miércoles, 30 de abril de 2014

La verdad sobre el caso Harry Quebert. Jöel Dicker.

La verdad sobre el caso Harry Quebert. Jöel Dicker.



                Hace tiempo que había oído hablar de esta novela. Un par de premios importantes, más de ochocientos mil ejemplares vendidos en Francia y millones de comentarios en la red. Olía a Best Seller a kilómetros. Y para más inri, es una novela negra. Lo tenía todo en su contra. No tenía ni la más mínima intención de perder mi tiempo en leerla. Luego, una amiga –esa que me invita a comer los Miércoles- me dijo que la estaba leyendo y no habló mal de ella. Yo dije “ah” y no volvimos a comentar nada. Hasta la semana pasada. El Miércoles, al marcharme de su casa, además de gorronearle la comida, me llevé cuatro libros: Antología poética de Pessoa, La sala de profesores de Markus Orths, La fórmula preferida del profesor de Yoko Ogawa y La verdad sobre el caso Harry Quebert. Sabe Dios por qué empecé por esta última.
                La verdad sobre el caso Harry Quebert es una colección de todos los tópicos de la novela negra: un pueblo aislado de costa, casi idílico, donde todo aparenta felicidad sana, pero que, si escarbamos un poco como David Lynch en Terciopelo azul, todos sus habitantes tienen algo que esconder; el escritor huraño que vive solo en su casa aislada; el millonario excéntrico; el joven escritor aprendiz que lleva a cabo la investigación con la técnica del despistado; la joven camarera enamorada del escritor; el amor que roza la pederastia, muy cerca de la Lolita de Nabokov; la madre castrante; y otras muchas cosas más que se me habrán pasado por alto. 
                Un amigo me dijo una vez que le cargan los escritores de género, porque siempre están tratando de demostrar que no son sólo escritores de género, sino que quieren convencernos de que saben escribir de verdad. Sin embargo, hay géneros que no dan más de sí. Por mucho que quieras, la fantasía épica no tiene más que un héroe en una aldea aislada, que la abandona para llevar a cabo una serie de aventuras y todo lo que hemos visto en El señor de los anillos. Los dragones y los elfos no sirven para ponerse místico. Y lo mismo sucede con la novela negra. Un crimen, un detective y unos sospechosos. Punto. Reflexionar sobre lo humano y lo divino a partir de esto es casi imposible. Salvo que seas Sciascia, suele quedar un pegote y resulta pretencioso. Aún así, los escritores de novela negra insisten en demostrarnos lo grandes artistas que son. Jöel Dicker no es una excepción. No le bastaba su detective, su crimen y sus sospechosos. En primer lugar, llena la obra de referencias metaliterarias, sobre el proceso de escribir. ¡Cuánto daño hicieron Cortázar y Rayuela! Pero Jöel Dicker no es un crítico ni un teórico de la literatura. Es más, me atrevería a decir que no tiene ni puta idea de estas dos disciplinas. Las conversaciones del viejo escritor reconvertido en profesor universitario Harry Quebert y su discípulo y joven talento Marcus Goldman son de dos pesetas. Los paralelismos entre el boxeo, la vida y el proceso de la escritura son para echarse a reír. En segundo lugar, la novela es un juego de perspectivas continuo. Lo que el lector lee es La verdad sobre el caso Harry Quebert, una novela que escribió el protagonista, Marcus Goldman, para enmendar una novela anterior escrita por él sobre el mismo caso y en la que nos cuenta lo que le sucedió durante la investigación, al tiempo que cede la voz a los personajes para que reconstruyan los hechos del pasado. Con frecuencia, esta reconstrucción no se hace en estilo directo, sino que es el propio Goldman el que recrea lo sucedido. Y, por si no fuese suficiente, el tiempo de la historia se desarrolla en cuatro planos diferentes: 30 de Agosto de 1975, cuando Deborah Cooper llama a la policía para avisar de que ha visto a un hombre persiguiendo a una chica ensangrentada y unas horas después, la anciana es asesinada y la joven desaparece sin dejar rastro; 1998, cuando el protagonista, Marcus Goldman, entra en la universidad y entabla amistad con el famoso novelista Harry Quebert; 2006, cuando Marcus Goldman publica su primera novela y se convierte en un escritor de éxito; y 2008, cuando Marcus Goldman, que no encuentra inspiración para su segunda novela, va en busca de su viejo profesor para que lo ayude y, casualmente, aparece el cadáver de la joven asesinada en 1975 en el jardín. Jöel Dicker no podía ser un buen escritor de novela negra; tenía que demostrar que dominaba la técnica del perspectivismo y el juego entre la realidad y la ficción como Borges o Cervantes.
                Hasta aquí la primera crítica que le había hecho a la novela. A la que habría que añadirle que la resolución del crimen está un poco traída por los pelos, lo que defraudará sin duda a los lectores más ortodoxos del género negro. Pero ayer, después de clase, me quedé hablando con un par de compañeros de un tema que me obsesiona: la pérdida de la inocencia lectora. De niño, y casi diría que hasta los veinte años, yo tenía una facilidad asombrosa para disfrutar de la literatura. Me lo pasé pipa con bodrios horribles de Noah Gordon o Peter Berling. Todo colaba y con todo disfrutaba. Ahora, veinte primaveras después y después de ese mismo periodo de tiempo en la universidad estudiando literatura y unos cuantos años enseñándola en el instituto, me cuesta muchísimo encontrar algo moderno que realmente me guste. Todo me suena a ya contado, enseguida encuentro las referencias o los plagios, las estructuras me rechinan y los comentarios, si no están muy bien traídos, me echan de la lectura. En pocas palabras, dejé de ser un lector para convertirme en un crítico. Y eso es leer mal, porque es el primer paso para aburrirse con la literatura. Hace unas semanas, alguien me habló de un tipo, profesor de arte, que viste todo de negro y lleva jerséis de cuello vuelto, en plan existencialista. De todo opina y a todo le encuentra un pero, hasta a Picasso. No se compromete con nada, como si esa actitud lo pusiese por encima de artistas como Goya o Velázquez. A mí ese tío me parece un gilipollas y no quiero ser así. Además, hoy, antes de escribir esta reseña, me metí en una página web de esas que frecuentan hipsters la mar de modernos. Y la despellejaban. Los comentarios eran de lo más elitistas y, además, injustos.  
                Yo me leí La verdad sobre el caso de Harry Quebert en un fin de semana –y eso que es un tocho de carallo-.
                ¿Que no cuenta nada nuevo? Qué más da. Garcilaso de la Vega también es un refrito de Petrarca y no por eso deja de ser maravilloso. La originalidad es un prejuicio romántico. Y, por si no se habían enterado, esos hipsters que se permitían el lujo de poner podre esta novela porque ya vieron el argumento en Twin Peaks –esta bobada la leí tal cual-, ellos van exactamente igual vestidos todos, lo que tampoco es muy original.
                ¿Las reflexiones metaliterarias son cutres? Sí. Pero, al mismo tiempo, lo que cuenta en el capítulo dos, cuando su editor le dice que la literatura actual es como cualquier otro producto de consumo, que hay que darle al público lo que quiere y que, si no lo haces, vendrá otro y se forrará por ti, es una verdad como la copa de un pino. No importa la calidad, lo que importa es tener un producto nuevo que ofrecer al mercado lector, que devorará y olvidará con la misma rapidez. Esto es una novela, no un tratado de teoría de la literatura.
                ¿El juego de perspectivas es excesivo? Tal vez, pero, como sucede en La verdad sobre el caso Sabolta, sirve para generar intriga, y este es el ingrediente fundamental de una novela policiaca.
                ¿Qué resuelve la trama mal? Me da igual. A mí lo que me gustan son las novelas de personajes y ambientes. En general, la acción me parece intrascendente. Las novelas basadas en una acción trepidante son novelas de consumo, que, como dice el editor de Marcus Goldman, se leen y se olvidan. Lo importante son los personajes y los ambientes. Y los personajes de La verdad sobre el caso Harry Quebert no son planos. Puede que haya alguno que no sea del todo verosímil, pero Jöel Dicker construye personajes con aristas que se van abriendo a medida que avanza la lectura. Y es una novela que, por momentos, recrea unos ambientes y unas vidas poéticamente tristes.
                En conclusión, me lo pasé bien leyéndola. Si me pongo exquisito, puedo encontrarle muchos defectos, pero, si alguien quiere pasarlo bien, que no dude en leer La verdad sobre el caso Harry Quebert, porque seguro que lo hará.  


