viernes, 28 de marzo de 2014

Discurso oculto. Primera parte.

Discurso oculto. Primera parte.




                Hace unos días colgué una reseña de un libro de James Scott donde se sostiene que hay un discurso público que imponen las clases altas y que difunde una imagen idealizada de ellas (James Scott. Discurso oculto.). Dominantes y dominados, en su interacción, se comportan como si se lo creyesen. Sin embargo, esto no es más que teatro. En las bambalinas, cuando dominantes y dominados se sienten a salvo de oídos indiscretos, sale a la luz lo que realmente piensan unos de otros, su discurso oculto. Rencor, odio y desconfianza mutua. Nada de esos autómatas alienados de los que habla la tradición marxista. Lo que me interesa hoy, más que los contrastes entre ambos discursos, son los conflictos que esa dualidad provoca en la vida cotidiana.

                El coche está parado en un atasco. Baja la ventanilla y enciende un cigarrillo. Siempre la misma historia desde hace tres meses, cuando empezó a darle clases particulares a Sergio. Conducir diez minutos hasta la carretera de circunvalación y quedarse allí estancado durante media hora entre los miles de trabajadores que vuelven a sus casas. Mira su reloj y, por entretenerse, calcula cuánto cobra al mes. La cifra es tan ridícula que se pregunta por qué demonios sigue haciéndolo.

                Al fin consigue llegar a la urbanización de las afueras donde vive Sergio. Deja el coche en el parking y llama a la puerta. Conchi, la madre, abre.

                -Hola. –dice él forzando una sonrisa.

                Conchi lo invita a pasar. En el salón, Sergio ve dibujos animados tumbado en el sofá. Se ha quitado las zapatillas. Sus calcetines sucios de adolescente asoman por el brazo del tresillo. Él siente una punzada de asco imaginando el olor acre.

                -Tu profesor ya está aquí. Haz el favor de calzarte y subir a tu habitación. –dice Conchi.

                 Sergio se incorpora haciendo ostentación de desidia. Mientras esperan que obedezca, Él y Conchi intercambian unas palabras. El ritual, que es siempre el mismo, dura unos diez minutos. Conchi, adornada con joyas y ropa cara, empieza comentando algo del colegio de pago de su hijo y luego pasa a hacerle preguntas sobre la familia y a hablar de antepasados ilustres de la suya. Él finge interés y lanza miradas furtivas al reloj de pared, porque Conchi no considera que estos diez minutos formen parte de la hora y media de clase diaria. Ninguno de los dos hace alusión a que hoy es día de cobro. Ella porque siempre se retrasa en el pago; él porque el discurso público sostiene que uno trabaja por amor a la profesión. Acaba la conversación y sube las escaleras aparentando que no le importa el dinero.

                Una vez arriba, trata de explicarle a Sergio los deberes de lengua, de francés y de geografía. No hay nada que hacer. El niño es burro como un sacho. Además, tampoco quiere estudiar, de modo que resolver los ejercicios es una tarea lenta y desesperante. A Conchi sólo plantearle que su hijo repita curso hace que le entren sudores fríos, hasta el extremo de que llegó a llamarle un día las doce y media de la noche angustiada porque el niño había suspendido un examen de Conocimiento del Medio.

                -Pero es que yo sé que es inteligente. Es sólo que le falta motivación. Cuando tenía siete años ganó el concurso de ajedrez de la urbanización.

                Conchi está obsesionada con que su hijo sea ingeniero como su padre. Lo repite una y otra vez y el campeonato de ajedrez le parece una prueba indiscutible de su capacidad. Él cree que lloverán ranas antes de que ese borrico sea ingeniero, pero no dice nada porque se la trae al pairo, del mismo modo que cree que la obsesión de Conchi con la futura profesión de su hijo y su pasión por las genealogías esconden un origen no tan ilustre.

                Está a punto de terminar la clase cuando oye la puerta.

                -Parece que ha llegado alguien. –comenta sin interés.

                Sergio levanta su mirada alelada de la ficha de ejercicios de francés.

                -Es mi hermano. –dice.

                En alguna de esas charlas que su madre no considera que entren dentro del horario laboral, Conchi le ha hablado de un hermano mayor que estudia arquitectura en Barcelona. Espera no cruzárselo por las escaleras al salir. No le apetecen veinte minutos de cháchara de Conchi alardeando de prole. En lo que a él respecta, el día de trabajo ha sido más que suficiente.

                Llegan al final de la clase particular de hora y media sin que Sergio termine los ejercicios de francés. Para que la cosa no se prolongue más de lo necesario, le dicta rápidamente las soluciones y se despide de él. Baja las escaleras tratando de no hacer ruido, con la intención de marcharse con un “Hasta mañana” gritado desde la puerta, pero no tiene suerte. Abajo, en el salón, se da de bruces con Conchi y su hijo mayor.

                -Ay, hola. ¿Conoces a mi hijo Pablo? –dice Conchi.

                Conoce de sobra a Pablo, el hijo mayor de Conchi. Es un pardillo espantoso unos dos o tres años menor que él. Nunca han hablado, pero lo conoce de verlo en pubs y discotecas. Se mueven en el mismo ambiente, pero en divisiones diferentes. El pardillo también lo conoce a él, está seguro de ello. Le tiende la mano.

                -Nos conocemos de vista. –dice.

                Conchi parece contenta por tener a sus dos hijos en casa.

                -Ven, siéntate con nosotros. –dice invitándole con un gesto a que comparta con ellos el tresillo en el que hora y media antes Sergio veía los dibujos.

                El obedece tratando de ocultar su disgusto. Conchi parlotea durante un buen rato, hablando de los amigos de Pablo en Barcelona, todos gente notable. La situación le resulta horriblemente incómoda. No es que sea el rey de la noche, pero, en el ambiente de los jóvenes coruñeses, está muy por encima del pardillo. Con él debería ser el altivo joven un poco alternativo que desafía las normas y se lleva a la chica. Con la madre, sólo puede mostrar el respeto y lealtad servil del asalariado. Trata de conjugar esos dos discursos públicos, pero no se le ocurre ninguna frase lo suficientemente ambigua para contentar a los dos. Pasa el mal trago como puede. Al final, se excusa diciendo que se le está haciendo tarde y se levanta. Le vuelve a chocar la mano al pardillo y le dice que está encantado de haberlo conocido pensando cómo habrá de actuar la próxima vez que se lo encuentre de noche. Ya está abriendo la puerta cuando oye la voz de Conchi.

