lunes, 4 de agosto de 2014

Haz turismo

Haz turismo

    En verano nadie me lee. Normal. La gente está de vacaciones y no aburridos en la oficina con tiempo suficiente para fisgar un rato por internet, a ver qué me cuenta Curro. Además, están aquí, en mi casa, mis cuñados y mis sobrinos, y no me apetece ponerme a escribir. Pero esto del blog hay que mantenerlo actualizado con, al menos, una publicación a la semana -eso es lo que me han dicho-. El Sábado, durante una comida de colegas, un amigo me dijo:
    -Deberías publicar el correo de Londres. Fue el mejor de todos.
    Se refería a aquella época en la que yo no sabía ni que existían los blogs y les mandaba correos electrónicos a mis amigos contando mis andanzas. 
    Y como en verano nadie me lee y no me apetece un pimiento ponerme a escribir, lo que me dijo ese amigo en aquella comida me sirve como excusa perfecta. 
    Ahí va la crónica de un viaje a Londres que hice hará unos diez o más:


Todo empieza el Jueves por la mañana. Carreras y colas intolerables en el aeropuerto para coger un vuelo barato. Azafatas pseudoguapas tratándonos como ganado en el mercado y un retraso considerable, soportado de pie, en una cola que no se mueve y a la que no le dan explicaciones.
Una vez embarcado, justo antes de despegar, asistimos a la primera de la infinitud de escenas costumbristas que pueblan cualquier viaje turístico:
A pesar de que no paran de repetirnos de que el avión es el medio de transporte más seguro, una azafata abiertamente fea, a la que una capa de maquillaje de dos dedos deforma la cara y hace parecer una careta de plástico, se planta en el medio del pasillo del avión. Por el hilo musical se oye una voz sin modulación, como las de la megafonía de los supermercados o la de los servicios de atención al cliente de las compañías de telefonía móvil. La voz nos prepara para todo tipo de desgracias y catástrofes, como descompresión en la cabina y la necesidad de aplicarse a la cara una máscara de oxígeno que parece una maceta de plástico, una posible caída al mar y un chaleco salvavidas que no nos salvará de una horrible muerte por hipotermia, o un sangriento accidente al aterrizar del que hay que salir tirándose por un tobogán amarillo. Mientras la voz nos va sugestionando con todos los terrores del noveno círculo del infierno de Dante, la azafata se aplica la maceta a la cara, se pone el chaleco, finge tirar del cordelito que lo hincharía, y nos señala las puertas de emergencia, con la mirada cansada y la falta de interés de los ejercicios repetidos una y otra vez. Yo, que soy bastante aprensivo, y que no había tenido nunca en mi vida miedo a volar, no puedo evitar sugestionarme y agarrarme con fuerza al apoyabrazos. Trato de no mirar a la azafata y me fijo en el asiento de delante. No hay manera. Frente a mí, cuelga un cartelito pictográfico en el que se representa el avión ardiendo, un hombre poniéndose una máscara de oxígeno entre las llamas y, por supuesto, una señora tirándose por el tobogán amarillo.
Después de dos horas encajonado en cinco centímetros cuadrados, sin poder estirar
Lo que podia haber sido mi viaje.
A mí, por supuesto, no me dieron vino.
las piernas, con una señora que ronca a mi lado y un portugués borracho que grita sin parar “Vámonos amigo” sin dirigirse a nadie en particular, llegamos al aeropuerto de Stanted. Allí cogemos un tren de cercanías que nos lleva hasta la city. El trayecto cuesta, exactamente, doce libras y media por barba -unos dieciocho euros, tres mil pelas- y tarda, más o menos, una hora. Vamos a buscar a la prima de mi mujer. Comemos en el restaurante en el que trabaja y me tomo un par de pintas mientras esperamos que acabe y nos lleve a su casa. En el piso viven tres tías y un chico. Todos entre los veintitrés y los veinticinco años. Dado el porcentaje de relación entre hombres-mujeres, uno pensará que sería un hogar pulcro, aseado y acogedor. Nada de eso. Se trata de una pocilga infame. Afortunadamente, mis años de estudiante en Valladolid me han preparado para lides como ésta, y los cuatro son gente muy simpática y acogedora –además de que cada uno tiene su casa como le da la gana-.
Pasamos la tarde imitando las sugerentes fotitos de las agencias de viajes, con un paseo tranquilo por las orillas del Támesis viendo la puesta de sol. Desgraciadamente, en acciones como ésas no hay nada que hacer salvo eso: caminar y mirar el sol que se pone –y puestos a ser puntillosos, me duelen los pies y mirar al sol directamente duele-.
Nos tomamos un par de pintas en pub y nos vamos a dormir.
El plan del día siguiente pasa por visitar el mercado de Candem y el British Museum. Yo he cogido el vuelo como todo buen turista: dispuesto a confirmar todos los tópicos que uno espera ver en Londres, para soltárselos luego a las amistades, muy pagados de nosotros mismos, mientras nos tomamos unas cañitas en el bar de abajo. Espero ver ingleses borrachos a todas horas en los pubs, comer una comida de mierda, un rollo muy cosmopolita, con tipos extravagantes poblando la ciudad como si tal cosa, etc… Los dos primeros tópicos se cumplen sin más, pero en cuanto al tercero, tengo que reconocer que se ven más pintarrajas en la calle del Orzán, cuando los provincianos coruñeses tratamos de imitar a los supercosmopolitas londinenses. En el mercado de Candem, los turistas por lo menos les sacaban fotos a los excéntricos como a los monos en el zoo.