                P. D. Después de lo que acabo de decir, tengo que revisar mi crítica a True Detective(true detective)

viernes, 25 de abril de 2014

Vanidades como bolas de nieve. Primera parte.



            Ya es primavera. Sale el sol, florecen los almendros, los ríos bajan rebosantes del agua derretida de las cumbres y los adolescentes se entregan a los primeros flirteos amorosos. Todo rezuma este alegre resurgir de la vida.
Es lunes por la tarde, más o menos las 6:30. El director del Instituto ha convocado a los profesores en el salón de actos. Es una reunión ordinaria, de esas en las que el secretario lee lo que se ha dicho en la reunión anterior, el jefe de estudios anticipa el calendario de exámenes de la tercera evaluación y el resto de profesores, sentados en semicírculo frente a ellos, los ignoran disimuladamente. Todo transcurre según el guión previsto hasta las 7:30. El director ha comunicado el presupuesto del Centro para el año siguiente y se dispone a dar por finalizada la reunión.
-Bueno, si no hay nada más… -dice.
Los profesores comienzan a levantarse, pero Berta, una de historia, alza la voz.
-Yo quería hablaros de una experiencia educativa de nuestros compañeros de …
Junto a Berta se levanta Marta, una de francés. Han venido coordinadas. Mientras Marta reparte unas octavillas, Berta cuenta que los profesores de … han decidido que todos los viernes de aquí a fin de curso irán vestidos completamente de negro y que durante el segundo recreo saldrán del Instituto como forma de protesta simbólica contra los ajustes del gobierno en materia educativa. Algunos profesores les hacen caso, otros no, y, mientras todo esto tiene lugar, K habla de fútbol con un vejete de 70 años que lleva dando clase desde el seminario y con Javier, un calvo de biología.
Ese día no pasa nada más.
Lo que resta de semana Berta y Marta están muy activas. Durante los recreos, en los cambios de clase, en los pasillos y en la sala de profesores le cuentan a todo el que quiera escucharlas los graves peligros que corre la educación pública. Es el momento, dicen, de las movilizaciones.
Para sorpresa de K, bastantes profesores se les unen. Poco a poco, casi sin que se dé cuenta, el entusiasmo revolucionario se va adueñando de la sala de profesores. Hay pequeños cenáculos junto a los ordenadores donde imprimen hojas informativas que les mandarán a los padres de los alumnos. Debaten sobre ellas, reflexionan sobre la idoneidad de una frase y se dan la razón unos a otros.  Una tarde, al encontrarse K con un compañero por la calle, este no le dijo “hola”, sino “el viernes todos de negro”.
Por fin, el viernes, durante el segundo recreo, treinta profesores abandonan el Instituto y hacen una cadena humana en la puerta. Hay algunos que hasta se cuelgan cartelitos reivindicativos del cuello. En la fachada del instituto se coloca una pancarta que reza “Educación pública para tod@s” y en la que alguien ha añadido la palabra “Galicia” con letra hecha a mano.
Durante los próximos días Berta y Marta se multiplican. Hablan con los alumnos, tratan de involucrar a la directiva en sus actividades agitadoras y preparan nuevos movimientos. El ambiente es una mezcla entre la revolución rusa y organizar un cumpleaños. La ropa de luto y la cadena humana habrán de repetirse todos los viernes, el zaguán del instituto amanece con varios postes negros a modo de bosque y se encierran en el instituto de nueve a doce de la noche con algunos alumnos. A este respecto sería muy interesante hablar de la actitud de Venancio, el profesor de plástica. Tiene en torno a cuarenta años y es su primer año en el centro. Lleva chaleco y tirantes y el mes pasado llevó a su hija recién nacida y a la madre de esta niña al instituto para que las conociesen sus compañeros y sus alumnos. A última hora, cuando Begoña, una señora de sesenta y cinco años que da clase de lengua, le preguntó si aquella era su mujer, Venancio, un poco molesto contestó:
-Mi compañera.
Begoña, que es vieja, pero es educada, dijo:
-Ah, ah. Lo siento. ¿Y la niña es vuestra hija?
-No es de nuestra propiedad.
Begoña, la pobre vieja pero educada profesora de lengua, se quedó un poco sorprendida porque nunca había pensado lo lejos que podía llegar el lenguaje para configurar una realidad injusta.
Venancio es el responsable del bosque de palos negros que hay en la entrada. Los ha hecho con cartulina y, un tanto insatisfecho con la simplicidad del cartón doblado y pegado con celofán, los ha decorado con unos claveles rojos hechos con papel cebolla. Los claveles son un guiño al país vecino, porque este viernes es el aniversario de la Revolución de los Claveles. Por eso, durante el recreo, Berta, Marta, Venancio y otros muchos profesores más bajarán a la puerta y cantarán todos juntos Grandola, como acto supremo de protesta. A modo de calentamiento previo, Venancio ha repartido un clavel de esos de papel cebolla por alumno.  
En cualquier caso, sería injusto afirmar que todo el claustro de profesores participa tan activamente en la lucha antisistema. Muchos, bien porque carecen de don de gentes, bien porque no quieren enemistarse con sus compañeros, se dejan llevar. Otros como Pedro, reconocido votante del Partido Popular, se mofa abiertamente, y Begoña, la señora vieja pero educada de lengua que le guarda cierto rencor a Venancio por su intransigencia lingüística, dice que son unos pesados y que no hay quien entre por la puerta con tanto palito de cartón.
Y así acaba esta historia -por ahora -. No he hecho ningún comentario despectivo sobre mis compañeras e incluso cuando he hablado de mí me he referido a una K en tercera persona que hablaba de fútbol mientras se fraguaba esta conspiración jacobina. Ha sido un ejercicio sano de contención, y creo que ya puedo volver a ser yo, y no una K en tercera persona que lo contempla todo desde la comodidad de la distancia.
Vuelvo a casa dando un paseo. Los árboles de la avenida ya están floreciendo. Dos de mis alumnos de cuarto se besan sentados en un banco. Al pasar junto a ellos, me sonríen y me saludan agitando las manos. Respondo y sigo mi camino disfrutando del sol primaveral que me calienta la cara. Me pregunto qué harán mis compañeros mañana. ¿Un recital de poesía comprometida? ¿una canción de Quilapayún tal vez? Fue un invierno largo, pero la primavera ya ha llegado, incluso al claustro de profesores del Instituto.


p.d. Temo que interpretéis este pequeño retazo de realidad como un desprecio hacia la izquierda política. Como a mis compañeros, me preocupa el futuro de la educación, y los seis millones doscientos mil parados, y la precarización de las condiciones de trabajo y un larguísimo etcétera. Pero dudo mucho que los directivos de las grandes corporaciones trasnacionales cambien de actitud al ver a mis compañeros pasear de la mano vestidos de negro o cantar Grandola con un clavel de papel cebolla prendido de la solapa. Lo veo difícil, y lo que más me sorprende es lo en serio que se toman a sí mismos y su propia actividad, cuando hasta los discursos contestatarios de ciertos intelectuales como Bauman, Sennett o Ritzer –ellos Wyoming- se han convertido en un producto que venderle a los sectores de población descontentos con el sistema.

jueves, 24 de abril de 2014

Tetralogía de los parias contemporáneos: Zygmunt Bauman

Tetralogía de los parias contemporáneos II: Zygmunt Bauman.