                -Espera, espera, que me he olvidado de pagarte.

                Conchi coge su bolso de una percha y saca cuatro billetes de cincuenta y dos de veinte, su sueldo por pasar todas las tardes empantanadas dándole clase al memo de Sergio. Coge el dinero, da las gracias y sale de la casa con la paga todavía en la mano. La puerta se cierra tras él. Parado en el rellano, aprieta el puño arrugando los billetes. Se mete en el coche y arranca.

                Conduce de vuelta a casa. Mientras lo hace, fuma uno de esos cigarrillos que se encienden sólo por hacer algo. Tiene la radio puesta, pero no la oye. Humillación, odio y rencor, lo que, según James Scott, mueve antes a la rebelión de los dominados que el reparto injusto de bienes.
               


jueves, 27 de marzo de 2014

David Milch: The Money

    David Milch: The Money.




    Nos anuncian una nueva serie de David Milch, The Money, con el actor irlandés Brendan Gleeson como estrella. Por lo que parece, la trama se centrará en una familia que domina los medios de comunicación y todas las corruptelas que rodean este mundillo. No dudo ni por un
Un educado Andy Sipowicz.
momento que la serie será absolutamente maravillosa, porque todo lo que toca este hombre es arte puro. No hablaré de su etapa de guionista en Canción Triste de Hill Street. Prefiero su secuela, ya como co-creador, NYPD Blue. Un flipe. El primer episodio, con el gran Denniz Franz como Andy Sipowicz, arrastrándose por el pozo, es, sencillamente, de lo mejor que he visto en mi vida. Ni siquiera la presencia de David Carusso, el lamentable Horatio de CSI Miami, consigue estropear una serie maravillosa. De Deadwood ya no queda más que decir. Es la mejor serie que he visto jamás. Y la fallida Luck y todo el rollo de las apuestas de caballos estaba cojonuda. 
Nick Nolte, observando a su caballo ganador en Luck.

      Todo esto está muy bien. Pero lo que de verdad me importa es si Milch será capaz de
Al Swearengen con una mirada que acojona
terminar su proyecto o no. El final de Deadwood, en pleno clímax del conflicto entre Al Swearengen y George Hearst -uno de los malos que da más miedo de la historia- es una cortada de rollo brutal. Esto no quita que mi amigo R revise la serie todos los años y encuentre nuevos matices y escenas y diálogos con los que flipar. La serie era maravillosa, pero no terminarla fue una decepción. Peor es el caso de Luck, que nos deja sólo una primera temporada de quitarse el sombrero, pero nada más. Ni siquiera el comienzo de una segunda, algo que nos indique de por dónde tirarían los personajes. 
     Los rumores acerca de Milch son de todo tipo y pelaje. Alcohólico, ególatra, putero, violento. Se comenta que durante el rodaje de Deadwood los actores recibían el guión el mismo día del rodaje, incluso que se negaba a escribir los diálogos y que se los dictaba de viva voz. Incluso que en plena borrachera se lió a tortas con el productor. Acerca del fallido proyecto de Luck también hay de todo. Problemas con las protectoras de animales porque se les murieron tres caballos, desavencias entre él y Michael Mann, y cosas por el estilo. Todo esto ha creado a su alrededor un aura de malditismo, de personaje romántico. Eso está muy bien para impresionar a adolescentes que quieren llevar una pose outsidder y, si me estiro, para escriban una novela sobre él o hagan una película. Pero para los señores de mediana edad como yo ya no llega. David Milch es un genio, pero tiene que terminar sus proyectos. Sólo NYPD Blue, quizá porque era su primera serie como creador y porque Steven Boscho estaba ahí también, ha llegado a buen puerto. Su carrera no puede limitarse a una colección de series que empiezan y no acaban. Vuelve a tener una oportunidad con The Money para legar a la historia un proyecto redondo. A ver qué pasa.
    Y a pesar de todo, aunque The Money se vuelva a quedar por la mitad, pienso verla, probablemente más de una vez.

martes, 25 de marzo de 2014

James Scott. Los dominados y el arte de la resistencia: discurso oculto.


    
 James Scott: Los dominados y el arte de la resistencia.



    Lo primero que hay que decir de James Scott es que escribe bien, es ameno de leer y eso siempre se agradece. 
    Lo segundo es que su libro me ha hecho reflexionar.
    James Scott se opone a todas las teorías herederas del marxismo, que consideran la ideología como el resultado o el reflejo de unas determinadas relaciones socioeconómicas. Cita a Gramsci, a Bourdieu y no sé si a alguno más, pero en la mente de todos están Marvin Harris y todos esos antropólogos, filósofos y sociólogos que sostienen que el poder se perpetúa difundiendo su ideología, de modo que los oprimidos la aceptan de forma inconsciente y no tienen conciencia de su propia opresión. En otra ocasión interpreté La Catedral del Mar como un ejemplo de la difusión de las ideas del poder. Lo mismo hice con Operación Triunfo. En este último, se escoge a un grupo de personas cualquiera que tiene un sueño: cantar y ser famoso. Se los mete a todos en una academia y se les obliga a competir entre ellos por ser el mejor. La audiencia vota y el que gana va a Eurovisión. La idea del programa casi parece sacada de Max Weber y su Ética protestante y el espíritu del capitalismo. En
James Scott
un mundo justo, con igualdad de oportunidades, cualquiera puede triunfar, incluso la Rosa de España. Para eso sólo hace falta esfuerzo y talento. La competitividad -esa palabra tan de moda ahora- saca lo mejor de cada uno. Es el calling divino de los calvinistas. Y al final, si cumples con todo ello, Dios te reconoce como uno de los suyos otorgándote bienes materiales en este mundo. El ideal de vida del capitalismo angloamericano. Con talento, ideas y trabajo, salir adelante en el mundo. Millones de personas ven este programa y aceptan de manera inconsciente que el capitalismo es el mejor sistema posible, porque cualquiera puede triunfar, como nos demuestra el caso de Rosa -o de los ganadores de posteriores concursos, cuyo nombre desconozco-. 
    Pues James Scott le hace una crítica demoledora a esta concepción de la ideología: si esto fuese cierto, los sistemas no cambiarían. 
    Y yo añado: esta concepción heredada del marxismo minusvalora a los oprimidos, como si fuésemos autómatas sin capacidad crítica alguna.
    Según Scott hay dos tipos de discurso, el público y el privado. El discurso público es aquello que se puede decir en público y que es una idealización de cómo las clases poderosas se ven a sí mismas -en el caso de nuestra sociedad todo ese rollo de la igualdad de oportunidades y el discurso políticamente correcto-. Pero esto no es más que una representación, como una obra de teatro. En las bambalinas de ese discurso público, tanto las clases dominantes como las dominadas tienen su propio discurso, que sólo sale a a luz cuando están seguros de que hacerlo no puede acarrearles problemas. El discurso público es lo que la
Esclavo que dudo esté contento.






