viernes, 30 de mayo de 2014

Vanidades como bolas de nieve. Tercera parte.






   Parece que la primavera ha venido para quedarse. Una golondrina ha hecho su nido en uno de los árboles de la Avenida, mi compañero Javier tiene un ligero cuadro de astenia primaveral y la liga subversiva del instituto continúa con su actividad febril.
    Es Miercóles 14 de Febrero. Durante el recreo voy a la sala de profesores. Hay varios carteles reivindicativos y sobre la mesa hay una caja de cartón llena de camisetas negras con el eslogan en blanco "Por la defensa de la enseñanza pública". Las de talla XL son para caballero, las M entalladitas con un coquetón corte en el escote son para las mujeres. Presidiendo la mesa está Berta, una de las cabecillas del Movimiento. Parece atareadísima con una especie de lista. Yo trato de hacerme el despistado, pero Berta me hace unas señas para que me acerque.
    -Mañana hacemos con los chavales una charla-coloquio sobre el 15M. ¿Te gustaría traer a los alumnos de 4ºB?
    Yo digo que sí, no porque quiera colaborar con ella, sino porque prefiero aparcar a los chavales en el salón de actos e irme a fumar un pitillo que darles clase.
    -Pero recuérdamelo, que soy muy despistado. –digo.
    -Ayayayayay. No sé si voy a poder. Estoy que no doy a basto. -hace un gesto de la mano con el que pretende abarcar las camisetas, las cartas a los padres, los carteles, las pegatinas y las octavillas.
    El Miércoles, como había pronosticado, me olvido. Estoy recogiendo ejercicios y poniendo negativos a todo pasto cuando se abre la puerta.
    -¿Estos chicos no tenían que estar en el salón de actos?
    Es ?, otro de los líderes del Movimiento, el que me saludó por la calle al grito de "Mañana todos de negro".
    Bajamos a todo correr mientras ? repasa el resto de las clases no vaya a ser que algún rezagado se pierda las charlas de reeducación.
    Berta nos está esperando en la puerta del salón de actos.
    -Llegáis tardísimo. -dice ceñuda.
    No me molesto en justificarme. Ya me estoy marchando cuando me topo con el director. Habida cuenta que hemos discutido dos días atrás por unos alumnos a los que dejé salir de clase y que pienso gastar hasta mi último minuto de asuntos propios para pasar tiempo con mi esposa, no me conviene significarme como un holgazán. Suspiro y entro en el salón de actos.
    La charla-coloquio tiene poco de coloquio y mucho de charla, pero de bar. Los ponentes son dos chavales de veinte años que en su momento estuvieron acampados en el punto cero de aquellas reivindicaciones ciudadanas. Se ve que están entusiasmadísimos con su rollo 15M, pero como conferenciantes son una puta mierda. Su discurso, más o menos, viene a decir que les molesta votar a unos políticos que prometen tal o cual cosa y que luego hacen lo que les da la gana. Sin embargo, en lugar de tener en cuenta que hablan para un público de dieciséis años, llenan su arenga de conceptos como "democracia real" u "horizontalidad asamblearia". La consecuencia directa es que los cuatro profesores que estamos allí tenemos que emplearnos a fondo para que eso no se convierta en un gallinero.
    Cuando por fin conseguimos restablecer el orden, me apoyo en una columna. Me duele tener que decirlo, porque en el fondo simpatizo con este movimiento ingenuo, pero estos dos se limitan a repetir de memoria un rollo que se trajeron aprendido de casa y que dudo que entiendan. Pero es que no se cortan un pimiento porque ponen un powerpoint con frases que repiten literalmente. Saco una libreta y tomo algunas notas. Berta, que se ha puesto a mi lado, está mucho más versada en la agitación social que en el arte del disimulo, porque estira tanto el cuello para ver lo que escribo que pierde el equilibrio y tiene que apoyarse en mí para no caer.
    Crisis de representatividad de la democracia liberal. Las elecciones se reducen a rituales de legitimación. Sin embargo, llegados a un punto, el ciudadano percibe la fractura en la relación vertical de poder. Surgen entonces reacciones de horizontalidad política extrema. -escribo al más puro estilo críptico de la Universidad. Si Berta quiere fisgar, por lo menos que tenga que esforzarse.
    Toca el timbre del recreo y los alumnos salen en estampida. Me toca guardia de pasillo. Deambulo ensimismado. En las escaleras me encuentro con Antía, una alumna de segundo de bachillerato.
     -Vaya mierda de conferencia ¿verdad profe?
     Como la mayoría de mis alumnos, me es simpática. Sería una vileza mentirle.
    -Sí.
    -¿Y tú qué opinas?
    Respondo que esos chavales tienen buena intención y que gracias a esos movimientos ciudadanos se ha modificado la ley de desahucios, pero que su concepto de democracia radical los hace inoperativos. Que todos tengan derecho a opinar, no quiere decir que tengamos la obligación de escucharlos. Le cuento que, cuando comenzó el 15M, me acerqué al campamento, y allí me encontré con Davicito, el yonki de mi barrio, perorando ante una nutrida concurrencia.
    -Pues el nivel de estos no era mucho mejor.
    -Sin líderes que canalicen es imposible llegar a nada. Y como eso va en contra de su idea...
   -Ya. Además es como en el episodio de Black Mirror de Waldo. Los beneficiados de los movimientos políticos al margen del sistema son los partidos de derechas porque los que más simpatizan con ellos son los votantes de izquierdas que luego se quedan en casa.
    Bien Antía. Lo entendiste. Pese a los esfuerzos de Berta, todavía no sois tontos del todo.
    Le digo a Antía que es una niña lista y me piro a clase.
    Al final del día paso por la sala de profesores para dejar mis cosas en la taquilla. Sentado en el sillón leyendo El País está Pedro, el facha oficial del instituto.
    -¿Qué tal la charla de Berta? -me pregunta.
    Le contesto que una mierda.
    -Es que estos de izquierdas son unos dictadores.

    No digo nada. Lo que Antía captó tan rápido, creo que Pedro no lo haría. Ahora, mientras escribo esto en el tren de vuelta a casa, rectifico. Las elecciones no son sólo un ritual de legitimación del poder. Las elecciones también sirven para que gente como Berta y Pedro separen a los buenos de los malos.

miércoles, 28 de mayo de 2014

¿Por qué las clases medias se vuelven conservadoras?


 ¿Por qué las clases medias se vuelven conservadoras?




          LA ESCENA COSTUMBRISTA CON LA QUE ME ENCONTRÉ EL OTRO DÍA:

   Es sábado, el día antes de las elecciones europeas, la jornada que se supone de reflexión. Estamos  en la terraza de una cafetería. Haya sillas y mesas y sombrillas de propaganda de cerveza plegadas. Sentados alrededor de una mesa hay dos matrimonios de mediana edad. Visten a la moda, con zapatillas New Balance y pantalones ajustados remangados. Fuman, beben cañas y comen aceitunas. Una de las mujeres lleva gafas del sol. Unos metros más allá tres niños juegan a la pelota. Son sus hijos. Una madre levanta la voz para ordenarles que tengan cuidado con la pelota.
     -Perdona por interrumpirte. -le dice a uno de los hombres- Es que van a acabar rompiendo un cristal.
     El marido de su amiga acepta la disculpa y continúa con su discurso.
     -Yo he tenido que currármelo. Mis padres no son condes ni marqueses. Mi padre era representante y mi madre ama de casa. Pasé mis seis años en la facultad de medicina, mis dos de MIR... si ahora me va bien, es porque me lo curré. Todos tuvimos la oportunidad de estudiar. Si con dieciocho años te ponías a servir copas...
     Su mujer decide apoyar las palabras de su marido:
     -Es que a nosotros nos va bien con el PP. Ángel es autónomo y no hacemos más que pagar impuestos.
     La otra mujer, su mejor amiga, no puede estar más de acuerdo. Su marido, abogado, y ella, empleada de banca, se encuentran en la misma situación. No entiende por qué, si ella paga un seguro médico privado y el colegio de sus niños, tienen que pagar tantos impuestos. Por qué pagar al Estado por algo que no usan. 
     Su marido, menos sutil, reconoce que él tampoco desciende de la pata del Cid y se embarca en una diatriba contra la cultura de la subvención y los funcionarios en general.