    Zygmunt Bauman tiene una idea: la modernidad líquida. Y escribe tropecientos ensayos sobre lo mismo. Resulta curioso que uno de los bastiones intelectuales contra el capitalismo de mercado saque cada año un ensayo en el que repite una y otra vez lo que ya contó hace veinte años. Eso sí, con un título distinto, letra gorda, bien espaciada, para llegar a las doscientas páginas y poder colocarlo todas las Navidades en las estanterías de la FNAC. Esto no quita que tenga una visión muy lúcida de nuestra realidad contemporánea. Lo que critico es que nos venda lo mismo con distintos envoltorios para mantenerse en la pomada mediática y, de paso, forrarse.
     En lo que a esta tetralogía respecta, Bauman explica por qué surgen sectores de población como los chavs de los que hablaba Owen Jones y el modo en que estos son percibidos por el resto de la sociedad (owen jones. Chavs). Según Bauman, el capitalismo del siglo XIX se basaba en la producción. En las fábricas se producían cosas que luego se vendían. Y para ello hacía falta mano de obra que, como siempre, eran los pobres. El problema con el que se encuentra el capitalismo decimonónico es que hay que convencer a los pobres de que vayan a trabajar a las fábricas en unas condiciones infrahumanas. Surge así la ética del trabajo, que se acaba convirtiendo en la moral de la clase trabajadora. Trabajar es bueno, te convierte en una persona virtuosa. Es un rollo un poco calvinista, como lo que explicaba Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, aunque Bauman no antepone la ideología a la construcción de un nuevo sistema, sino más bien al contrario. El capitalismo necesita una justificación ética que lleve a las masas obreras a trabajar en las fábricas y, para ello, aparece la moral del trabajo.
     Como dije, la sociedad decimonónica se basaba en la producción. Si un individuo no trabaja, no produce, es decir, no contribuye en nada al mantenimiento del sistema, de ahí que se le estigmatice como paria, vago, parásito social.
     Pero esto cambia. En EEUU surge una nueva ética del trabajo. El trabajo ya no dignifica por sí mismo, sino que pasa a considerarse un modo de medro social. Los trabajadores pueden intercambiar su fuerza de trabajo por salarios. Estos salarios, a su vez, sirven para comprar cosas que te hagan feliz y subir de estatus. Es una nueva moral individualista y materialista del trabajo. Trabajar en bueno sólo en el sentido de que sea bien remunerado. Ya no se valora el trabajo, sino sus frutos, el salario.
      Paralelamente, la sociedad basada en la producción va convirtiéndose en una sociedad basada en el consumo. La revolución tecnológica hace que ya no se necesiten grandes masas de trabajadores en fábricas. Se sustituye la mano de obra humana por máquinas. Hace nada pusieron en la Sexta un documental sobre cruasáns. El documental, como todos los de la Sexta, era de un sensacionalismo insoportable, pero me llamó la atención un dato: en la fábrica de cruasáns más grande de Europa, que inunda de bollitos los mercados de España y media Francia, sólo trabajan siete personas. El resto lo hacen unas máquinas muy bien programadas que cuestan mucho menos y no se sindican. Y a esto hay que sumarle la deslocalización que permite la globalización. Las empresas, si les interesa, pueden llevarse las fábricas a cualquier país del tercer mundo donde la legislación laboral permite tener empleados en régimen de semiesclavitud y las leyes 
 mediambientales te permiten acabar con el último oso panda si con ello ganas un euro más. 
     El problema del capitalismo del siglo XXI ya no es la producción. Puede producirse a lo bestia y con un bajo coste, como demuestra el ejemplo de la fábrica de cruasáns. El problema ahora es vender ese producto. El mercado está saturado. Ahora los que contribuyen al mantenimiento del sistema ya no son los trabajadores, sino los que compran los productos que salen de las fábricas. Esto, lógicamente, tiene que estar sustentado por una nueva moral, no ya del trabajo, sino del consumo. Es la manida frase del "tanto tienes, tanto vales". Se identifica la calidad moral de la persona con la capacidad que tenga para consumir, es decir, por el dinero que tenga. Dicho con otras palabras, eres guay si tienes pasta; si eres un tirado, eres un pringao. Nuestra sociedad eleva al altar de héroes mundiales a personajes cuyo único mérito en la vida es acumular una gran cantidad de dinero y que tampoco tienen una actividad muy definida, como los Beckham, Paris Hilton o Kim Kardashian. Los chavs y, en general los pobres, son considerados parias porque no contribuyen en nada al nuevo sistema de consumo. No tienen pasta - no consumen - no sirven para nada - son unos parásitos, es el nuevo razonamiento.
     Quizá una de las aportaciones más interesantes de Bauman es interpretación psicológica del consumo. Parte de una concepción un poco schopenhaueriana de la naturaleza humana. La vida oscila entre el dolor que provoca el deseo insatisfecho y el tedio que llega cuando hemos satisfecho ese dolor. Sufro porque no tengo algo -una novia, un puesto de trabajo, o lo que sea- y, cuando lo consigo, al poco tiempo paso a considerar la nueva situación como normal y me aburro. Para evitar caer en un tedio indefinido, me busco otra meta que me mantiene insatisfecho mientras no la alcanzo. Y así desde que nacemos hasta que nos morimos. Según Bauman, el consumismo ha superado este círculo vicioso. Por medio de la publicidad nos provoca el deseo insatisfecho de poseer ciertas cosas. Pero satisfaccerlas es increíblemente fácil. Basta con ir al centro comercial y pasar la tarde. La expectativa de satisfaccer ese deseo insatisfecho ya basta para hacernos felices. Es como si insatisfacción y deseo se juntasen en una nueva experiencia agradable. Por eso, cuando nos deprimimos, vamos de compras. Comprar es el mejor antidepresivo del siglo XXI, mucho mejor que el Prozac. Pero esta nueva forma de felicidad sólo la tienen los ricos, que son los que pueden consumir. Los pobres sin posibilidad de consumir, los nuevos parias del siglo XXI, se mantienen en una insatisfacción, en una infelicidad perpetua. Y por eso creo yo que los chavs, cuando salieron a saquear Inglaterra, robaron iphones y zapatillas molonas, todos objetos de consumo.