gente realmente piensa y hace. Así, los esclavos negros públicamente hacían ostentación de acatar las normas pero, en cuanto se encontraban en la seguridad de sus cabañas, contaban cuentos, leyendas y hasta profecías que ridiculizaban y condenaban a sus amos blancos a todos los tormentos del infierno; y saboteaban a sus amos robándoles, con pasividad en el trabajo, rumores, etc... Las clases poderosas, por su parte, en la intimidad de sus casas o de cenas opíparas en restaurantes caros, a salvo de oídos indiscretos, sacan a relucir lo que de verdad mueve la sociedad y los mantiene en el poder, como la corrupción, el soborno, la represión por medio de la violencia física, etc...
    Si los pobres no actuamos para sacudirnos el yugo de la opresión, es porque no vemos oportunidad de ello. Pero, en cuanto esa posibilidad tiene visos de hacerse realidad, nos volcamos en la lucha, como sucedió, según Scott, en la Guerra Civil Americana, en la Revolución Francesa o la Revolución Rusa. 
    Este mecanismo creo yo que podemos observarlo perfectamente hoy en día con todo el rollo de la crisis. Los oprimidos, cuando nos reunimos entre nosotros, criticamos a políticos y banqueros, y no son pocos los que defraudan a la Seguridad Social con bajas fraudulentas y evasión de impuestos -aunque esto último no sea una estrategia exclusiva de los pobres-. Sin embargo, si mañana yo tuviese la mala suerte de comer con Rajoy o Feijoo, dudo mucho que le dijese a la cara que es un capullo, sino que mantendría una actitud más o menos servil, diría que me encanta mi trabajo, etc... Lo mismo hace cualquier empleado con su patrón. A la cara, todos fingimos ser empleados entregados, mientras que en la intimidad reconocemos despreciarlo y hacemos todo lo posible por trabajar lo menos posible, etc...
   
    No sé hasta qué punto tienen razón James Scott. Sobre todo, porque a esa crítica de que, si la plebe sólo fuésemos autómatas que repetimos el discurso del poder, nada cambiaría, se adelantaron Bourdieu, Victor Turner, Even-Zohar y otros muchos pensadores que hablaron del escenario político como de un espacio en el que luchan diferentes grupos de poder, cada uno con su propio discurso. Probablemente ninguno esté en posesión de la verdad absoluta, todos tengan parte de razón y la realidad sea una combinación de ambas tendencias. Pero por lo de pronto, el libro de Scott merece la pena ser leído porque pone de relieve un aspecto de la política y las relaciones de poder que hay que tener en cuenta.

domingo, 23 de marzo de 2014

Cuando la realidad se parece a la ficción. Tercera parte.

Cuando la realidad se parece a la ficción. Tercera parte.


     Un amigo me dijo ayer:
     -De eso de los espacios imaginados ya hablaste antes.
     -Sí. -dije yo- Pero era en un correo electrónico que os mandé hace mucho.
     Y me puse a rebuscar en viejos correos y encontré esto:



Fragmento de viaje

El nuevo fin de semana trae un nuevo viaje. El Jueves por la tarde parten hacia Eslovenia. Eslovenia resulta ser un país muy pequeñito en el que, por primera vez en su vida, tiene la sensación de estar en el extranjero. La primera parada es en un pueblo de montaña que vive de la minería y hacen encaje como en Camariñas. La gente habla un idioma absolutamente incomprensible y son como un poco más feos. Ya no hace tanto calor, de modo que los chistes empiezan a venir a su cabeza. Desgraciadamente, no lleva una libreta en la que apuntarlos y muchos se le olvidan. Recuerda vagamente haberse acordado de su amigo X, el nacionalista que le dijo la última noche que lo vio que se había metido en política por amor. La impresión que tiene de Eslovenia es que económicamente va bien. Tienen petróleo, minerales y el ochenta por ciento de los medicamentos genéricos que se venden en Europa se hacen ahí.

Duermen en un hotel en medio de ninguna parte. Por la noche, todos los hombres de la comarca entre los dieciocho y los cien años se acercan al bar de hotel a beber. La situación es un poco inquietante porque no hay mujeres, pero al final no pasa nada y sólo es que la Eslovenia rural todavía es un patriarcado.

Al día siguiente su hermana y su cuñado quieren ir a ver unas cuevas de veinte kilómetros. Si él ya tiene bastantes reparos en subirse a un avión, por nada del mundo se va a meter en una cueva de veinte kilómetros en la que hay cinco grados de temperatura y aún encima hay que pagar veinte euros. Afortunadamente su mujer está de acuerdo y, mientras su cuñado y su hermana se sumergen en las profundidades de la tierra en busca de una apasionante aventura que cuesta veinte euros y que mueve el ochenta por ciento del turismo esloveno, se va a Liubliana con su mujer. La ciudad es bella y deja a su mujer encantada. Él disfruta paseando con ella, por fin con un poco de intimidad. Recogen a su hermana y su cuñado a las tres de la tarde y conducen rumbo a Croacia.

La ciudad que le gusta a su mujer. En realidad tiene poco más que ver que esto, pero para darse un paseo es suficiente.