    LA PREGUNTA:
     ¿Por qué las clases medias se han vuelto consevadoras?
   
     LA RESPUESTA:
    Hace treinta años, entre las clases medias había la percepción generalizada de que el estado del bienestar beneficiaba a todos. Esos padres con empleo de baja cualificación -representantes, taxistas, camareros...- pudieron mandar a sus hijos a la universidad y tuvieron acceso a la sanidad, cosa impensable sin las políticas redistributivas y las subvenciones del estado del bienestar.
     Además, vieron cómo sus sueldos crecían y tenían por primera vez acceso a una vivienda en propiedad y hasta un mes de vacaciones en un pueblo de la costa levantina.
     Hoy los hijos de estos padres no perciben que el estado del bienestar los beneficie en nada. Gracias a su trabajo de alta cualificación universitaria, tienen dinero para pagarse un seguro de medicina privada y el colegio de sus hijos. Normalmente no harán uso de las prestaciones por desempleo, de modo que consideran el estado del bienestar como un engorro, un lastre de impuestos para que se beneficencien otros.
     Dar así, abiertamente, estos argumentos puede dar la impresión de cierto egoísmo, de poca sensibilidad, sobre todo en los tiempos que corren. De ahí que recurran con cierta frecuencia al discurso de la meritocracia, de que todos tenemos las mismas oportunidades y que las desigualdades sociales son el resultado de las diferencias en el esfuerzo y el talento.

     EL COMENTARIO

     1. El viraje de las clases medias hacia el conservadurismo político es de una hipocresía horrible. Si esos hijos de taxistas, camareros, etc. han ido a la universidad, ha sido gracias a esos impuestos que ahora perciben como un lastre. Y ya lo dice la sabiduría popular: de bien nacidos es ser agradecidos.
     2. El neoliberalismo salvaje no beneficia a los autónomos de clase media como ese médico que vive de los servicios privados. En una sociedad polarizada, sin clases medias, poco serán los que puedan recurrir a los servicios de un médico privado como él. Y lo mismo sucede con los arquitectos que se dedican a reformas y casas pequeñas, con los abogados, etc.
     3. Las  clases medias pueden acceder a un seguro médico privado porque hay una Seguridad Social a la que derivan los tratamientos más caros. Y, si pagan un colegio concertado, es porque los engañan con el transporte, el comedor y las actividades extraescolares, porque los colegios concertados están subvencionados exactamente igual que los públicos.
    4. El discurso moral con el que justifican su comportamiento egoísta es falso. Sería muy engorroso desmenuzar aquí las estadísticas. Os remito, por ejemplo, a Owen Jones (*). Pero, aunque fuese cierto, tendría que haber igualdad de oportunidades para todos, esa igualdad que se pierde cuando se retiran las subvenciones y la enseñanza pública.
     5. Y, como dice mi amigo T, lo peor es que estas nuevas clases medias conservadoras ni siquiera saben que lo son gracias al estado del bienestar.

sábado, 24 de mayo de 2014

Vanidades como bolas de nieve. Segunda parte.

Vanidades como bolas de nieve. Segunda parte.







A diferencia del habitual análisis etnográfico centrado en las normas del grupo o en las estructuras sociales, Max Gluckman había coqueteado con el análisis de «situaciones» relativas a personas individuales. Elaborando algo más ese experimento, Víctor Turner, en Schism & Continuity in an African Society (1957), siguió a un solo individuo a través de una serie de «dramas sociales» en los que se desvelaban las manipulaciones personales y comunitarias de las normas y valores. Al énfasis dado por Gluckman y Leach al proceso cultural y al conflicto, se añadía un nuevo elemento: la toma individual de decisiones observada en situaciones de crisis.
Ted Lewellen, Introducción a la antropología política.