     P.D. De Bauman, en castellano, hay decenas de obras publicadas. Todas son más o menos iguales. Si os interesa, yo os recomiendo La sociedad sitiada, que es fácil de leer y explica todo esto que acabo de contar.

miércoles, 23 de abril de 2014

John Mortimer: Trilogía de Titmuss

John Mortimer: Trilogía de Titmuss

John Mortimer

      El mundo de la literatura, como todo lo demás, es víctima de la sociedad de consumo. Hay que comprar y vender y para ello es necesario estar sacando continuamente cosas nuevas. Por desgracia, el mercado editorial se parece más al mundo de la moda y la costura que a lo que debería ser. Estadísticamente, es imposible que surjan tantos autores de calidad al año, de modo que el noventa por ciento de las novedades que encontramos en las estanterías de las librerías es absolutamente prescindible. Best sellers, literatura de consumo, autores que se les consagra con una primera obra que tan sólo promete y poco más. Afortunadamente, de vez en cuando, hay algunas editoriales que, en vez de entregarse a esta vorágine desesperada de búsqueda de la novedad, recuperan viejos autores cuyo único pecado era no habar escrito la última novela totalmente nueva y rompedora en el último año, y, en consecuencia, habían caído en el olvido. Con frecuencia, estos autores injustamente olvidados por culpa de la exaltación de la novedad de la sociedad de consumo, tienen más calidad en una sola de sus líneas que todo el mercado editorial actual junto. Tal es el caso de John Mortimer, recuperado ahora por Libros del Asteroide.
         ¿John Mortimer era el mejor escritor del mundo? No, pero era un escritor más que correcto.
         En España, por ahora, sólo podemos conseguir las dos primeras entregas de la Trilogía de Titmuss, Un paraíso inalcanzable y El regreso de Titmuss. Espero ansioso la aparción de la tercera y, quién sabe, tal vez algo de la saga de Rumpole.
          Un paraíso inalcazable es una novela coral ambientada en el apacible pueblo inglés de Rapstone Fanner. El párroco del pueblo, el reverendo izquieridista Simcox ha muerto. Para sorpresa de todos, el reverendo deja toda su fortuna en herencia al ambicioso político tory Leslie Titmuss. Y así empieza una narración que se abre a la vida de la coleeción de personajes que pueblan Rapstone Fanner. La segunda parte de la trilogía, El regreso de Titmuss, se centra en el personaje de Titmuss, su nueva esposa y Fred, el hijo menor del reverendo Simcox. 
             Ninguna de las dos novelas tiene ese aire pretencioso que tanto nos encontramos en la literatura actual. John Mortimer es un escritor inglés de los pies a la cabeza. No hace nada nuevo. Por momentos uno recuerda la fina ironía de Thomas Hardy e incluso del gran Thackeray. Dos historias menores de vidas casi cotidianas, pero perfectamente contadas. Una visión irónica, casi cómica, que deforma lo justo los personajes y su mundo para que reconozcamos los vicios de la sociedad inglesa, desde el tatcherismo a los neolaboristas de Tony Blair. Y, al mismo tiempo, una historia que trasciende lo local y en la que el lector reconocerá sus propios vicios y virtudes. 
             Como todas las grandes novelas, no necesita recurrir a un cliff hunger en el primer capítulo para tenernos enganchados hasta el final. La novela se desarrolla apaciblemente, tan apacible como la vida del pequeño pueblo de Rapstone Fanner y su fábrica de cerveza. La tensión, que llega, lo hace hacia el final de las obras y se resuelve elegantemente. No le hacen falta crímenes truculentos ni conspiraciones mundiales. Son las propias pasiones de los personajes las que nos envuelven. Kayser decía que hay tres tipos de novela: las de ambiente, las de acción y las de personaje. Un paraíso inalcanzable y El regreso de Titmuss son novelas de ambiente y de personajes. Y esas son las que me gustan de verdad, las que no supeditan la historia a la ansiedad de saber cómo demonios acaba eso.
               Repito una vez más que John Mortimer no es el mejor escritor del mundo, pero merece la pena de verdad leerlo. Titmuss, el ambicioso, tal vez no sea Julian Sorel, pero es un retrato perfecto del ansia de medro y del resquemor social.
          

martes, 22 de abril de 2014

Paul Auster



Paul Auster




                Hace una semana recibí una llamada de un buen amigo. Él, su mujer y yo tenemos un proyecto entre manos de itinerarios lectores para nuestros alumnos de instituto. Acababa de releer Brooklyn Follies para este proyecto. Estaba indignado.
                -Quiero un post sobre Paul Auster en tu blog ya. –dijo.
              Teniendo en cuenta que es mi amigo, que él y su mujer se portan muy bien conmigo, que me invitan a comer todos los  Miércoles y un montón de razones más, no puedo negarme. Ahí va.
               
                P: ¿R, te gusta Paul Auster?
                R: No me vuelve loco.
                P: ¿Crees que la gente debería leerlo?
                R: Sí, aunque sólo sea para saber un poco por dónde van los tiros de la literatura contemporánea.
                P: Pero si es un autor de los años ochenta…
                R: El mundo no cambia tan rápidamente. Eso de escribir algo completamente nuevo es pura propaganda de la sociedad de consumo.
                P: ¿Me gustará?
                R: Normalmente sí.
                P: ¿Y a ti no?
                R: Ya he dicho que no me vuelve loco.
                P: ¿Pero me lo recomiendas?
                R: Sí. Creo que a todo el mundo al que se lo he recomendado le ha gustado.
                P: ¿Por qué?
                R: Es una respuesta larga.
               P: Pues esto es un blog. No puedes contar nada que lleve leerlo más de dos minutos. Internet es el mundo del instante.
                R: Está bien. Voy a intentarlo.
                Paul Auster conoce muy bien el oficio de escritor. Y al público.
              En cuanto a lo primero, tengo que decir que sus libros están muy bien escritos. No hay demasiadas estridencias y, aunque a veces corta un poco la narración, se leen muy bien. Es una prosa sencilla y rápida que gustará a cualquiera. En el aspecto lúdico, de puro entretenimiento, Auster no falla. En general, son buenas historias. Es muy entretenido y eso siempre es de agradecer.
                En cuanto a lo segundo, Paul Auster escribe para el público medio, el sector de la población a los que les gusta leer, que sienten que en la literatura hay algo más que simple diversión y que saben que ese “más” no lo van a encontrar en la literatura de consumo de masas –El código da Vinci, Las sombras de Grey, La catedral del Mar, El tiempo entre costuras y cosas por el estilo-. Pero, al mismo tiempo, ese público no está para meterse entre pecho y espalda autores difíciles como Proust o Faulkner. Y ahí entra Paul Auster. Lo lees, te gusta y sientes que has disfrutado con una actividad de alta cultura. Eso está muy bien, porque te sientes la mar de culto, y no ha hecho falta abrirte en canal como requiere la literatura con mayúsculas, desde Homero a Cormac McCarthy.
                Paul Auster escribe de y para el hombre contemporáneo. Gracias a la revolución tecnológica hemos cubierto nuestras necesidades vitales básicas. En Occidente ya nadie se muere de hambre y casi todos tenemos un techo bajo el que cobijarnos –aunque eso ya lo solucionarán los dirigentes ultraneoliberales que tenemos, pero eso es otro tema-. Asegurada la supervivencia, ahora toca el siguiente paso: darle sentido a la vida. Desgraciadamente la ciencia no ha dado solución a eso y así se ha convertido el hombre moderno en un ser perdido en el mundo, en busca continua de algo que no sabemos qué es. El final de El Palacio de la luna, con el protagonista que llega a la playa y mira la luna es una metáfora que encarna perfectamente el mundo austeriano.
                -Profe, es una mierda de libro porque no acaba. –me decían mis alumnos.
            -No. Sois unos burros porque no lo entendéis. –les respondía yo- El protagonista lleva toda la novela buscando algo que le dé sentido a su vida. No lo encuentra y no lo encontrará jamás. Pero no se rinde, porque está en la naturaleza humana buscarlo sin descanso, por eso acaba la novela mirando la luna, esa metáfora de los soñadores. La novela termina diciéndote que esa gente sensible nunca satisface sus inquietudes, pero no por eso dejará de intentarlo, porque la propia insatisfacción es lo que les mueve a la acción continua.
              -Ah. –decían ellos, que seguían sin entender nada.
              Al mismo tiempo, en un mundo en el que se exalta el individualismo, lo raro se considera una virtud. En casi toda la literatura contemporánea que intente serlo, tiene que haber personajes extraños, distintos. Hasta el cine y las series de televisión están llenos de estos personajes, que molan porque son un producto de época. Woody Allen, True Detective, Big Bang Theory y un larguísimo etcétera. Todo lleno de gente extraña. Y Paul Auster no es menos. Incluso diría más: es uno de los primeros en hacerlo, porque no olvidemos que Auster escribe, sobre todo, en los años ochenta.
                El hombre medieval empleaba todas sus fuerzas psíquicas en pensar qué comería al día siguiente, cómo sobreviviría a las enfermedades que lo acosaban o se desvelaba rezando para que una mala cosecha o una epidemia de peste diezmase la población. Eso, afortunadamente, se ha superado. Pero nuestra enorme energía psíquica no desaparece. Hay que redirigirla hacia alguna parte. Y así surgen las obsesiones, las neuras, las hipocondrías y demás enfermedades mentales modernas que no son más que una total y absoluta falta de estímulos externos. Nuestra mente funciona como una alergia. Sin agentes externos contra los que defendernos –pestes, guerra, hambre… -, se ataca a sí misma. La enfermedad, la hipocondría y, en general, las enfermedades mentales son un tema central de nuestra literatura moderna. También en Paul Auster, que una y otra vez bucea en la caída en la locura. El protagonista de El palacio de la luna viviendo en Central Park como un mendigo o el de La Trilogía de Nueva York viviendo en un cubo de basura presa de su propia obsesión son ejemplos claros de ello. Lo bueno de Paul Auster y que lo pone por encima de otros autores contemporáneos, como por ejemplo Beiggbedder, que se limitan a poner de protagonista a un pirado y ya está, es que Auster refleja el modo en que la pérdida de referentes estables de la realidad es lo que nos arrastra a la locura, es decir, que explica los caminos que nos llevan hasta ella.
            Y podría decir muchas más cosas de Paul Auster, como que es un esteticista de la cultura americana, pero, si lo hago, este post quedará muy largo y nadie se lo leerá.
                P: ¿Entonces nos recomiendas a Paul Auster?
                R: Sí. Y, si te ha gustado A dos metros bajo tierra, te encantará.
                P: ¿Por qué?
                R: Porque son exactamente lo mismo.
                P: ¿Algo más?
             R: Que de todos los libros de Paul Auster yo me quedaría con El Palacio de la Luna y con la Trilogía de Nueva York.