A simple vista, las diferencias económicas entre Eslovenia y Croacia son abismales. Hacen
Costa croata. No se ve la escalerita.
los primeros kilómetros de Croacia pegados a la costa. El lugar pasa por ser una zona turística y de hecho se ven muchos coches alemanes, holandeses e italianos. Sin embargo, pese a que el reclamo es el sol y el mar, Croacia no tiene ni un metro de playa arenosa. Su oferta se limita a un Mar Adriático de agua templada, temperaturas altas y kilómetros de hormigón en los que, cada quinientos metros, han colocado una especie de escalerilla de piscina para que la gente pueda meterse en el mar. Le entra cierto orgullo estúpido nacionalista al pensar que ningún otro país puede competir con el turismo de sol y playa del levante español.

Poco a poco van abandonando el paisaje de costa y se adentran en las montañas. A medida que la presencia de la Croacia rural es mayor, crecen los testimonios de la guerra que no hace mucho tiempo tuvo lugar allí. En las pequeñas aldehuelas de tres o cuatro casas apenas si no hay una que no tenga en su fachada innumerables balazos y demás huellas de combates. Mujeres totalmente ataviadas de negro que le recuerdan a las campesinas gallegas deambulan por las carreteras y vuelve a acordarse de su amigo X, el nacionalista, porque mucho se teme que una Galicia independiente se asemejaría más a la deprimente Croacia que a la próspera Eslovenia. Le entra una estúpida desazón nacionalista.

Al anochecer, sucios y agotados, llegan a la proximidades del parque nacional de Plitvice. Por los alrededores hay algunos hoteles y muchas casas que los nativos alquilan a los turistas que quieren visitar el parque. Evidentemente, la idea de ir al parque no ha sido suya ni de su mujer, pero es su penitencia por haber sido perezosos a la hora de diseñar el viaje. Dan muchas vueltas tratando de encontrar la casa en la que van a hospedarse. Al fin, agotados, llegan a su alojamiento. Es una casa de dos plantas que unas croatas alquilan a través de Booking. Ellas viven en la planta de abajo y dejan a los huéspedes las habitaciones de arriba. Las tres croatas están sentadas en lo que él supone el jardín, pero no es más que hierba asquerosa mal cortada y una manguera. Son una madre y sus dos hijas, todas descalzas y vestidas de mercadillo. También hay un chucho pequeño y despreciable. Detienen el coche frente a la entrada. Una de las hijas dice algo en croata que él no entiende. La croata lo vuelve a repetir varias veces hasta que cae en la cuenta de que son turistas extranjeros. Entonces dice en inglés que no hay habitaciones. Se abre la puerta del coche y baja su cuñado empleando su flamante inglés de investigador de la Unión Europea. Dice que tienen una reserva. Las croatas dicen que no, que ellas no han reservado nada. Él se caga en la puta, pero a las croatas no parece importarles que sean las nueve de la noche, que no haya un albergue en cien kilómetros y que le duela la ciática horriblemente. Sabe que las croatas mienten, porque ha visto a su hermana reservar la habitación y sabe que le han alquilado las habitaciones al primero que pasó por allí. Su hermana les pregunta qué pueden hacer, pero ellas, bastante altivas, se encogen de hombros como si no fuese su problema. Y éste es el momento de que su cuñado justifique los euros que se gasta la Unión Europea en él. Va al coche y vuelve armado con un Ipad. Lo abre ante los ojos de una de las hijas y le dice que ellos tienen una reserva hecha con Booking. Ante el Ipad la croata reacciona como si la apuntasen con el palo de fuego. Su desdén altivo se esfuma y pierde la seguridad. Pero la ciencia de hombre blanco no ha hecho más que empezar. Su cuñado entra en internet y le enseña la reserva y amenaza con denunciar sus malas prácticas a Booking. En este punto habría que señalar que la única forma que tienen de alquilar las habitaciones en medio de la nada es a través de internet. Booking tiene unas normas muy estrictas y, si les llega una denuncia de que han dejado tirados a cuatro clientes en medio de las montañas croatas con una reserva avalada por ellos, con toda seguridad retirarán ese albergue de su página y a las croatas se les acaba el chollo. Por eso a la croata más joven se le quiebra la voz. Empieza a hablar muy rápido con su madre en croata y les pide cien mil veces disculpas en inglés. Su cuñado, que es buena persona, tampoco quiere humillar al enemigo vencido. Dice que ellos solamente quieren un sitio para dormir. Entonces las croatas empiezan una frenética ronda de llamadas telefónicas hasta que, quince minutos después, dicen que en su casa se puede quedar una pareja y que la otra puede ir a casa de su prima, que también la alquila. La casa de la prima es un poco mejor, pero no deben preocuparse porque les mantienen el mismo precio. A él le molesta un poco la actitud mezquina de las croatas y que, ante el palo de fuego del hombre blanco, haya aparecido de repente una habitación libre en su casa y unas ganas locas de agradar, pero está agotado y quiere descansar. Su cuñado y su hermana se quedan en casa de las croatas y él y su mujer en la de la prima que, efectivamente, es bastante mejor. Se dan una ducha y van a un restaurante del pueblo a cenar. Él quiere comer algo típicamente croata, a sabiendas de que es una actitud típicamente turística, y, en consecuencia, se pide un litro de cerveza croata y una carne que le recomienda la camarera. La cerveza croata no está nada mal, pero la carne resulta ser una especie de croquetillas de carne muy especiada que son una puta mierda. Luego le ofrecen un vaso de snaps y, como ha oído hablar de él en las novelas, accede. La decepción es mayúscula porque el snaps es poco menos que un aguardiente peleón. Se van a dormir.

Por la mañana paga la habitación a la prima. Él y su mujer le ocultan que las otras habían prometido mantener los precios pactados y pagan lo que realmente vale esta casa notablemente mejor y más cara porque la prima ha sido muy amable. Desayunan algo y entran en el parque. El parque es una sucesión de lagos en terrazas y naturaleza salvaje. Todo es muy bonito, pero él está hasta las pelotas del formato caminata y fotos y pararse cada cinco metros porque hay otro japonés que quiere inmortalizar su paso por la Dalmacia con su foto número cinco mil doscientas treinta y siete. No se lo pasa bien y está de notable mal humor. Dejan el parque al mediodía y paran en un restaurante en la carretera. Después de una caminata de cuatro horas está hambriento. Pide cochinillo al horno. La vianda estaría estupenda si no se la hubiesen servido con kétchup, pero consigue apartar la salsa y comerse sólo el cochinillo bien grasiento.
Parque Nacional de Plitvice

Por la tarde llegan a Opatija. Es la única estación que su mujer se ha puesto burra en incluir en el viaje. Opatija es un pueblo de costa para turistas. Él le está muy agradecido por la elección porque pueden meterse en el mar desde las escaleritas y descansar de tanto edificio viejo y paraje natural y fotos. Descansan, se emborracha un poco y se vuelven a Italia al día siguiente.