La primavera también provoca alergias. Y alguna que otra humillación.
Estoy en casa. Me he tomado unos días libres para hacer los exámenes de la Universidad. Me siento en el escritorio y enciendo el ordenador. Quiero ver el correo electrónico antes de ponerme a estudiar. Hay uno del Instituto. Lo leo un par de veces porque creo no haber entendido bien. La dirección convoca un claustro extraordinario EL JUEVES POR LA TARDE –un claustro es una reunión de todos los profesores que trabajan en el centro-. Único punto del día: posibles acciones de protesta contra la LOMCE. Frunzo el ceño. Esto tiene el sello inconfundible de Berta y su escuadrón subversivo.  
El jueves a primera tengo clase con segundo de bachillerato. Poco antes de terminar se abre la puerta. Es Francisca, la de biología, con una sonrisa cínica.
-Han recogido firmas para convocar el claustro. Pretendían que no pusiésemos notas, pero Manolo -el director- les ha dicho que si eso iba adelante presentaba la dimisión ahora mismo.
Toca el timbre del recreo. Vamos a la sala de profesores a tomar un café. Berta está acariciando su camiseta negra entalladita por la defensa de la enseñanza pública.
-La verdad es que son monísimas. Varias amigas me han preguntado donde las compramos.
Decido pasar del café. Doy una vuelta por el pasillo, asomándome a las clases por si a algún alumno se le ocurriese hacer una gamberrada.
En clase de cuarto B, hay un mural enorme con la palabra "ilusión" decorada con flores.
-¿Quién es el responsable de esto?
Kevin, uno de los macarrillas del instituto, levanta las manos en señal de inocencia.
-No hemos sido nosotros. Ha sido Venancio, el profe de plástica.
El etnógrafo, en su trabajo de campo, no debe interferir en la vida de la tribu. Pero todo tiene un límite.
Para algo tiene que haber servido pasarme haber leído un montón de ensayos sobre gente con costumbres raras. James Scott en Weapons of the Weak  sostiene que los campesinos pobres, lejos de someterse a la aristocracia terrateniente, se resisten al poder por medio del sabotaje de baja intensidad, la pasividad y el chismorreo. Mi labor de zapa empieza en el segundo recreo. Salgo a fumar con Julia, Marta y Pedro. Comento, como quien no quiere la cosa, que no se puede convocar un claustro con fines políticos.
-Es que las fantásticas son unas gilipollas. –dice Julia.
Marta y Pedro están completamente de acuerdo. Yo me siento un poco defraudado porque había esperado algo de resistencia, tener que emplearme un poco.
Me siento con Javi en la sala de ordenadores.
-Vaya coñazo tener que venir hoy por la tarde.
-Yo no pienso venir ni de coña. A mí ese rollo estalinista no me va.
Yo digo “Ah” y sigo cotilleando, chismorreando y malmetiendo.
 A las siete y cuarto, en el claustro, este pequeño drama social alcanza su clímax. La ordenación de la sala de juntas es similar a la de un teatro griego: en el centro está la mesa de los directivos y a su alrededor, como si fuesen unas gradas en semicírculo, las sillas de los profesores. Me siento con Francisca, la de biología, y con otra Francisca de latín que es una pesada y a la que no hago caso. Hay muchos huecos entre los profesores.
                -¿Qué pasa si no hay quorum? -le pregunto a Francisca, la de biología.
                -Que hemos venido aquí para nada.
                Pasan diez minutos.
                -¿Cantos faltan para que haya quorum? -pregunta alguien.
                Manolo, el director, nos cuenta.
                -Cuatro.
                Pasan cinco minutos más. Chismorreo y pasividad, dos estrategias de resistencia al poder. Sin embargo, hay algo extraño. Por más que busco, no veo ni a Berta ni a ninguno de los integrantes de la cuadrilla subversiva. Me pregunto si, despechadas, nos harán este desplante. Entonces se abre la puerta y Berta y sus cinco pistoleros hacen su aparición como en un western de Sergio di Leone. Entran andando lentamente, con sus camisetas negras ondulando al viento. Sólo falta la banda sonora de Enio Morricone, que os adjunto en un enlace para que ambientéis la lectura(*).
                -Bueno. -dice el director- Entonces podemos empezar. Sólo tengo que recordaros que a las ocho y cuarto hay consejo escolar, así que tenemos que terminar a esa hora.
                -el consejo escolar es otra reunión distinta, con los padres, el personal no docente y sólo algunos profesores-
Carlos pide la palabra. Se ha colocado a la izquierda, cerca de David, uno de los tapados de la cuadrilla que en los últimos días nos ha sorprendido por su tesón y energía. Carlos nos suelta una soflama sobre el peligro inminente que corre la educación pública y la necesidad de una respuesta audaz. Luego habla David,y ? y Marga y Venancio y Alberto. Todos nos sueltan su rollo y el evento tiene un airecillo a lo Convención Nacional francesa en cutre, que es lo que pasa cuando la revolución la capitanea Berta y no Robespierre. De todas las intervenciones me quedo con tres:
1. La de David, el tapado que nos ha sorprendido por su tesón y energía.
                -Es que el momento de actuar sobre la macropolítica desde la micropolítica. -la frase no estaría mal si no se notase tanto que la trae preparada de casa.
2. La de Anxo, un gruñón de gallego, cuya intervención no tiene absolutamente nada que ver con la LOMCE. Aprovecha que el Pisuerga pasa por Valladolid para echarnos la bronca por no haber secundado la huelga general.
3. La de Venancio. Indiscutiblemente el rey de la fiesta. Sabe que es su momento de gloria, que la palabra “Ilusión” decorada con flores, el numerito de los palos de cartón negro con claveles rojos y todas sus actividades revoltosas no tienen sentido sin este momento en que hay alguien que le escucha. De toda su cháchara que dura más de veinte minutos, rescato dos perlas:
Sobre  las evaluaciones externas:
-¿Pero qué es la evaluación? ¿Qué son las notas? El año pasado compartí una experiencia maravillosa con una compañera de Santiago que estaba trabajando en un programa experimental. Lo importante non son las notas, lo importante es que los chicos sean felices.
Y sobre el significado de este claustro:
-Llamadme ingenuo, pero yo pienso que esto ya sirvió de algo. Estamos todos aquí. -inciso. Venancio no sabe contar. Sólo estamos la mitad más uno porque, si no venimos, nos quitan las horas de asuntos propios-. Estamos todos aquí compartiendo nuestras experiencias docentes, nuestra visión de la educación, y esto es muy bonito. -se sienta emocionado.
                Mientras todo esto pasa, la directiva lo observa todo en silencio. El secretario, que se supone que tiene que tomar nota de todo lo que se diga, está respantingado en la silla sin mover un músculo.
                Ya sólo quedan diez minutos para que comience el consejo escolar y de aquí no ha salido ni una sola propuesta de acción concreta. Nada de cantar Grandola, ni de llenar el instituto de palitos negros. Yo, orgulloso y ufano antropólogo de campo, me vanaglorio de reconocer esta estrategia de resistencia pasiva y me siento un tío la mar de listo. Aparece una cabeza por el hueco de la puerta entreabierta. Es un representante de las ANPAS que quiere saber si hemos terminado. Son las ocho y cuarto, la hora fijada para el consejo escolar. Entonces el director toma la palabra y los acontecimientos se precipitan.
                -Bueno, tenemos que ir terminando. Entonces, recapitulando, parece que todos estamos en contra de las reválidas y de la administración externa de los centros. -Hay un murmullo general de aprobación-. Lo que puedo hacer es llevar a la próxima reunión de directores una queja por parte del claustro del Instituto. ¿Quién está en contra de estas medidas? -Todos levantamos la mano-. Entonces queda aprobado. Gracias y hasta mañana.
                Todo el mundo se levanta. Yo, que estaba demasiado distraído admirándome a mí mismo, no entiendo muy bien lo que acaba de pasar. Me acerco al director y le pregunto qué va a hacer exactamente.
                -Protestar por las reválidas e por la administración externa de los centros.
                -¿En nombre del claustro?
                -Sí.
                A mí, personalmente, las reválidas me importan un pito. Ya puestos a protestar, prefiero hacerlo porque se acaben los programas de ayuda compensatoria a los alumnos con dificultades, porque los directores puedan contratar a dedo o porque se combine la circunscripción única, los resultados académicos y la financiación de los centros, que es lo que, en mi opinión, va a acabar con la enseñanza igualitaria.
-Ya, pero eso siempre pasa en las votaciones. -me dice el director.
Me sonríe y se va.
-¿Qué tal? -me pregunta la Francisca de biología.
                -Mañana, cuando reflexione con más calma, te lo digo. Pero creo que Manolo nos acaba de dar una lección de estrategia política.
Y así es. Lo único por lo que se va a protestar es por las reválidas y la administración externa, que es lo que menoscaba la autoridad de Manolo como director. Y a mí, al etnógrafo chulito que lo observa todo desde la distancia cínica del antropólogo de campo, me han dado una lección de humildad que tardaré en olvidar. Embebido en mi vanidad, encantado de admirarme a mí mismo, olvidé una de las lecciones de James Scott: no conviene contemplar desde un punto de vista romántico las estrategias de resistencia de los desfavorecidos, porque rara vez consiguen algo.






jueves, 22 de mayo de 2014

Submundo. Don DeLillo


Submundo. Don DeLillo

                                              

Submundo es una novela desconcertante. Me gustó, claro que me gustó. Pero no sé si estamos ante una obra de arte con mayúsculas o ante un producto de época. En la red podemos encontrar desde los que la denostan sin piedad a fieles incondicionales –entre estos últimos no me resisto a destacar a Harold Bloom, que lo considera uno de los cuatro grandes escritores americanos del S. XX, junto a Pynchon, Roth y McCarthy-. No sé. Será el juicio de la historia el que la sitúe en el lugar que le corresponde. En cualquier caso, creo que merece la pena leerla. Pero, antes de que os lancéis a esta aventura, debo preveniros de un par de cosillas: es un tocho de cuidado –novecientas páginas-; y no es una novela fácil, requiere cierto esfuerzo por parte del lector.