domingo, 20 de abril de 2014

Tetralogía de parias contemporáneos I: Owen Jones. Chavs: La demonización de la clase obrera.

Tetralogía de parias contemporáneos I:
Owen Jones. Chavs: La demonización de la clase obrera.







                Owen Jones es un periodista, no un antropólogo, filósofo o sociólogo. Si uno espera encontrar en este libro grandes teorías, acabará defraudado. Pero sin duda merece la pena
Owen Jones. Ojo a su cara de buen chico.
leerlo porque, aunque no diga nada que no hayamos oído ya, sistematiza el pensamiento político de lo que debería ser la izquierda contemporánea y argumenta con datos. Además, está muy bien escrito.
                Chav es un término que se utiliza en inglés para referirse a jóvenes de clase baja, violentos, con tendencias delictivas, semianalfabetos, borrachos, aficionados a las drogas, desempleados y sin intención de buscar trabajo, beneficiarios de lo poco que queda del estado del bienestar. En España hay muchos términos para referirnos a nuestra versión autóctona de los chavs: canis, quillos, malotes, garrulos, ninis... Los hay en prácticamente todos los países de la Europa occidental, cada cual con sus diferentes nombres y pequeñas variantes propias.


chavs

                Owen Jones comienza el libro contando una anécdota en la que un grupo de universitarios hacen comentarios despectivos sobre los chavs. Él se sorprende y piensa que, si alguien hubiese hecho un chiste sobre negros, judíos, gitanos, musulmanes o mujeres, se hubiese encontrado con una respuesta airada e inmediatamente lo hubiesen tachado de racista o machista. Sin embargo, nadie hace ningún comentario sobre un chiste que encubre un profundo desprecio de clase. ¿Cómo hemos llegado a esta situación? Owen Jones sostiene que es el resultado de una campaña por parte de los poderosos que tratan de culpabilizar por su precaria situación a las víctimas de un sistema injusto. Es una respuesta arriesgada, porque todos nosotros –o nuestros hijos- hemos sido intimidados por canis en la discoteca, nos han atracado o tenemos que aguantarlos fumando porros y montando lío en el parque que hay delante de nuestra casa. Owen Jones no se arredra. Y da argumentos.
                Empieza analizando el papel de los medios de comunicación. La prensa, la televisión y la publicidad difunden una imagen de los chavs como si fuesen hordas alcoholizadas de delincuentes. Compara el caso de Madeleine MaCann y el de otra niña de clase baja que desapareció en 2008. Como era de esperar, la familia pobre no recibió ni la décima parte de atención que los McCann de clase media. Analiza series como Shameless o
Shameless
Little Britain, donde se caricaturiza a los chavs y le trasmiten de forma subliminal al espectador la idea de que son gente que bebe demasiado, fuma demasiado, come compulsivamente, se pelea, son racistas, tienen hijos siendo aún adolescentes y, en definitiva, son total y absolutamente irresponsables. Al mismo tiempo, todos los días nos levantamos con un crimen o delito protagonizado por alguien de clase baja, pero, dado que los pobres son millones de personas, estos no dejan de ser episodios aislados y, sin embargo, los medios, cada vez que tiene lugar un episodio de de este tipo, lo airean y lo repiten una y otra vez hasta hacer pasar un episodio aislado por norma. Y así se provoca el odio hacia los chavs.
                A continuación, da la razón por la cual Gran Bretaña ha llegado a esto: once años de tacherismo, el neolaborismo de Tony Blair y el actual gobierno conservador de David Cameron. Margaret Tatcher privatizó el país, acabó con los sindicatos e impuso una moral individualista que anulaba cualquier sentimiento de clase -creo recordar aquella frase suya de que la sociedad no existe, que lo único que hay son individuos y familias-. El laborista Tony Blair y su tercera vía, lejos de reconducir la política británica, ahondó en las diferencias de clase y la demonización de la clase obrera con su discurso de la meritocracia y de que las desigualdades reflejan las diferentes capacidades individuales. Todo esto es falso, por supuesto, y, si no me detengo a citar todos los argumentos en contra que da Jones, como, por ejemplo, las diferentes posibilidades de acceso a la educación, es porque son tan evidentes que no merecen la pena. El gobierno tory de David Cameron hereda encantado esta situación y añade leña al fuego difundiendo la idea de que la pobreza nos el resultado de un sistema injusto, sino de la mala educación. Un argumento más para demonizar a los pobres: si lo son, es porque no saben educar a sus hijos.

Foto que saqué de una página inglesa sobre chavs. Como se ve, no escogieron para hablar de ellos una estampa de una agradable comida familiar.

                ¿Y todo esto para qué? Pues para lo que sabemos todos: bajarle los impuestos a los ricos, subírselos a los pobres vía impuestos indirectos, acabar con lo poco que queda del estado del bienestar, privatizar y, en definitiva, hacer una auténtica y verdadera política de clase. En este caso, para defender los intereses y privilegios de la clase dominante.  
               Y ahí queda eso.
               Pero no quiero acabar sin comentar lo que dice en el Epílogo acerca de los disturbios que tuvieron lugar en Inglaterra cuando millares de chavs salieron a la calle a robar, quemar y saquear. Me llamó muchísimo la atención que los chavs sólo robaban zapatillas deportivas, iphones y cosas así. Nadie trató de saquear tiendas de muebles de diseño o tiendas de electrodomésticos, donde, sin duda, hubiesen podido obtener un botín de más dinero. La respuesta de Owen Jones, que creo que es acertada, es que vivimos en una sociedad consumista. Los artículos de prestigio social son la ropa y los teléfonos móviles. Los chavs ni se plantearon qué podrían hacer con una encimera Silestone.