Opatija. Donde uno puede descansar y acceder al mar desde una plataforma de hormigón.


miércoles, 19 de marzo de 2014

Cuando la realidad se parece a la ficción. Segunda parte.



Cuando la realidad se parece a la ficción. Segunda parte.

          Ya he hablado de este tema en otro momento. En aquella ocasión me refería a la transformación de los espacios y al modo en que los adaptamos a la imagen que se espera de ellos. Ahora quiero hablar del comportamiento humano, de ese proceso por el cual las personas orientamos nuestra conducta en función de modelos simbólicos aprendidos.
           Es verano en un pueblo de la costa levantina. Estoy pasando unos días en casa de mis suegros. El calor es intolerable. Durante el día aniquila cualquier iniciativa y por las noches se me pega al cuerpo y no me deja dormir, ni siquiera doblando la dosis habitual de somníferos. Son las once y media de la mañana. Estoy en el despacho de mi suegro leyendo la prensa por internet. Sobre mi cabeza da vueltas un ventilador que imita los tonos caoba de los barcos de principios del siglo pasado. Estoy aletargado por culpa de la falta de sueño y el calor, pero tampoco importa mucho, porque apenas si hay noticias. Los periodistas, en Agosto, se van de vacaciones a la playa y, con ellos, la actualidad. Me resulta curioso este ejemplo de cómo los medios de comunicación construyen la realidad y pienso que podría escribir sobre ello, pero estoy tan cansado y mareado que mucho me temo que tendré que dejarlo para Septiembre, cuando vuelva a las amables temperaturas de mi tierra natal.
         Se abre la puerta y entra mi mujer.
        -He quedado con Raquel, Clara y Susana para comer en el chiringuito. ¿Te apuntas?
        Raquel, Clara y Susana son sus amigas de la infancia. El plan será pasar unas cuantas horas bajo el inclemente sol alicantino recordando viejas anécdotas de juventud. La respuesta es evidente.
        -No.
       Mi mujer me mira un instante en silencio invitándome a justificarme. Sus amigas son simpáticas, pero me da una pereza horrible pasar la tarde escuchando una sucesión de aventuras juveniles, todas debidamente deformadas para adecuarlas al gusto de su edad actual.
     -Hablaréis de cosas de cuando yo no te conocía. Nadie debería saber nada del pasado de su esposa.
     La frase suena falsa, como sacada de una novela decadentista, y mi mujer sabe que soy muchas cosas, pero nunca un Lord Henry o un Jean Floressas des Esseintes auténtico. Lo siento. Hace demasiado calor. Doy otra excusa más verosímil.
     -Ya sabes que el médico me prohibió tomar el sol.
     Esto sí que es rigurosamente cierto y ya no suena a que sus amigas me aburren mortalmente.
     -¿Entonces le digo a mi madre que comes con ellos?
     -No. –me apresuro a decir.
     Ella sonríe. Resulta curioso cómo uno puede decirle a su mujer que preferiría limpiar letrinas antes que comer con sus suegros y no que sus amigas le cansan. Supongo que se debe a dos razones: una, y quizá la más importante, es que ella también se aburre con sus padres; la otra es que no es responsable de haber escogido su parentela y sí de sus afectos.   
     -¿Y qué vas a hacer? -me pregunta.
     -Oh, oh. No te preocupes por mí. Ya me busco la vida.
      Ella dice “vale” y se va y ya no la volveré a ver hasta la noche.
     Sigo enredando por internet hasta la una y media. Poco después mi suegra empezará a cocinar y prefiero evitar la pregunta de si me prepara algo a mí. Me escabullo sin ningún remordimiento, seguro de que ella también prefiere tumbarse a su aire para ver la telenovela después de comer.
     Abro el portal. Me golpea una lengua de calor que me deja literalmente noqueado. Un sol ardiente cae a plomo sobre la acera sin dejar un resquicio de sombra. Por si esto no fuese suficiente, los aparatos de aire acondicionado de los comercios bombean chorros de aire caliente a la calle. Entonces tengo un momento de auténtica duda existencial: ¿Qué demonios puede hacerse en un pueblo de la costa alicantina en pleno Agosto si no es ir a freírse a la playa? Respuesta: nada. Por algo se le llama turismo de sol y playa.
      Me arrastro hasta el coche que tengo aparcado un par de calles más allá. Arranco y conduzco un rato con las ventanillas bajadas hasta que el aire acondicionado está listo. Subo las ventanillas. Se me escapa un gemidito de placer cuando la temperatura del habitáculo desciende hasta los veinticinco grados. Conduzco un buen rato, sin dirigirme a ningún sitio en particular, sólo disfrutando del fresquito. He dejado de sudar, pero una nueva duda vuelve a asaltarme. No puedo pasarme ocho horas conduciendo sin rumbo sólo para no pasar calor. La casualidad viene a rescatarme. Un cartel verde situado a la derecha de la carretera me avisa de un desvío a quinientos metros hacia un centro comercial. Cojo la salida. Allí seguro que hay aire acondicionado gratis.
       Paso una hora merodeando por la planta baja, parándome ante los escaparates y viendo cómo los turistas extranjeros gastan su dinero en ropa que podrían comprar igualmente en sus países de origen. Me siento en una zona de descanso e intercambio unos WhatsApps con colegas de Coruña. Luego me aburro y vuelvo a pasear. Los turistas extranjeros siguen comprando y pienso en cómo la globalización ha homogeneizado las actividades de ocio, hasta el punto de que nos lleva a hacer a miles de kilómetros de nuestras casas lo mismo que podríamos hacer a un par de manzanas.