Resumir el argumento de Submundo es bastante complicado, porque la obra entrelaza personajes y tramas. La novela cuenta la vida de Nick Shay, un americano de origen italiano que se dedica a la gestión de residuos y, alrededor de él, aparecen una legión de personajes secundarios, cada uno con su propia historia, no siempre estrechamente relacionada con la del protagonista. Por Submundo circulan un niño negro que se cuela para ver el histórico partido de beísbol entre los NY Giants y LA Dodgers, la mujer de Nick, que mantiene una relación adúltera con un amigo de su marido y experimenta con la heroína, una monja obsesionada con la limpieza, un hermano atormentado por su trabajo en el sector nuclear, un graffitero que pinta un ángel cada vez que muere alguien en el Bronx, una pandilla de jóvenes italoamericanos, una artista de mediano talento y muchos más.
Hasta aquí todo lo que puedo contar del argumento, porque, como digo, es una novela compleja, densa. Precisamente por esta complejidad, se ha acusado a Submundo de ser demasiado dispersa, de no tener un hilo conductor común, de modo que el lector se pierde, como si el autor no tuviese un objetivo claro. Humildemente creo que los que acusan a Submundo de esto es que no han entendido nada. La clave de la novela ya nos la da el título: Submundo.
En primer lugar, Submundo es una metáfora en tres planos:
a) en un plano material: la sociedad de consumo provoca una enorme cantidad de residuos que deben ser gestionados de alguna manera. Compramos, consumimos y desechamos.
b) en un plano humano: el capitalismo provoca excrecencias, millones de personas desorientadas, sin asideros, o, directamente, excluidos del sistema. Residuos humanos de la sociedad de consumo: pobres, atormentados o ambas cosas. Y es en estos estratos de la población en los que bucea DeLillo.
c) los dos planos anteriores se concretan en la figura de Nick Shay, marginado de joven y hombre maduro desorientado en la vida, incapaz de sentir hacia afuera, que se dedica a la gestión de desperdicios, incluso de los nucleares.
En segundo lugar, Submundo nos remite al modo en que las personas corrientes vivimos los acontecimientos de la Historia.
Uno de los grandes temas de Submundo es la noción de conflicto. En un sentido primario, se trata de la guerra fría, que ocupa una buena parte de la novela, pero además del conflicto histórico, están las consecuencias de la guerra fría y cómo afectó a la gente en su manera de sentir y de pensar. La gente tuvo que seguir viviendo a través de aquella crisis histórica. El partido de béisbol que abre la novela es una forma de contrahistoria, en el sentido que le doy al término. La gente de a pie debe vivir a contramano de la Historia, trascendiéndola, protegiéndose de ella.


Entrevista con Don Delillo hecha por Eduardo Lago


en Babelia, el suplemento cultural del diario El País.

Creo que DeLillo lo deja bastante claro: la historia de todos y cada uno de los personajes es el modo en que tuvieron que vivir su vida en el contexto histórico de la guerra fría, el modo en que cada cual luchó contra los acontecimientos de la historia y cómo lo superaron o fueron triturados. En otras palabras: Submundo nos cuenta la manera en que la historia con minúsculas de las personas se enfrenta a la Historia con mayúsculas del mundo.
Además, por si esto no fuese suficiente, prácticamente todos los personajes convergen en el penúltimo capítulo, durante los primeros años de juventud de Nick Shay.
Esto último me lleva a señalar uno de los que considero mejores aciertos de la novela: en ella, DeLillo rompe la línea temporal: salvo el primer y el último capítulo, la novela está contada hacia atrás, desde el presente hacia el pasado. De entrada nos presentan a los actores de hoy, y, poco a poco, vamos descubriendo su pasado, hasta construir una colección de personajes redondos. He leído por ahí que la novela se limita a personajes estereotipados. Nada más lejos de la realidad. Sólo podríamos hablar de estereotipos si nos quedamos con el actor del presente, sin tener en cuenta el pasado que se nos va desvelando poco a poco. Pongamos, por ejemplo, el caso de Nick, el protagonista. En su primer monólogo, en el capítulo dos, se nos ofrece como el típico personaje de la novela americana contemporánea. El sistema neoliberal ha traído consigo una nueva visión del mundo y del hombre cimentada sobre un individualismo radical. Este individualismo tiene una proyección moral, que es el hedonismo por encima de todo. El hombre se vuelve hacia sí mismo, buscando en todo momento la satisfacción de sus propios intereses. Esto se concreta en seres solitarios, incapaces de sentir hacia fuera, como si hubiese una barrera entre ellos y el mundo. Paradógicamente, esta búsqueda desesperada del hedonismo, sólo trae sujetos atormentados, infelices, perdidos, sin referentes a los que asirse. Pero DeLillo no se queda ahí. Poco a poco, nos vamos enterando de que Nick mató a un hombre por accidente, que pasó varios años por el reformatorio, que deforma el abandono temprano del padre hasta convertirlo en un ajuste de cuentas de la mafia, etc. Si DeLillo se quedase en el protagonista perdido en el mundo, sería Richard Ford, pero bucea en los orígenes étnicos y sociales de sus personajes y en las circunstancias que conformaron su identidad.
Para terminar –esto es un blog, no una tesis doctoral- quiero rebatir a aquellos que critican la novela por sus quiebros y requiebros que desconciertan al lector hasta casi perderlo. A mí me pasó lo mismo. Como a cualquiera que lea Submundo. Pero es que es una nebulosa deliberada. En el momento en que tomé conciencia de que no debía buscar puentes que uniesen las diversas historias, sino que debía entregarme a la belleza de cada una, como si fuesen narraciones cerradas en sí mismas, disfruté como un enano. Además, repito que esos requiebros se solucionan en el penúltimo capítulo, cuando convergen los personajes.
Cuestionarse, como hacen muchos, que sea La Gran Novela Americana es una gilipollez. Es una gran novela y punto.

lunes, 19 de mayo de 2014

Sobre Isabel Carrasco, Twitter, la libertad de expresión y algunas cosas más.

Sobre Isabel Carrasco, Twitter, la libertad de expresión y algunas cosas más.





