Si quiere hacer una novela sobre la intolerancia política, que haga una novela sobre la intolerancia, no un batiburrillo de detectives y fachas. Pues bien, Black no cae en ese error. Hace lo que hace, sin complejos. Y eso se agradece, porque sus novelas se leen bien, sin estridencias que te echen de la lectura.
     Si tengo que destacar algo de toda su narrativa negra, me quedo con un par de detalles:
    En primer lugar, la crítica ha tendido a calificar La rubia de los ojos negros, la obra que retoma a Philip Marlowe, como superior a las novelas originales de Chandler. A mí esto me parece mucho decir y mucho me temo que se trata más de una estrategia comercial que de una verdad, sobre todo si tenemos en cuenta que uno de los abanderados de esta postura es Rodrigo Fresán, amigo personal de John Banville y una de las personas a las que dedica la novela. La rubia de los ojos negros es una buena novela que sigue la línea de Chandler. Por momentos se nota que el autor es Banville/Black y no Chandler, pero creo que eso se debe más a las inevitables cuestiones de estilo que a otra cosa. Lo interesante de la obra, y lo que realmente la pone en valor, es que es fiel al modelo y cuela como una novela más de Chandler.
     Y en segundo lugar, me gusta mucho que la saga de Quirke esté protagonizada por un señor más o menos normal, un forense que fuma y bebe cerveza y whisky y hace cosas de gente normal. Uno de los tópicos de la novela detectivesca era que el protagonista fuese una persona especial, diferente. Como todos los tópicos, fue extremándose con el paso del tiempo, hasta el punto de que hoy en día nos encontramos con cosas como las de True Detective, que, de tan raros que son, resultan rocambolescos -si te interesa mi opinión sobre True Detective pincha aquí-. Quirke, por el contrario, es un señor normal, lo que permite a Black/Banville desarrollar el drama familiar del protagonista con bastante mayor verosimilitud que, por ejemplo, la serie de la que acabamos de hablar.
     En conclusión, Benjamin Black es un escritor recomendable para los lectores de género, que no verán defraudadas sus expectativas. Si no te gusta la novela negra o esperas que te sorprenda con florituras en la acción o una revisión del género, no pierdas ni un segundo con él.


P.D. La BBC ha hecho una adaptación televisiva de las novelas de Quirke. Por ahora sólo hay tres -la primera temporada-. Aunque la serie está protagonizada por el grandísimo Gabriel Byrne, no es tan buena como cabría esperar.


John Banville o Benjamin Black

domingo, 8 de junio de 2014

Oakley Hall: Warlock





    Warlock tiene absolutamente todos los tópicos del western: 
1) un pueblo en un territorio virgen, donde los hombres luchan por salir adelante en un mundo violento. Un símbolo del nacimiento de una nación.
2) el pistolero famoso, al que persigue su leyenda, que está pasando un crisis existencial. Como no podía ser de otra manera, este pistolero es contratado como comisario.
3) el jugador fullero, cínico, cansado de vivir, al que ya nada motiva en la vida.
4) la mujer de buen corazón, que se enamora del pistolero.
5) la prostituta que ha sido novia del jugador fullero, pero que intuimos que sólo las circunstancias la han condenado a esa vida de perdición.
6) el juez alcohólico, que es la conciencia del pueblo.
7) los mineros, sus problemas con la empresa y la fiebre del oro.
8) el doctor.
9) el consejo de ciudadanos que contrata al comisario. Gente cobarde, que sólo parece moverse por sus intereses mezquinos.
10) un general loco cuya existencia sólo tiene sentido en una lucha eterna y desesperada contra un jefe indio al que persigue conmo Ahab a Moby Dick.
11) una banda de cuatreros/ bandidos que tienen aterrorizado al pueblo.
12) el periodista y el periodismo sensacionalista, que vive de crear falsas leyendas de pistoleros agrandadas y deformadas.
13) hasta Billy el Niño.
    Y lo más increíble de esto es que con este material no Oakley Hall no haya hecho un refrito, un pastiche espantoso que colocarle a los estudios de Hollywood en la época dorada del western. 
    Warlock es lo más cercano que me he leído a la tragedia griega en los últimos años. Sobre todos los personajes sobrevuela el destino trágico, ese duelo final que sabemos que devorará a los héroes. Nada de esas reflexiones angustiadas por no encontrarle el sentido a la vida, de hombres pequeños abrumados por un mundo pequeño del que nos hablan los autores americanos actuales. Una auténtica tragedia griega plagada de héroes enfrentados a un destino reservado sólo para los grandes hombres.
    Ni uno sólo de los personajes son lo que parece. No hay buenos ni malos, bajo esa apariencia de estereotipo, cada personaje es redondo, lleno de matices hasta abrumar al lector con la complejidad de su carácter. 
    Y estos personajes maravillosos se tendrán que enfrentar una y otra vez, casi sin descanso, a situaciones difíciles, donde la elección siempre es entre dos opciones que acarrearán consecuencias negativas para ellos y la gente que les rodea. Decisiones difíciles, ni siquiera con la opción de quedarse con el mal menor, porque no lo hay.
    Cuando uno lee algo realmente grande y quiere transmitir a los demás lo que sintió, no bastan las palabras del crítico literario, cuyo discurso diseccionador sólo sirve para alejarse de la emoción. Como la contemplación de la belleza humana no puede explicarse como un corazón, un hígado y unos huesos, la experiencia de la lectura no puede reducirse a nociones estructuralistas, del New Criticism o de la estilística. Podría hacer aquí un análisis sesudo de Warlock, lleno de referencias académicas, y lo único que conseguiría es que alejarme de la emoción que uno siente al leer esta obra de casi setecientas páginas. Cuando leo algo que realmente me ha gustado y quiero transmitir lo que siento, sólo puedo repetir las escenas, algunas frases o diálogos literalmente. No lo haré aquí porque no quiero estropearos nada de la novela. Leed esta obra de la que Thomas Pynchon dijo "una de nuestras mejores novelas americanas, es el escenario de una compleja red de conflictos morales y personales a los que se ven enfrentados varios pistoleros y hombres fronterizos en una ciudad del lejano oeste, Warlock". Ahora ya sé dónde salieron escritores como Cormac MacCarthy.
    Y lo mejor de todo es que forma parte de una trilogía y aún me quedan dos por leer.

    P.D. Se hizo una adaptación cinematográfica de la novela con Henry Fonda y Anthony Quinn. La película en inglés se llama Warlock, pero en castellano se tradujo como El hombre de las pistolas de oro. Es una buena película, pero ni de lejos llega la complejidad de la novela.