             Y para terminar, una reflexión personal sobre estos disturbios. En mi opinión, son el equivalente de las huelgas salvajes de finales del siglo XIX y principios del veinte. En aquellos tiempos, el capitalismo era un capitalismo productivo. Lo que se producía se vendía y hacía falta gente que trabajase en las fábricas. Cuando la clase obrera se sublevaba, lo hacía para reivindicar mejoras en lo que la sociedad consideraba útil, en aquel momento el trabajo. Hoy en día el capitalismo no es productivo, sino financiero. La tecnología y la deslocalización de la producción al tercer mundo han expulsado a los trabajadores occidentales de las fábricas. Lo importante ahora no es producir, sino vender. Es decir, consumir. Y cuando los chavs se sublevan en Inglaterra, reivindican lo que la sociedad considera útil: roban artículos de consumo. Huelgas y saqueos no son más que diferentes expresiones del descontento social. Hablaré más sobre este tema en la segunda parte de esta tetralogía cuando comente a Bauman. (Bauman. Parias

miércoles, 16 de abril de 2014

Historia sobre nada, Primera parte.

Historia sobre nada. Primera parte.

         No tengo Facebook, ni Twitter, pero a veces le echo un vistazo al de mi mujer y me alucina las cosas que cuelga la gente. No porque sean contenidos extravagantes o inquietantes, sino por todo lo contrario, por su total y absoluta trivialidad. Algunos ponen un enlace a algo que les gusta, una canción o un video de Youtube. Otros cuelgan cuadros con reivindicaciones políticas, generalmente criticando el sistema. Y luego están los que usan estas redes sociales para hacer una crónica de su vida diaria. Sacan, por ejemplo, una foto a un vaso de cerveza en una mesa de una terraza y añaden una leyenda como “Aquí, tomando unas cañitas después de trabajar”. De todos estos cronistas de una existencia intrascendente, mis preferidos son los padres que cuelgan una foto o un video de su hijo haciendo cualquier chorrada. Los que abren una cuenta a nombre de su hijo recién nacido y escriben cosas como si fuese el niño el que habla son lo mejor. De Twitter habría mucho que decir. Hay que encerrar un pensamiento en 140 caracteres. La gente siente que tiene que ponerse profunda y sueltan frases que les suenan bien, pero que yo creo que ni ellos mismos saben muy bien qué significan.  
                Cuando uno cuenta algo es porque supone que puede interesarle a los demás. Yo podría entender que refiriesen algo realmente inquietante. No sé, que sacasen una foto de un vaso con un líquido amarillo y la leyenda “Aquí, bebiendo un vaso de pis después de trabajar”, y que de verdad, al acabar la jornada laboral, se bebiesen los meos. Y, si son de otro, mejor. También podría entender a alguien que nos cuenta que su hijo se come la hierba del parque. Sí resultaría curioso ver al niño a cuatro patas pastando como una vaca. Pero me pregunto qué lleva a la gente a pensar que puede interesarnos que está tomando una cerveza después de trabajar o que ha pasado la tarde con su hijo en el parque como hacen millones de personas en el mundo cada día. Y la única respuesta que se me ocurre es que son lo suficientemente vanidosos como para considerar que su vida anodina es digna de una novela.
                Pues bien. Si la gente lo hace en Facebook o Twitter, yo también puedo hacerlo en mi blog cuando no se me ocurre nada que contar.
               
                El sábado nos levantamos pronto. L y M están haciendo obras en casa y Ana y yo los ayudamos. Llevamos más de un mes haciéndolo. Paso la semana fuera trabajando y los fines de semana, cuando vuelvo a casa, me encierro en el tríplex de mis amigos a currar duro como albañil. Una mirada irreflexiva sobre este hecho podría hacer pensar que Ana y yo somos unas personas maravillosas, altruistas que sacrifican el poco tiempo que pueden pasar juntos sólo para ayudar a unos amigos. Pero no es nada de eso. El trabajo duro de albañil agota físicamente y eso te relaja y hace que duermas bien. Además, mortifica y me permite, al final del día, beber mucho vino y cerveza sin la sensación de ser un parásito, un perdido. Y, por si todo eso no fuese suficiente, uno siente que está haciendo algo bueno por unos amigos y eso siempre reconforta el ego. Supongo que será una sensación parecida a la que experimentan los que tienen hijos, que se sienten útiles, como si las dieciséis horas de ese día tuviesen un sentido. Así que debo dejar claro que no hay nada de altruista en el hecho de que Ana y yo ayudemos a unos amigos, sino todo lo contrario. Es un ejercicio de egoísmo máximo. Al menos por mi parte.
                Me tomo la pastilla del tiroides y hago unos ejercicios para la ciática mientras Ana inspecciona la casa de arriba abajo armada con un spray antibichos. Unos pequeños insectos suben desde el jardín de enfrente y anidan en nuestras alfombras y armarios. Creo que se llaman escarabajos de la alfombra o algo así. A mí no me molestan nada, pero Ana les ha declarado una guerra sin cuartel que ya va para ocho meses. Cuando cumplimos cada uno con nuestras neuras personales, nos ponemos la ropa de trabajo y nos vamos a casa de L y M.
                L está en la planta baja, haciendo bocetos de lo que quiere hacer. M está en la planta de arriba lijando las ventanas. En este punto debería señalar que L y M son arquitecto y aparejadora, respectivamente, y que cada uno ejerce su profesión también en la vida personal. L se pasa el tiempo haciendo dibujitos en una libreta de cosas que va a hacer. M, cuando L ha terminado tal o cual proyecto, baja de la planta alta y le dice que deshaga toda esa chapuza porque no puede ponerse una encimera de cocina fija sobre una arqueta. L, como Gaudí, es un soñador de proyectos imposibles. M es una mentalidad práctica que no piensa vivir rodeada de aguas fecales. Me uno a L en la planta baja y Ana sube a ayudar a M. El trabajo de hoy consiste en hacer una solera para el suelo del baño. Hacemos mortero y doblamos la espalda para fijar el suelo del baño. Todo está lleno de un polvillo fino asqueroso que, de noche, me hará toser con cosas grises en los mocos. A L esto no le importa nada. No he conocido a nadie jamás que le guste tanto fumar como a él. Pese a que el ambiente es irrespirable, enciende un cigarrillo detrás de otro.
                A las cuatro paramos para comer. L ha comprado fiambre y una botella de vino, que tiene en su estudio, a unas dos calles más allá. Comemos y, al terminar, L dice que le da mucha pereza volver al chollo después del vinito. Entonces M, que es adicta al café, propone ir a tomar uno al bar de Carmen. A todos nos parece bien.
                Nos sentamos en la terraza del bar de Carmen. Aunque yo insisto en que me haga el café clarito, me he metido rayas de Speed que me han puesto menos nervioso. Saludo a algunos colegas del barrio y volvemos al tajo.
                A las siete Ana y yo nos vamos a duchar. Hoy, a las ocho y media, Faemino y Cansado traen su espectáculo cómico al Teatro Colón y tenemos entradas. Llegamos pronto porque quiero tomarme unas cervezas en la cafetería del teatro que me ayuden a bajar el colocón del café. Le entrego las entradas a una azafata y pasamos el torno.
                -El segundo piso a la izquierda. –nos dice.
                Comienzo a subir las escaleras, pero, a mitad de camino, recuerdo que tengo algo que hacer.
                -Perdona. ¿Dónde está la cafetería? –le pregunto a la azafata.
                Ella pone una cara de pena horrible, como si se le hubiese muerto el perro. Todo falso, por supuesto.
                -Lo siento. No tenemos cafetería.
                Es como si me hubiese tirado una mierda a la cara.
                -Pero tenemos una máquina de agua. –dice.
                Es evidente que para ser azafata no piden el graduado escolar. Ni siquiera el de la E.S.O.
                Ana me coge del codo.
                -Venga, vamos. –me dice.
                Subo las escaleras refunfuñando.
                -Que beba agua… Que beba agua su puta madre….
                -Ya… ya… -dice Ana.
                Nos sentamos en la platea. Poco a poco van llegando el resto de los espectadores. Mire a dónde mire sólo veo barbitas de diez días, tatuajes, pantalones pitillo, pelos estudiadamente despeinados y zapatillas vintage. Por lo que se ve, Faemino y Cansado están de moda entre los hipsters. Verlos a debe ser una de las cosas superchachis que hay que hacer para estar en la onda.
                -Mira cuánto modernillo. –le digo a Ana.
                -Como tú. –me contesta.
                Su comentario me jode un poco, pero en el fondo tiene razón. Tomo nota de que debo cambiar de vestuario.
                Mientras no empieza la función, suena música por los altavoces. No es música indie, ni la última tendencia de techno progresivo en Detroit, pero a la gente que hay a nuestro alrededor no parece importarle, porque todos, repito, absolutamente todos, están concentrados en sus teléfonos móviles, mandando whatsapps e informando vía Twitter y Facebook a todo el que conozcan de que están en el Teatro Colón, en la función de Faemino y Cansado del Sábado. Nadie se hace un selfie, porque eso es cosa de adolescentes, no de tipos muy cools de la última provincia del peor país de Europa. Entonces es cuando se me ocurre la idea de este post.
                Al fin empieza la función. El espectáculo es tan bueno que hace que me olvide de todo salvo de reír. Cansado, como siempre, lleva el peso de la narración. Faemino hace una interpretación casi de clown. Me sorprende lo bien que domina el lenguaje corporal. La pareja está perfectamente compenetrada. Nos descojonamos de la risa y la hora y media pasa sin que nos demos cuenta.
                A la salida, Ana me dice que tiene que ir al servicio. La acompaño hasta la puerta y la espero fuera con su abrigo. Oigo voces dentro y, poco después, sale Ana. Está a mitad de camino entre la indignación y la carcajada. Los tabiques entre los retretes son transparentes. No la entiendo bien.
                -Que entre wáter y wáter hay una pared de cristal. –me explica.
                -¿Y la gente te ve?
                -Sí.
                Meneo la cabeza. Tal vez la idea esté muy bien para evitar que unos desalmados esnifen cocaína, pero no sé si me apetecería que me viesen haciendo un uso estándar del retrete –cagando por ejemplo-.
                Nos volvemos a casa. Saludo a un par de personas por la calle y vemos un rato la televisión hasta que nos entra sueño.