    Tengo un poco de hambre. Como en casi todos los centros comerciales, la última planta está reservada para los cines y la hostelería. Deambulo entre los restaurantes de comida rápida excitando mi estómago con los aromas que lo inundan todo. Hay pizzerías, locales especializados en pollo, en comida china, en comida argentina, mejicana y varias hamburgueserías. Por supuesto, no hay ninguna arrocería ni ningún restaurante de comida valenciana. Si fuese un embaucador, aquí podría colar otro comentario como el que he hecho acerca de los turistas alemanes que compran zapatillas Nike en un centro comercial de Alicante. Pero lo cierto es que una arrocería aquí estaría de más. Un centro comercial es el ejemplo perfecto de lo que Marc Augé llamó “no lugar”, un espacio público aséptico, funcional e impersonal, concebido para una estancia tan limitada que no es más que un lugar de tránsito. Un espacio del anonimato. Nadie me conoce. Nadie se fija en mí. Sólo soy un cliente, un usuario. Un barecito tradicional, donde el camarero sirve chatos de vino del país con taquitos de mojama y me saluda por mi nombre, aquí sería un pegote. Paseo un ratito por los pasillos, disfrutando de esta momentánea aniquilación de la personalidad.
         Una chica bajita se me acerca con una sonrisa forzada y me invita a entrar en su restaurante. Lo observo unos segundos, evaluándolo. Es una hamburguesería que imita en todo a los restaurantes de carretera americanos de los años cincuenta. Las camareras visten de blanco y rojo, con unas minifaldas cortas con delantal, zapatillas de deporte y sombreros que parecen barquitos de papel. A la izquierda del local están las mesas, todas de metal rodeadas por butacas de cuero rojo. A la derecha hay una sucesión de taburetes también de cuero rojo enganchados en la parte baja de la barra. Hay carteles retro de Coca Cola y una máquina de sirope. Por el hilo musical suena una canción de Elvis. Cada detalle está tan cuidado que el conjunto parece sacado de un cuadro de Hopper. Acepto la invitación de la chica bajita de la sonrisa forzada.
       Me siento en la barra. Una camarera con el pelo negro recogido en una coleta me da la carta y
pone delante de mí un mantel de papel, una servilleta y un cuchillo y un tenedor. Observo todo el proceso con curiosidad, preguntándome cómo conseguirán que ese gorrito que parece un barquito de papel no se les caiga.
         -¿Qué quieres de beber? –me pregunta cuando termina.
         -Una cerveza estaría bien.
         -¿Budweiser, Blue Moon o Milawaukee?
         -La tercera. –digo al azar.
         -¿Milawaukee?
         -Sí.
         -¿Grande o pequeña?
         -Grande.
      La camarera toma nota en una hoja que deja frente a mí y me sirve un vaso de medio litro mientras tararea alegre la canción de Elvis. Luego me alarga la carta y se va. La oferta gastronómica es un auténtico homenaje al imperio de las barras y las estrellas. Hay hamburguesas y sándwiches de todo tipo, jambalaya, pot pies de pollo con curry, hot wings, apple pies, shoofly pies, brownies y hasta sirope de arce. Me decido por una hamburguesa con chili picante y patatas. La camarera está sacando hielo picado de una nevera con una pequeña pala de plástico y lo mete en el tradicional vaso de cristal de Coca-Cola, con la base estrecha, la copa ancha y unas ondas y la marca en relieve. Mientras lo hace sigue tarareando la canción que suena por el hilo musical, que ya no es Elvis, sino Willie Nelson. Cuando termina viene y toma nota de mi pedido, que apunta en una libreta. Deja una hoja frente a mí, junto a en la que había anotado la cerveza, y lleva otra a la cocina y la clava en un panel frente al cocinero. Por primera vez me fijo en él. Lleva una redecilla en el pelo y una camisa hawaiana y suda frente a la parrilla. Saco mi libreta y tomo algunas notas sobre los turistas que compran en el centro comercial.
        Como todo, me bebo otra Milawaukee y un brownie de postre. Cuando termino, la camarera me ofrece un café que no me atrevo a rechazar, no porque me guste el café, que no, sino porque no me atrevo a rehusar la infusión aguada que promete esa cafetera de cristal por no romper la armonía de la escena.
        No dejo de escribir ni un momento. Estoy a gusto. Las ideas fluyen con facilidad allí, a salvo del asfixiante calor. En el estéreo, además de Elvis y Willie Nelson, suenan Bill Haley & The Comets, Jerry Lee Lewis, Little Richard, Chuck Berry, Buddy Holly, Gene Vincent y Eddie Cochran.
        Termino a las cinco y media. La camarera que me atendió ya no está en la barra, sino en una caja que hay junto a la puerta. Cojo las notitas que ha ido apilando frente a mí y me dirijo hacia allí. Ella me sonríe, con su sombrero que parece un barquito de papel. Le entrego las notas.
          -Son diecisiete cincuenta. –dice.
          Le doy dos billetes de diez y dejo los dos euros y medio de la vuelta en la urna de las propinas.
          -No eres de por aquí ¿verdad? –pregunta apoyando los codos en la caja registradora.
          -No. –digo yo.
          -¿Estás de paso?
          -No lo sé. Supongo.
          -¿Supones?
          -Sí. Supongo que las vacaciones son estar de paso.
          -¿Eres escritor o algo así?  
          La pregunta me coge por sorpresa.
          -Oh. –digo.
          -Es que como no has parado de escribir, pensábamos que eras escritor.
     -Pues creo que no. Sólo escribía cosas de antropología. -Ella pone cara de no entender.- Una rama de la filosofía que estudia la cultura. –explico.
           Entonces ella asiente.
           -¿Eres profesor?
           -Sí.
           -Salgo a las once.
          Yo esbozo un guiño cómplice. No hablo de mi mujer por no estropear la magia del momento. Salgo del local.  Este conato de ligue como una escena de Grease ha sido la guinda perfecta a mi ración de cultura popular americana.