     Los hechos:
     Era Lunes por la tarde. La radio da la noticia: Isabel Carrasco, presidenta de la Diputación de León, ha sido abatida en un medio de la calle. El asaltante le disparó tres veces a quemarropa y una cuarta vez para rematarla, ya con la víctima en el suelo. El/los asaltante/s se dio/dieron a la fuga en un coche, pero gracias a una rápida y eficaz intervención policial ya han sido detenidos.
      Hasta aquí la información que dieron los medios aquella tarde de Mayo. 
      Isabel Carrasco no era, ni mucho menos, un personaje anónimo. Era, entre otras cosas, conocida por los miembros de su propio partido como "la de los trece sueldos", en alusión a las trece nóminas que cobraba. Era Presidenta de la Diputación de León, era Presidenta del Partido Popular de su Comunidad,  diputada y supongo que  consejera en varias de esas Cajas de Ahorros que quebraron por su buena gestión. Y así hasta llegar al número trece. Asimismo, a menudo se relacionaba a Isabel Carrasco con Margaret Tatcher por la dureza de su carácter y la implacabilidad con la que aplicaba sus políticas neoliberales.
      Por aquellos días, el país pasaba por la peor recesión económica en cien años. Una de cuatro personas en disposición de trabajar carecía de empleo. Más de un millón de familias no tenía ningún ingreso. El número de deshaucios había ascendido a 28000 aquel año y el de familias que habían entregado las llaves de su casa al banco por no poder hacer frente a la hipoteca llegaba casi a 50000. Varias asociaciones benéficas se confesaban superadas por el espectacular aumento de la necesidad de ayudas, y la brecha abierta entre las distintas clases sociales amenazaba con ser insuperable. Paralelamente, los Gobiernos, acuciados por la crisis de deuda pública, ponían en práctica duras medidas de supresión de gastos sociales.
      Aunque los medios trataron de ser lo más cautos posibles, este esceanrio se prestaba a la proliferación de la rumorología. En la mente de todos estaba el crimen político.
     -Alguien que, desesperado, se cargó al político de turno. -se oía decir a algunos en los bares.
     -Se veía venir. -respondían otros.
     Era la época de las redes sociales. Millones de Twits, Whatsaps y comentarios de Facebook inundaron la red. La inmensa mayoría fueron respetuosos porque, en el fondo, pocos son los que se alegran de la muerte de alguien. Pero hubo algunos, muy pocos en comparación con los de condolencias, que se congratulaban del asesinato de esta lideresa del partido conservador. Aunque pronto se comunicó que se trataba de una venganza personal y no de un crimen polítco, hubo alguien que animó a continuar con esta acción justiciera y acabar a tiros con toda la clase política, especialmente con los del ala derecha.
     Entonces fue el momento de que Fernandez Diaz, ministro del interior del partido conservador en el poder, anunciase que había dado orden a la policía de investigar los mensajes vertidos en las redes sociales. Dos días después, dos personas eran detenidas. Una de ellas, un joven de diecinueve años, fue acompañado por su madre a la comisaría. Los movimientos políticos no se quedaron ahí. Varios altos cargos políticos y creadores de opinión pública alertaron sobre la necesidad de una ley que controlara las expresiones de Facebook o Twitter que pudiesen "exaltar el terrorismo" o "incitar a al violencia". Incluso la prensa progresista se posicionó a favor de regular la red. Sólo algunas voces vieron en este movimiento un atentado a la libertad de expresión. Increíblemente, Durán i Lleida, un político conservador nacionalista, estaba entre ellos.
     -Lo que se opone a la democracia es la anarquía. -fue la justificación del Ministro.


     Pues bien. Yo sobre todo esto tengo mucho que opinar. Mucho de lo que diré aquí no son ideas originales mías, sino de amigos, cosas que han salido en conversaciones y que recojo. Si no doy la fuente original, es porque sería un engorro de leer.
        En primer lugar, me centraré en las palabras del ministro. "Lo que se opone a la democracia es la anarquía". No. Lo que se opone a la democracia es la tiranía. La anarquía es la falta de orden político. Lo que se opone a la falta de orden político es la existencia del mismo, pero este orden puede ser de muchas formas: despotismo, democracia, tiranía, etc... Dentro de los órdenes políticos, el que se opone a la democracia es la tiranía. La democracia es la forma de gobierno por la cual todos los ciudadanos tienen el derecho a expresarse libremente y a que su opinión sea tenida en cuenta por medio de la votación. En esto se opone a la tiranía, que es definida por la RAE como "Abuso o imposición en grado extraordinario de cualquier poder, fuerza o superioridad.", es decir, un sistema político en el que, entre otras cosas, uno no puede expresarse libremente. De todo esto se deduce que Fernández Díaz ha hecho un uso torticero del lenguaje y que, apropiándose de la palabra, trata de justificar con la democracia prácticas tiránicas. Si somos demócratas, todos tenemos derecho a opinar y expresar lo que nos dé la gana. Incluso aquellos que están en contra de la democracia. A mí personalmente me parecen de muy mal gusto esos comentarios que se alegraban de la muerte de Isabel Carrasco. Me parece feo y hasta de mala persona. Pero no por ello los voy a amordazar. Como demócrata, mi deber está en convencer por medio de la razón, no de la fuerza. Debo afearles su conducta, no prohibirla, por poco que me guste.
       Si contemplamos este hecho en perspectiva, no se trata de algo aislado .Como dije en el artículo en el que hablaba de Loïc Wacquiant (aquí), el sistema neoliberal -esa suerte de ley de la selva económica- convierte a millones de personas en parias, gente sin recursos ni oportunidades. Y, en consecuencia, los brotes de descontento son inevitables. En España ya llevamos unos cuantos: scratches, el 15M, Stop Desahucios, la leña brutal contra la policía en la manifestación de Madrid de hace unas semanas, suicidios, etc... Ante esto, el Estado Neoliberal tiende a blindarse: criminaliza y penaliza cualquier disensión. Como dice Wacquant, el estado social se sustituye por el estado penal: leyes contra acampar en Sol, leyes contra manifestarse, se pidieron penas de cárcel a los que le hicieron el scratch a Dolores de Cospedal, a los catalanes que insultaron a los políticos en la puerta del Parlament les piden unas penas absolutamente desproporcionadas, y ahora a aquellos que dijeron cosas que no les gustaron a nuestros gobernantes en Twitter los amenazan con el trullo. Como nuestro sistema legal todavía no preveía la posibilidad de esta forma de disensión, se proponen hacer una ley que lo haga.
      En un uso absolutamente manipulador del lenguaje, se engloba bajo la etiqueta "antisistema" todos los movimientos de disidencia, de modo que se ponen al mismo nivel la pederastia, el terrorismo, los perroflautas, los punkies y toda aquella gente que acampó en la Plaza de Sol. El argumento del poder pasa por decir que los demócratas sí tienen representación. Sólo tienen que ir a votar y que unos diputados los representarán sus intereses en el Parlamento. Si no crees en este sistema de representación parlamentaria, eres un antisistema. Quizá muchos de los consumidores de los medios de comunicación no se hayan dado cuenta, pero los acampados de Sol no eran terroristas. Ni siquiera pedían pacíficamente un nuevo orden mundial. Sólo querían que el orden que tenemos fuese justo. A su lado, Gandhi era un terrorista del IRA. Y lo vuelvo a repetir una vez más: tal vez no nos gusten los comentarios que incitaban a acabar con políticos, pero esos comentarios no mataron a nadie. Son palabras y, como dice el refrán, del dicho al hecho hay un trecho.



Dos eslóganes del 15M. Como se ve, sólo son cursis, no violentos.





      Podría seguir durante un buen rato disertando sobre la libertad de expresión, pero esto es un blog y nadie lee artículos de más de cuatro párrafos. Pero no me resisto a señalar que Twitter y Facebook como formas de incitación a la violencia sólo son legislados y sus usuarios criminalizados cuando los comentarios atentan contra el poder. Sólo hay que darse una vuelta por cualquier buscador para ver lo que se dice de los abertzales vascos -por ejemplo de Otegui- o los independentistas catalanes. No soy en absoluto simpatizante del nacionalismo, pero me imagino lo que se hubiese dicho en las redes sociales si, por poner un ejemplo, un militante del Partido Popular de Euskadi, harto del acoso del entorno abertzale, hubiese entrado en barrena y le hubiese pegado cuatro tiros a un borroka. Y dudo mucho que el Ministro de Interior hubiese entrado a legislar por "incitación a la violencia".
       