                Fin de la historia sobre nada.


El escenario en el que actuaron Faemino y Cansado. No cuelgo una foto suya porque a lo mejor la SGAE se enfada conmigo y Blogger me vuelve a castigar sin blog.

lunes, 14 de abril de 2014

Discurso oculto. Segunda parte.

                El boletín de notas de la primera evaluación cayó como una bomba de neutrones en la urbanización de las afueras. Ocho suspensas. El borrico de Sergio había suspendido hasta Música y Educación para la Ciudadanía. Conchi, completamente enajenada, no esperó a que su marido regresase a casa para tomar la primera medida. De pie en el salón, con el boletín de notas aún en la mano, le cruzó la cara de un bofetón. Sergio, sorprendido, se llevó la mano a la cara y dio un paso atrás, como si no reconociese a la persona que tenía delante. Pero su torpeza en los estudios había roto algo más que su responsabilidad de adolescente. Había resquebrajado el sueño de su madre que, por primera vez en su vida, atisbó la posibilidad de que su niño no llegase a ingeniero. Fue tras él y comenzó a golpearle sin orden ni concierto, con la mano abierta, con el puño cerrado y hasta trató de tirarle del pelo.
                -Sube ahora mismo a tu cuarto. –dijo Conchi con lágrimas en los ojos.
                Luego telefoneó a su marido al trabajo. Él le prometió que iría a casa en cuanto tuviese la oportunidad y le ordenó que se tomase un Valium. La siguiente llamada le tocó a él.
                -Tienes que venir inmediatamente. Tienes que venir ahora.
                Fue un intercambio rápido. Colgaron.
                -¿Qué pasa? –le preguntó Ana, que por aquel entonces aún era su novia.
                -Esa puta loca, que quiere que vaya a su casa.
                -¿Y qué vas a hacer?
                El teléfono colgado impedía oídos indiscretos. El discurso oculto emergió con naturalidad.
                - Por la mierda que me pagan, por mí como si hacen un canutillo con el boletín de notas, se lo plantan en el culo y le prenden fuego como una vela en una tarta de cumpleaños.
                Cuando llegó, la familia estaba reunida en el salón grande. Conchi, a pesar de haber tomado un par de barbitúricos, seguía notablemente alterada, y Sergio, más acojonado que otra cosa, los miraba a todos sentado en el tresillo al lado de su padre.
                -Dios mío, Dios mío, Dios mío. –Conchi daba vueltas por la habitación como si no supiese muy bien a dónde ir- ¿Qué vamos a hacer con este? –fulminó con la mirada a su hijo.
                -Creo que debemos calmarnos. Aún tenemos seis meses por delante. –dijo él.
                El padre de Sergio soltó un bufido.
                -Ocho suspensas. Ocho suspensas. –repitió Conchi.
                -Hay tiempo de sobra para reconducir la situación. –insistió él, ya totalmente metido en su papel de buen chico.
                Y entonces Conchi, sin darse cuenta, dejó al descubierto parte de su discurso oculto.
                -Dios mío, qué vergüenza. –dijo.
                La charla se prolongó durante más de dos horas y media. Se castigó a Sergio sin salir de casa en todas las Navidades. El profesor particular seguiría yendo todas las tardes. Las mañanas serían para el estudio individual. Por supuesto no habría ni un solo regalo ni por Papá Noel ni por Reyes.
                Conchi mantuvo su palabra más o menos durante cuatro días. La mañana del quinto dejó que su hijo fuese por la mañana a jugar al baloncesto con sus amigos. El sexto, un poco avergonzada por haberle golpeado en aquel ataque de enajenación, le dio un beso durante el desayuno. Y, por fin, el veinticinco de Diciembre, Sergio fue definitivamente redimido cuando, por la mañana, amanecieron, junto al zapato que había dejado bajo el árbol de Navidad, unas zapatillas Nike, unos Levi´s, dos juegos para la Play Station y una gorra de béisbol.
                A medida que esto iba pasando, la ira de Conchi se redirigía hacía el sistema educativo en general y su colegio en particular. Concertó una entrevista con el tutor de Sergio nada más terminar las vacaciones, entrevista que se repitió regularmente cada quince días hasta el final de la segunda evaluación. Estas  entrevistas sólo modificaron ligeramente las calificaciones –seis suspensas en la segunda evaluación, en lugar de las ocho de la primera-, pero sirvieron para convencer definitivamente a Conchi de que el culpable del fracaso era  el colegio y no su hijo.
                -Tienes que venir conmigo a hablar con ellos. Tenemos que hacer todo lo posible para que Sergio no repita curso. –le dijo un día al profesor particular.
                Obvia decir que la idea no le entusiasmó, pero como Conchi no volvió a aludir al tema en las siguientes dos semanas, albergó la esperanza de que se hubiese olvidado o simplemente hubiese desistido. Pero fue en vano. Un Domingo por la tarde recibió una llamada telefónica en la que Conchi le informaba de que había quedado el Lunes con la jefa de estudios. Había decidido puentear al tutor porque “ese no pinta nada”.
                 Llegaron al colegio unos diez minutos antes de la hora fijada para la cita. Atravesaron el aparcamiento y se dirigieron a la puerta de entrada. En su garita, el bedel dormitaba aburrido. Conchi se anunció. El bedel descolgó un teléfono, intercambió unas palabras con alguien y les pidió que le acompañasen a una especie de descansillo contiguo a la puerta de entrada. La jefa de estudios estaba reunida, pero, en cuanto terminase, los atendería. Conchi y él se sentaron en unas sillas bajas de cuero negro. No hablaron. Ella porque estaba nerviosa, él porque estaba de mal humor. A través de la ventana se veía el patio, donde grupos de alumnos jugaban y charlaban. Los miró con envidia pensando en que ellos no tenían que desempeñar un papel de profesor particular preocupado ante una jefa de estudios y una madre desquiciada. Y luego se fijó en sus uniformes y recordó los tiempos de su adolescencia. La dualidad entre el discurso público y el oculto llega hasta cosas tan triviales como el uniforme. En el discurso público los uniformes sirven para igualar a los alumnos y evitar así discriminaciones. Esto no es más que una farsa. Los adolescentes siempre encuentran excusas para crear jerarquías, por el modo en que uno se pone la sudadera o la marca de zapatillas que lleva. La verdadera función del uniforme no es hacia el interior del colegio, sino hacia el exterior. Es un símbolo de estatus, para que los demás puedan reconocer a los niños de colegios de pago.