domingo, 16 de marzo de 2014

Cuando la realidad se parece a la ficción. Primera parte.

     Hay tres tipos de turismo :

    a) El turismo de sol y playa, que consiste, básicamente, en ir a algún lugar de costa donde haga mucho calor y pasar los días tomando el sol y emborrachándose en el chiringuito. Es un tipo de turismo muy popular en los países del norte de Europa, donde hace mucho frío y están bastante desinhibidos en el consumo de alcohol.

    b) El turismo de aventura, que consiste en practicar deportes extremos en algún remoto paraje natural. Es muy popular entre montañeros, ecologistas y demás inadaptados a la vida urbana moderna.

    c) El turismo cultural, que consiste en ver cosas de interés cultural. Como no hay una definición clara de qué es el interés cultural, este turismo es una combinación de visitas a museos y edificios de reconocido prestigio artístico, y una búsqueda desesperada de formas de vida distintas a la nuestra. Es una forma de turismo muy popular entre los sectores de la población con aspiraciones intelectuales. Este artículo versa sobre el modo en que la industria del turismo ha transformado estos lugares y el modo en que los percibimos.
    
    Monterroso, Vernazza, Corniglia, Manarola y Riomaggiore. Cinque Terre, una porción de costa bañada por el mar de Liguria. Cinco pueblos pescadores patrimonio de la humanidad conservados como unos de los más de la Riviera italiana. (Cfr. http://es.wikipedia.org/wiki/Cinque_Terre)

    Es Agosto. Estamos en Parma en casa de mi hermana. Hace muchísimo calor. Durante el día lo único que uno puede hacer es ver pasar el tiempo tumbado a la sombra. Por la noche bebo mucha cerveza, pero sudo tanto que no me mareo. Ana propone hacer una escapada de dos o tres días. Le pregunto a mi cuñado a dónde podemos ir. Él se toma un tiempo para sopesar la pregunta. Ni soy un inglés beodo ni un neohippie en busca de la armonía con la naturaleza. Sólo soy un profesor de instituto, y no hay nada con más aspiraciones intelectuales que un profesor de instituto.

    -Yo iría a Cinque Terre. –dice.

    Yo me iría a tomar por culo con tal de salir de Parma. Reservamos un apartahotel por Booking.

   Llegamos a la Spezia a media mañana. Por lo que he visto en internet, el apartahotel está a unos diez kilómetros de Riomaggiore, el pueblo más occidental de Cinque Terre, en lo que antaño fue una ladera de vides. Desperdigadas por las terrazas, están las casitas individuales donde se alojan los turistas. Pequeños senderos de grava flanqueados por setos y flores serpentean entre los edificios. Y todo con una impresionante vista al mar abierto. Un lugar idílico para pasar un fin de semana romántico. Conducimos unos veinte minutos por una carretera estrecha.

    -Es ahí, es ahí, es ahí. –dice Ana que ha reconocido un cartel con el nombre de los apartahoteles.

    -¿Dónde está el parking? –pregunto. Porque en internet decía que tenía parking ¿no?

    Al fin, después de dar muchas vueltas, damos con un descampado, unos cien metros carretera arriba, donde alguien ha puesto un palo con un cartel de cartón y una P dibujada a mano.

    -Esto no es exactamente un parking. –digo.

    -Ya. –dice Ana.

    Cargamos la maleta bajo un sol de justicia, casi tan inclemente como el de Parma, y bajamos un tramo de escaleras hasta la recepción, que es una caseta de madera de dos metros de ancho con una puerta desvencijada.

    -Está cerrado. –digo.

    -Ya. –dice Ana.

    -Son las doce del mediodía.

    -Ya.

    Nos sentamos en las escaleras a esperar. El sol me empieza a enrojecer la nuca. No se ve un alma.

    Tres cuartos de hora más tarde oímos el ruido de una scooter y poco después aparece un chaval de unos dieciocho años con un bacenillo en una mano y una bolsa de plástico en la otra.

    -It´s closed. –dice.

    Deberían darle un premio por una observación tan perspicaz.

     -¿Parlé vous français? –pregunta Ana.

    -No. –responde él.

    -¿Y español? –pregunto yo.

    -Sí, sí, claro.

    Resulta que el muchacho del bacenillo y la bolsa de plástico es colombiano. Nos informa de que el jefe ha salido y que no sabe cuándo volverá. Él sólo es el cocinero.

    -¿Y no puedes abrirnos tú? –le pregunto.

   -No tengo llaves. –responde.

   Nos volvemos a sentar en las escaleras. El colombiano desaparece.

    Como una media hora después llega el jefe, un italiano muy atildado que habla español perfectamente.
Nuestro bungalow/galpón
Nos toma los datos y nos indica el camino hacia nuestro bungalow. Para ser sinceros, habría que decir que las fotos que vimos por internet eran un poco generosas. Los senderos no son de grava, los setos están mal cortados y no hay flores. El bungalow no es más que un cobertizo con una ventana y el espacio justo para una cama de cuerpo y medio, una minúscula cocina de gas y el baño, que es lo mejor. Pero nuestro entusiasmo no puede decaer. Somos viajeros en busca de esencias culturales y este apartahotel está en una terraza de vides milenarias con vistas al mar que Boccaccio cita en el
Decameron.


    Dejamos la maleta y volvemos a recepción. El dueño del hotel nos pregunta si tenemos pensado ir a alguno de los pueblos de Cinque Terre. Tengo que morderme la lengua para no contestarle que no, que hemos hecho dos mil kilómetros para sentarnos en su escalerita.

   -Es que el autobús no pasa hasta dentro de hora y media. –dice.

   -Hemos venido en coche. –repongo.

  -Sí, sí, pero… -dice; y nos informa de que los cinco pueblecitos de Cinque Terre tienen prohibido el tránsito rodado. Hay que dejar el coche aparcado a las afueras y recorrer más de un kilómetro andando. Además, hay que pagar un precio abusivo por aparcar y es prácticamente imposible encontrar sitio. Por eso hay que ir a Riomaggiore en un autobús comarcal y allí sacar el bono de un tren de cercanías que mantiene unidos los cinco pueblos. Me cago en mi cuñado y me cago en las aspiraciones intelectuales de los profesores de instituto. Salimos abatidos de la minúscula caseta de la recepción.

    -No pienso pasarme el fin de semana en autobús. –digo.

    -Ya. –dice Ana.

    Tras unos minutos de deliberación, decidimos arriesgarnos con el coche.

    Como pronosticó el dueño del hotel, aparcar cerca de Roimaggiore es imposible. Hay coches amontonados a lo largo de varios kilómetros de una carretera tan empinada que bien podría pasar por un puerto de primera categoría del Giro de Italia. Cada doscientos metros hay una máquina de la hora. Dejamos el coche en el quinto pino y bajamos andando.

    Riomaggiore son cuatro callejas con casas pintadas de colores y una bahía muy pequeñita. Damos una vuelta por el pueblo, observando los edificios, a la gente y la bahía de roca que hay al final. Desde la perspectiva de la industria, Riomaggiore es una auténtica factoría del turismo cultural. Hay miles de turistas, unos paseando, otros sacando fotos y muchos gastando su dinero en las tiendas de souvenirs y en los restaurantes de pescado y marisco.