    

jueves, 15 de mayo de 2014

Ocho apellidos vascos

Ocho apellidos vascos




    Todo el mundo habla de ella, la película española que más ha recaudado de la historia, está permanentemente en radio y televisión... Todo esto no es mucho decir, porque en esta nómina también están Airbag, Torrente o El Día de la Bestia, películas que tienen algún chistecillo pero que no dejan la más mínima huella. Esto por no hablar de los bodrios de Garci.
  Ocho apellidos vascos es una película total y absolutamente insustancial.
   Un amigo -cuya presencia en este blog empieza a ser fija- me dijo que daba la impresión de que el Dani Rovira tenía cuatro chistecillos más o menos graciosos y que no sabía cómo engancharlos. Entonces los encajó en la estructura típica de la comedia romántica moderna. Y eso es exactamente Ocho apellidos vascos: la típica comedia de Jennifer Aniston o Hugh Grant salpimentada con cuatro chistes de estereotipos de vascos y andaluces -un recurso, por otra parte, bastante manido. De toda la vida se han hecho chistes sobre vascos, gallegos, catalanes, etc... apelando a los tópicos sobre el carácter de los pueblos-. Si en lugar de Clara Lago y Dani Rovira, estuviesen Jennifer Aniston y cualquier otro galán hollywoodiense, y, si en lugar de Andalucía y el País Vasco, fuesen Montana y Utah, por ejemplo, tendríamos una de esas comedias románticas edulcoradas que echan los Sábados por la tarde en Antena 3. 
La ventana en Bilbao
    Hace un par de semanas, el magazine radiofónico de mayor audiencia se desplazó a Bilbao para festejar el modo en que Ocho apellidos vascos desmonta los tópicos sobre las distintas nacionalidades españolas, todo ello con el tonillo progre que tiene este programa. Esto es el colmo de querer aprovechar un fenómeno comercial para llenar cuatro horas de radio y de autobombo, porque Ocho apellidos vascos no desmonta nada de nada. De experimento artístico-sociológico nada.
    En una de esas revistas que dan con los periódicos los Domingos y que sólo sirven para ojear mientras uno está sentado en la taza del wáter, Clara Lago decía que estaban sorprendidos por el revuelo que estaba provocando la película. No leí la entrevista entera -me llegó con el titular-, pero creo que en esta declaración sale a la luz la verdad de la película: que ellos sólo se proponían hacer una chorradita romántico-cómica, sin más pretensiones -cosa que respeto profundamente- y que el resto fue una estrategia comercial que aprovechó el momento.
    El otro día, comentando la película con mis compañeras de trabajo, una me dijo que Ocho apellidos vascos demostraba que la gente quiere ver cosas de aquí. Esto es una verdad a medias. A los españoles no nos gusta el cine español. Prueba de ello es que la inmensa mayoría de las películas que triunfaron en taquilla -El día de la Bestia, Amenábar, etc...- eran cine americano un poco maquillado con escenarios y actores españoles -con la única excepción de Almodóvar, que tampoco me gusta, pero ese es otro tema-. Supongo que esto es normal, porque, a fin de cuentas, el cine americano es el que estamos acostumbrados a ver, nos resulta fácil porque reconocemos las estructuras que sustentan la narración de modo que no tenemos que hacer esfuerzos de comprensión, y por eso nos gusta. Pero los españoles también somos bastante nacionalistas, así que, si el director nos engaña haciéndonos creer que estamos viendo un producto typical spanish sólo con poner actores españoles y paisajes españoles, estamos encantados y llenamos los cines para fomentar nuestro cine. Pues bien. Esto es fomentar nuestro cine también a medias. Fomentamos nuestras productoas -este uso del posesivo en plural es un poco torticero, porque yo no tengo ninguna participación en esas productoras-, pero de cine español nada de nada. Es cine hecho en España, pero con los moldes americanos. Fomentamos copias de segunda, no un producto característico de aquí. -aunque, si lo pienso, el producto cinematográfico característico de España es la enésima película sobre la Guerra Civil, y no sé qué preferiré-.
    Para más inri, Ocho apellidos vascos no me hizo reír absolutamente nada. No porque los chistes sean malos, sino porque ya los había visto en los millones de cortes publicitarios que copan los medios de comunicación, así que no pude quedarme con el componente cómico de la película, y en lo poco que me pude fijar fue en la parte romántica.
    En conclusión: si se ve como una película sin pretensiones, de esas que uno ve con su novia o pareja con una Fanta y unas palomitas, no tengo nada que objetar. Todo tiene su momento y uno no va a estar todo el día viendo cine expresionista alemán. Cuando llego a casa, después de un día duro de trabajo, no me apetece ver Dies Irae, por decir algo. Prefiero algo ligerito que no me haga pensar. Pero si queremos ver en Ocho apellidos vascos algo más, nos estamos equivocando de parte a parte. Recomendada para los incondicionales de la comedia romántica. Hay perversiones de todo tipo. A mí me gustó la primera temporada de True Blood y sé que es una mierda con todas las letras. Pero para nadie más.

El gag en la manifestación que estamos hartos de ver.

Los amigos andaluces. Para mí lo mejor de la peli.