                La jefa de estudios los recibió en su despacho. No se levantó a saludarlos ni lo miró cuando Conchi lo presentó como el profesor particular de Sergio. El despacho era una sala amplia, con un impresionante escritorio de roble y una silla alta con filigranas y cuero verde donde se sentaba la jefa de estudios. Las dos sillas reservadas para los visitantes eran más humildes, apenas una almohadilla de tela sobre una plancha de aglomerado. Colgado en la pared de la izquierda había un retrato enorme de Marcelino Champagnat sosteniendo un crucifijo con la mano y mirando hacia abajo a algo que quedaba fuera del cuadro. En la pared del fondo, justo encima de la cabeza de la jefa de estudios, había otro crucifijo con un Jesucristo de color blanco colgado de una cruz de madera. Y en el pecho de la jefa de estudios, sobre un jersey de lana de angora verde botella, había un tercer crucifijo, éste de oro. La jefa de estudios se recostó en su silla y miró a Conchi.
                -¿Qué pasa con Sergio? –preguntó.
                Conchi comenzó a explicarle su particular versión de los hechos. La jefa de estudios la escuchó con cortesía. Él miraba a una y a otra. Conchi le había dejado meridianamente claro que estaba allí en calidad de testigo de que Sergio era un chico brillante que fracasaba porque las estrategias de enseñanza estaban fallando con él, pero no se decidía a intervenir. La jefa de estudios esperó a que Conchi terminase con su discurso.
                -¿Ya está? –preguntó; y entonces comenzó ella con su perspectiva del problema.
                Su alocución fue bastante larga, llena de circunloquios y buenas palabras, pero resultaba evidente que habían decidido que Sergio repitiese curso y poco importaba lo que Conchi y el profesor particular pudiesen decir o hacer. Asimismo, estaba claro que estaban hartos de Conchi y que si la recibía la jefa de estudios sólo era porque tenía la autoridad suficiente para ofrecer un trato: en caso de que reconsiderase la continuidad de su hijo en el colegio el curso siguiente, podían echarle un cabo en Septiembre para que no tuviese que repetir. La oferta dejó a Conchi totalmente fuera de juego. Abrió la boca como si fuese a decir algo, pero no salió nada y luego la cerró. El efecto fue como el de un pez que boquea varado en la orilla. A la vergüenza de que su hijo pudiese repetir curso, se sumaba la humillación de que el colegio de pago se quisiese deshacer de ellos. El profesor particular no sabía muy bien qué decir. A su lado estaba el patrón que le pagaba doscientos cincuenta euros al mes; al frente alguien que podría darle la oportunidad de cambiar de trabajo, de convertirse en un trabajador con nómina y derecho a vacaciones pagadas, aunque para ello tuviese que fingir ser un buen católico, gente de orden. Hubiese traicionado sin ningún remordimiento a Conchi, pero la posibilidad de que lo contratase la jefa de estudios era demasiado remota como para romper definitivamente con su actual patrón. Se dispuso a soltar un pequeño discurso que salvaguardase los intereses de Conchi, y que, al mismo tiempo, lo hiciese brillar ante la jefa de estudios.
                -Pero algo habrá que podamos hacer para reconducir la situación. Yo estoy de acuerdo en que Sergio es el chico más falto de motivación que he visto en mi vida, pero…
                La jefa de estudios ni tan siquiera se molestó en mirarlo.
                -Tú eres muy joven. No creo que hayas visto muchos alumnos. –le cortó; y siguió hablando hacia Conchi.
                Le hubiese gustado tener algo que contestar, pero lo cierto es que encajó el golpe en silencio y, a partir de ahí, ya no pudo apartar la vista del crucifijo de oro que rodeaba su jersey de lana de cuello vuelto y caía desafiante sobre el pecho. Otra vez humillación y rencor, los motivos que, según James Scott, mueven a la rebelión de los desfavorecidos.
                Conchi y él fueron a tomar algo a una cafetería que había cerca del colegio. Poco a poco ella fue recuperando la calma, pero, a medida que lo hacía, iba siendo consciente de la humillación. Entonces le recriminó no haberla apoyado con más fuerza. Oír aquello después de lo que había tenido que aguantar era el colmo, pero no se lo dijo. Sólo se excusó aduciendo que enfrentándose a ellos no conseguirían nada y que lo importante en aquel momento era ganarse su favor. Aquel argumento pareció convencerla.

                -Que cambie a Sergio de colegio. –dijo- ¿Quién se cree que es? Si todos sabemos de dónde viene… -y entonces, humillada y rencorosa, Conchi compartió con él parte del discurso oculto. La jefa de estudios no siempre había sido jefa de estudios de un colegio de prestigio, y, desde luego, no siempre había sido así de soberbia. Hija de un maestro albañil, se había casado con el antiguo bedel del colegio, el que estaba antes del que los había recibido. Estudió magisterio y durante diez años no faltó un solo domingo a la misa de los hermanos maristas y colaboró intensamente con la obra dando catecismo. Luego había hecho alguna que otra sustitución temporal cuando un profesor caía enfermo y, después de varios años, los hermanos maristas la habían contratado como personal subalterno, para que hiciese un poco de todo, desde continuar con las sustituciones, a encargarse del comedor escolar. Por aquella época, su marido tuvo un accidente laboral que lo retiró definitivamente. Al año siguiente fue ascendida a profesora de religión y a los cinco a profesora de lengua en los cursos más bajos. Al fin, tres años antes de la entrevista que acababan de tener con ella, había llegado a su máximo esplendor cuando la nombraron jefa de estudios. Por supuesto, durante todo aquel tiempo, no faltó un solo domingo a misa y colaboró con la orden dando catecismo y ofreciéndose para acompañar a los chicos en los retiros espirituales.