    -Este pueblo no tiene nada de tradicional tiene. –comento.

    -Ya. –dice Ana, que pasa olímpicamente de mí y hace fotos a las cosas que le gustan.

    -El concepto de turismo cultural ya resulta paradógico en sí mismo. –continúo yo, ya sin hablar con nadie en particular- Porque el turista busca lo tradicional, que es lo que se opone a lo moderno, y el turismo es un fenómeno moderno.

    Ana se detiene ante un edificio con unos arcos en la planta baja. Como en el barrio del Berbés de Vigo, hace años estos soportales se usaban para guardar las barcas de pesca. Hoy en día han sido transformadas en tiendas por el procedimiento de llenarlas de cosas inútiles. Pero el truco funciona, porque hay montones de personas entrando y saliendo con bolsas, convencidísimos de que han encontrado la milenaria Italia rural, y no haciendo una vulgar transacción económica como la que hacen a diario en el supermercado.

Tiendas en soportales
    Espero a que Ana acabe de sacar fotos y bajamos hasta la bahía. Allí, hay varias personas tomando el sol
Barcas que sólo sirven para darse una vuelta.
y bañándose. Me siento a observarlos. Enfrente, en el medio de la bahía, hay unas barcas de madera que antaño fueron de pesca y que hoy sólo sirven para que los jóvenes se den una vuelta. Pienso melancólicamente en el honesto turismo valenciano, con un buen chiringuito, la canción de Georgie Dann y extranjeros borrachos que no tienen que disimular para cogerse un buen pedo y quemarse al sol. Ana me saca una foto.


    Es hora de cenar. Escogemos un poco al azar uno de los restaurantes. Tampoco importa mucho, porque son todos absolutamente iguales: estructuras de madera, cartas con frutti di mare y vino blanco. A nuestro lado, turistas recién duchados disfrutan de la cocina tradicional de Liguria, pescados y mariscos recién traídos del Carrefour. El vino no es muy bueno. Un señor con un sombrero redondo de paja, camiseta de rayas horizontales y fajín rojo nos ameniza la cena con una romanza. Es el momento de que suelte la frase que da título a este artículo.

    -Es curioso cómo la realidad se parece a la ficción. Hace cien años Riomaggiore sería miserable. Ahora, con el tirón del turismo, han montado todo el pueblo para que los visitantes encuentren el sabor tradicional italiano. La pobreza de ayer es el chollo de hoy.

    -Ya. –dice Ana.

    La cuenta es un clavo. No dejamos propina. Volvemos al apartahotel y dormimos.

    Por la mañana echamos cuentas. La factura de la cena ha desbaratado nuestro presupuesto. Decidimos acercarnos a la Spezia, comprar en un supermercado un bocadillo y algo para cocinar en nuestro bungalow de cena. Vamos al súper, dejamos la compra en la nevera y nos vamos a Riomaggiore con nuestros bocadillos. Yo estoy muy contento porque he comprado una botella de cerveza de siete euros y ya me estoy relamiendo pensando en la cena.

    Aparcamos en el quinto pino y bajamos esa cuesta digna del Giro de Italia. Vamos a comprar el bono del tren de cercanías. Me quedo sorprendidísimo cuando veo que la estación del tren es exactamente igual que una estación de metro de Goya. Hay tornos y gente en los andenes esperando que llegue el tren. Entiendo que la industria turística de Cinque Terre tiene que tener infraestructuras para atender a los miles de viajeros, pero esperaba que por lo menos disimularan un poco. Una locomotora de hierro o algo así, no un vagón de metro.

    Decidimos olvidarnos del tren e ir en coche de pueblo en pueblo. No pagaremos un solo ticket de parking. Si hay multa, ya nos arreglaremos cuando nos llegue a España.

    Pasamos el día entero subiendo y bajando cuestas, sudando como pollos, Ana sacando fotos a cosas que le gustan y yo haciendo comentarios de sabiondillo. Manarola, Vernazza, Cornigglia y Monterroso son exactamente iguales que Riomaggiore: si han conseguido colarnos sus casas viejas como producto cultural es porque, en su momento, eran tan pobres que no tenían dinero para hacer algo mejor. En este sentido, el feísmo gallego, con esos horrendos portales de aluminio, ha sido una mala inversión a largo plazo.

Manarola
    De noche volvemos, cenamos en la terraza, pero es de noche y no se ve el mar. La cerveza, pese a los siete euros, es una mierda. No me gustan las cervezas demasiado alcohólicas.

    El Domingo volvemos a Parma y no pasa nada más, salvo que en recepción nos encontramos con una pareja de Toledo que, al reconocer a unos paisanos, nos interceptan para darnos la tabarra. Están emocionadísimos con el hotel que les parece lleno de encanto. Ella está tan impaciente por ir a los pueblecitos de costa que casi se hace pis. Yo no digo nada y Ana dice “ya” y nos despedimos deseándoles una estancia feliz.

    El lunes, en Parma, comienza la verdadera cultura italiana, la de los trabajadores que conducen una hora por una carretera de circunvalación para pasarse ocho o diez horas en la oficina, delante de un ordenador, con una parada a media mañana para tomar un café. Por las tardes van a cafeterías, donde toman un cerveza fría, como hacemos los coruñeses, pero eso, que es exactamente la cultura italiana porque es la forma que tiene de vivir el 90% de los italianos, no tiene interés cultural, no tiene el aroma de lo tradicional. Nadie se haría dos mil kilómetros para ver lo que hace él mismo todo el año y por eso hay que montar una opereta como la de Riomaggiore.

Turistas que necesitan un mapa para orientarse
en un pueblo de veinte casas.
Curro, con un elegante modelo rojo,
 observa a la gente.

    No quiero terminar este artículo en el que reflexiono sobre el modo en que construimos los paisajes en función de lo que esperamos que sean sin hacer referencia a Allariz, ese pueblo de Orense, premio europeo de urbanismo, que es como la Disneylandia del nacionalismo.



    P. D. Si os interesa el tema, podéis leer El viaje imposible de Marc Augé. (http://ebiblioteca.org/?/ver/58351)