martes, 13 de mayo de 2014

Gótico Carpintero. Willian Gaddis



Gótico Carpintero. William Gaddis




                Tengo un amigo que está atento a las novedades del mercado editorial. Es una suerte para mí, porque me mantiene informado.
                -Si quieres ser un tío cool, tienes que leer Gótico Carpintero. –me dijo con cierta ironía.
                Estaba en lo cierto, porque anduve buscando por internet y di con facilidad con un montón de blogs que babeaban con la novela. Muchos me remitían a la crítica que había hecho Javier Avilés, que debe ser un blogger que marca la tendencia de lo que hay que leer para estar en la onda (su blog). Siempre me ha llamado la atención esa tendencia de los snobs de hablar de cosas que sólo han leído, visto o escuchado ellos, cuando, si Cervantes, Tolstoi o Dostoievski son autores universales, por encima de las modas y del tiempo, por algo será. Pero este es otro tema. Volviendo a lo de ser cool: si queréis daros tono hablando de William Gaddis tenéis dos opciones: o bien ser un cool de pastel, leer una reseña como esta y hablar de segundas, o bien currároslo, pero currároslo de verdad, porque Gótico Carpintero es una novela difícil –y eso que dicen que es la más sencilla de Gaddis-.
                Gótico Carpintero se desarrolla en una casa cerca del río Hudson de estilo gótico carpintero –es un tipo de casa de madera que imitaba el estilo gótico europeo, com la que sale en la portada del libro-. Esta casa ha sido alquilada por un matrimonio, Paul y Liz. Él es un veterano de guerra caradura que promociona los productos de un reverendo iluminado, y ella una bella mujer pelirroja que se pasa el tiempo llamando por teléfono para tratar de defraudar al seguro –esto lo sé porque lo dice la contraportada, porque yo no lo tengo tan claro-. Liz es hija de un gran hombre de negocios turbios que se ha suicidado. Por esa casa pasa el hermano menor de Liz, otro caradura pseudohippie traumatizado por la relación con su padre, y McCandless, el dueño de la casa, un geógrafo medio tronado y medio escritor que parece obsesionado con el problema político de África. Hay un adulterio y una vuelta a la trama al final que sorprende al lector, todo ello al servicio de reflejar la decadencia de una familia, en una decadente casa, ambos símbolos del resquebrajamiento del sueño americano.          
                Gótico  Carpintero no es una novela fácil por muchas razones. En primer lugar, Gaddis apenas si refiere la acción. La historia tienes que reconstruirla a partir de los diálogos de los personajes. Ante los ojos del lector lo único que se presenta son escenas, diálogos al más puro estilo teatral. A partir de ellos, de lo que dicen los personajes que hicieron y de lo que dicen unos de otros, el lector reconstruye la acción. Esto ya es bastante pesado de por sí. Pero es que además los diálogos no son los diálogos propios de la novela decimonónica, perfectamente redactados en párrafos estructurados y oraciones bien construidas. No. Gaddis busca el realismo y, para ello, la voz de sus personajes son alocuciones breves, llenas de anacolutos, incoherencias, cambios de tema bruscos, vueltas una y otra vez sobre lo mismo, etc… Exactamente igual a las conversaciones en la vida real.
                Si me permitís la pedantería –y tenéis que hacerlo porque estoy hablando de una novela muy cool-, para explicar el tiempo de esta novela voy a echar mano del formalismo ruso y el estructuralismo. Creo que era Todorov uno de los que distinguía entre el tiempo de la historia –lo que tardaría en suceder lo que se cuenta-, y el tiempo del relato –el tiempo que el narrador se toma para contar cada uno de los acontecimientos de esa historia-. A su vez, Gerard Genette, al hablar de la duración del tiempo de la narración, distinguía entre pausa –el tiempo del discurso es mucha más lento que el de la historia, el ritmo se detiene como en las descripciones-, escena –el tiempo del discurso y el de la historia es el mismo, como en el cine o el teatro-, el resumen –el tiempo del discurso es menor al de la historia, el narrador condensa en unos pocos párrafos grandes periodos de tiempo-, y elipsis –el narrador omite cosas-. Gótico Carpintero es una sucesión de escenas. No hay resúmenes que nos indiquen lo que ha pasado entre una escena y otra. Sólo elipsis. Para enterarnos de lo sucedido, tenemos que volver otra vez a lo dicho por los personajes. Y,  muy de vez en cuando, hay largas pausas, con prolijas descripciones muy líricas.
                La novela cuenta con muy pocos personajes. Apenas una decena. Y muchos de ellos ni siquiera aparecen en escena. El reverendo o Edie, la amiga íntima de Liz, nunca coinciden en una escena con el resto de los personajes. Sólo sabemos de ellos lo que nos refieren otros.
                Hay un único espacio: la casa de estilo gótico carpintero. Lo que pasa fuera de ella, como sucedía con la acción y los personajes, hay que deducirlo de las conversaciones.
                Todo esto ya sería suficiente para que la lectura de esta novela fuese difícil, un eufemismo para evitar la verdad: es lenta y farragosa. Pero es que la cosa no queda ahí. Cuando el autor considera oportuno, se salta los signos de puntuación.
                William Gaddis dijo que Gótico Carpintero era un ejercicio de estilo en el que quería condensar tiempo y espacio. Yo no veo en este ejercicio nada nuevo ni asombroso, porque, de lo dicho hasta ahora, con la única excepción de las esporádicas descripciones, se deduce que es una obra de teatro escrita en forma de novela. Gótico Carpintero es exactamente eso: una obra de teatro un poco larga escrita en el molde de la novela. Justo al revés que La Celestina. Tal vez sea un ejercicio de estilo, pero de nuevo nada de nada, porque, que yo sepa, los griegos ya condensaban la historia de unos pocos personajes en un único escenario y un tiempo breve.
                En cualquier caso, no me gustaría que os quedase la impresión de que Gótico Carpintero es una mierda. Ni mucho menos. Es una buena novela. William Gaddis dijo de ella que era un ejercicio de estilo y por eso en esta reseña me he centrado fundamentalmente en aspectos formales. Gótico Carpintero es una buena novela, pero no por este ejercicio de estilo, que hace que la lectura sea farragosa, sino por lo que cuenta, por el contenido. Los personajes son redondos y refleja muy bien la ruptura del sueño americano, el modo en que bajo las apariencias se oculta una oscura realidad. Con ella me sucedió como con Los Hermanos Karamazhov, que, durante la lectura, se me hizo difícil, pero que, cuando pasó el tiempo y la dejé reposar en la memoria, fui encontrando matices, la historia fue creciendo y tuve la certeza de que había leído algo grande. Y este es el verdadero test para la literatura, que con el paso del tiempo tengas la sensación de que era algo grande y no que le faltaba algo. Pero para que os cuenten las maravillas de Gótico Carpintero ya tenéis los blogs de nuevas tendencias. Y es cierto lo que cuentan. Es literatura con mayúsculas. Yo sólo os prevengo: si queréis estar a la última, os lo vais a tener que currar.

viernes, 9 de mayo de 2014

Historia sobre nada. Segunda parte.




Historia sobre nada. Segunda parte.

                En mi primera Historia sobre nada (historia-sobre-nada) me preguntaba a mí mismo qué llevaba a la gente a llevar en las redes sociales una crónica de su vida intrascendente. A contar, por ejemplo, que se habían tomado una cerveza o que su hijo había jugado en el parque. Y me respondía que era una cuestión de pura y simple
Típica foto chorra de Facebook
vanidad. Pero el fenómeno de las redes sociales es mucho más complejo. 
El ser humano es un animal simbólico. Esto quiere decir que está permanentemente emitiendo y descodificando información, no siempre de forma voluntaria. Pongamos, por ejemplo, que entro en el bar y allí, apoyado en la barra, veo a un hombre de mediana edad con una generosa barriga que cae por encima del cinturón. Automáticamente pienso que es uno de esos individuos que han sustituido los placeres de la cama por los de la mesa. Conscientes de este hecho, las personas manipulamos los símbolos para transmitir la idea que queremos que los demás se hagan de nosotros mismos. Si el señor del bar, además de la barriga, se ha engominado el pelo hacia atrás dejando unos coquetones ricitos en la nuca, luce una cazadora Belstaff –de esas que sólo sirven para fardar, porque no abrigan un carallo- y unos Sebago, me está diciendo que es un triunfador de la sociedad neoliberal, esa jungla del todos contra todos en la que se identifica al macho alfa por su habilidad para acumular dinero. Evidentemente, no todo el mundo es un maestro en el arte del manejo de los símbolos. Si el señor de la barriga y la chupa Belstaff cometiese el error de adornar su muñeca con una aparatosa esclava de oro, ya no pensaría que es un triunfador, sino un hortera ostentoso. Facebook, Twitter y, en general, todas las redes sociales son la versión digital de este juego de la comunicación simbólica. Y, si tienen tanto éxito, es porque son susceptibles de una planificación sistemática, es decir, que nos permiten construir nuestra identidad social a nuestro antojo. Colgando cosas que nos gustan nos asociamos a ellas y mandamos el mensaje a los que nos leen de cómo queremos ser. Me imagino el Facebook del hispter de esta foto:
hipster con cara de bobo

                1. La foto de Tate Modern, para que se sepa que son unos tipos con inquietudes culturales. Van a un museo, pero nada del Prado, arte del vetusto stablisment, sino a uno muy moderno y muy molón.
                2. Un enlace a YouTube de un grupo de música de última tendencia. Por supuesto, nada que aparezca ni remotamente en Los Cuarenta Principales. Además de tener inquietudes culturales, tienen un gusto exquisito.
                3.  Algún comentario político de tendencia progresista o una foto de una tienda de tatuajes, algo que demuestre que son open-minded.
                4. Una foto de una botella de vino caro, síntoma de que saben disfrutar de los placeres refinados de la vida.
                5. Alguna referencia a Londres, Nueva York o Berlín para que nos quede claro que son gente cosmopolita, habitantes de la aldea global.
                Y bla… bla… bla… Todo un montón de trampas para que sepáis lo chachis que son.
                Pues yo ahora voy a contar otra historia sobre nada para que os enteréis de que soy un tío chungo.
                El Miércoles por la tarde vuelvo a casa. No hago nada especial. Veo la televisión y bebo vino. El Jueves volvemos a ayudar a L y a M con las obras de su casa. L y M nos están esperando sentados en una terraza en la plaza de Azcárraga tomando un café. Ana y yo llegamos sumisos, humildes. En los últimos tiempos esto de ayudar a los amigos empieza a tener un aire a lo peonada en los invernaderos andaluces. L, el patrón, está respantingado en su silla con un cigarrillo entre los dedos. M, consciente de su labor de capataz, ha elaborado una lista con ochenta y cinco cosas que aún quedan por hacer. Ana y yo, la mano de obra barata, sin sindicar ni seguro médico, esperamos anhelantes su decisión. L termina su cigarrillo tranquilamente.
                -Vamos. –dice.
                Ana y yo obedecemos resignados. Tengo un poco de resaca y no me apetece un carallo trabajar. Es primero de Mayo y no me importaría que apareciese Sánchez Gordillo con su gorro de paja, la barba y una holgada camiseta del Che y montase un buen lío. Pero nada. El Dios de los trabajadores no nos manda un arcángel sindicalista.
                En la casa nos repartimos las tareas: Ana y M se encargarán de quitar el barniz viejo de las puertas y matar la carcoma, yo de lijar las paredes del baño y L, como siempre, de fumar, pasear y hacer bocetos en su libreta. Después de tanto tiempo de trabajo han surgido ciertas tiranteces. De escaqueo he estado cotilleando en sus libretas y sólo he visto dibujitos y cuentas matemáticas. No he reconocido en ninguno de esos dibujos nada que hayamos hecho por la casa y no creo que haga falta hacer complicados cálculos matemáticos para hacer mortero -dos partes de arena por cada una de cemento; hasta yo puedo hacer esas cuentas de memoria-. Sospecho que todo ese numerito forma parte de un rebuscado plan para safarse de currar, pero no digo nada porque no me atrevo. Subo las escaleras hasta el segundo piso.
                -La pared del baño no va a llevar azulejos. Hay que dejarla muy lisa para que fije bien la pintura plástica. Tienes las lijas arriba. –me ha dicho M con su voz de profesional de la construcción.
                Cojo las lijas y entro en el baño. Las lijas son unos papelitos finos y las paredes que hay que lijar son de hormigón. Miro la pared y miro los tristes cartoncitos que tengo en la mano.
Debe haber algún error. Bajo otra vez las escaleras.
                -M, ¿son estás las lijas para la pared del baño? –pregunto humilde.
                -Sí, -repone ella- Hay que darle fuerte.
                Obedezco sin decir ni mu. Paso seis horas tratando de alisar cuatro paredes y un techo de hormigón. El papelillo de la lija se deshace una y otra vez, me lastimo las manos contra el hormigón rasposo, se me levanta la piel de los dedos y me salen unas ampollas sanguinolentas. El aire está lleno de un polvo fino que me molesta muchísimo en los ojos. Pero mi fuerza de trabajo no decae. Me mueve el deseo de venganza. Cuando la casa esté terminada pienso cagar en ese baño y no voy a usar la escobilla para limpiar.
                Por la noche volvemos a casa sucios y cansados.
                El patrón nos da libre el Viernes por la mañana. Se ha quedado sin material. No vamos Ana y yo a comprarlo porque L no se fía de que sepamos interpretar una lista de la compra. Mi mujer y yo aprovechamos para llevar el ordenador a arreglar. A la vuelta conduzco yo. Al llegar a la plaza de Pontevedra hay un atasco que nos tiene quince minutos parados. Me pregunto qué demonios pasará, hasta que, a lo lejos, veo las luces azules de un control policial. Avanzamos un poco y, justo cuando íbamos a dejar el control atrás, se pone el semáforo en rojo. Un antidisturbios se pasea con aire chulesco entre los coches. Al pasar a nuestro lado, da unos golpecitos con los nudillos en la ventanilla. La bajo.
                -Sitúese detrás de la furgoneta. –dice.
                Obedezco. Allí, en la furgoneta que parece una tanqueta, nos espera otro antidisturbios con una ametralladora en las manos.
                -Saque las llaves del contacto. –me ordena.
                Se las doy y él las pone por fuera, en el limpiaparabrisas. Me pregunto si les enseñarán en la academia a poner esa cara de perro o si sólo me odia por ser guapo.
                 -Documentación. –ladra.
                Le doy mi DNI, el de Ana y los papeles del coche. Él se los pasa a un compañero en la furgoneta y vuelve hasta nosotros.
                -Salgan del coche. –dice.
                No nos queda otra que obedecer, aunque los modales de portero de discoteca de este orangután me empiezan a tocar los cojones. Se pone a revolver dentro del coche. No estoy nervioso. Sólo estoy molesto. No es el caso, pero podríamos llevar unas fotos picantonas mías y de Ana en la guantera y no entiendo por qué esté matón tendría derecho a verlas sólo porque le da la gana. Sólo hay que ver la cara de pánfilo que tengo para darse cuenta de que no soy ni un terrorista ni un narcotraficante. Pero no importa. No se trata de detener delincuentes. Todo este rollo del control no es más que un espectáculo para que Ana y yo y todos los ciudadanos que nos observan con curiosidad sintamos la presencia policial. Entonces es cuando decido publicar en este blog la tercera entrega de la Tetralogía de los parias urbanos, en la que Loïc Wacquant explica el modo en que el estado del bienestar ha sido sustituido por el estado penal (Loïc Wacquant). Ya que no puedo mandarlo a la mierda, por lo menos puedo criticarlo por internet.
                -Abra el maletero. –me dice el antidisturbios de la metralleta.
                Lo hago.
                -¿Quiere que lo vacíe? –pregunto.
                -No. Quiero que se quede ahí. –repone él en un alarde de educación y buenas maneras.
                Revuelve en el maletero. Por supuesto no encuentra nada. Entonces es el momento de los interrogatorios. Nos separan a Ana y a mí. El antidisturbios me hace una serie de preguntas idiotas sobre mi vida, como si vivo en Coruña, dónde, a qué me dedico y lo mismo sobre Ana. Contesto todo al punto. Él gruñe y se va hasta donde está Ana. La veo contestar a todo con una sonrisa encantadora. Luego me enteraré de que le está haciendo exactamente las mismas que a mí, sólo con la intención de cogernos en alguna contradicción.
                -Aguarden en el coche. –nos dice al fin.
                Esperamos un buen rato hasta que vuelve con nuestros carnets de identidad y la documentación del coche.
                -Está todo en orden. Pueden irse.
                Es un detalle que sólo nos hayan tenido allí treinta y cinco minutos, delante de varias decenas de viandantes que nos han estado observando, convencidos de que, si éramos objeto de atención policial, era porque somos unos facinerosos. Pero tampoco le vamos a pedir sensibilidad a los cuerpos de seguridad del estado.
              
                 
Control policial bajada de internet. Cualquiera le intentaba sacar una foto al mío. Con la misma me juzgan por la ley antiterrorista.

        Por la tarde volvemos al tajo en casa de L y M. El Sábado vamos a Lugo a ver al Deportivo y allí pasan cosas que no se pueden contar. Fin.