El supermegachachi mercado de Candem

Paseamos por las callejas de los antiguos establos reconvertidas en mercado de ropa. Oigo hablar más español que en muchos pueblos gallegos. Los puestos ofrecen exactamente los mismos productos que la tienda Chispas de la calle de la Barrera, con la única diferencia de que cobran en libras –más caro- y hay que entenderse con el dependiente en inglés chapurreado. A las dos horas me entra hambre. En un lateral del mercado hay decenas de puestos de comida pseudoexótica –Siam, Turquía, Tailandia, China…-. Todos ofrecen manduca que sabe exactamente igual –popurrí de especias- y que amenaza con una digestión larga, pesada y peligrosa. Es la versión descafeinada para turistas de la escena de Blade Runner, cuando Decker, con tubos de neón por todas partes, se sienta bajo la lluvia frente a un oriental y llega el policía para buscarlo. Aplicamos el nefasto refrán de “allí donde fueres, haz lo que vieres” y nos pedimos dos bandejitas. Nos las tenemos que tomar sentados en la acera, porque no hay un centímetro cuadrado sin ocupar por turistas, que buscan desesperadamente una prenda original, con la que asombrar de vuelta a sus paisanos. Las peores previsiones se confirman con una crueldad casi insorportable: exceptuando la cantidad intolerable de especias, el contenido de las bandejitas sabe a plástico y la digestión dura más de tres horas de boca seca y una pesadez estomacal que casi no me deja ni andar. Pero nada puede con nuestro inagotable entusiasmo de turistas. Nos damos un último paseíto por los puestos más humildes, los que están al aire libre. Fuera, en medio de la calle, hay un individuo jugando con un diávolo, como hacían los okupas en la plaza de Pontevedra hace diez años. A mí, el diávolo siempre me ha parecido un yo-yó un poco sofisticado, así que no le doy una limosna.
En la acera atestada de gente, sobre los miles de cabezas, sobresalen dos carteles de anuncio, como dos pancartas en una manifestación de comisiones obreras. Los carteles anuncian una tienda de botas militares y otra de piercings y tatuajes. Junto a los carteles se levantan dos orgullosas crestas punkies, una amarilla y otra azul. Bajo las crestas hay otros tantos individuos bastante bien alimentados y moderadamente limpios, pero con sus chapitas y sus parches con soflamas antisistema. Junto a los punkies hay una pandillita de cordobesas. Están entusiasmadas con el mercado porque hay puestos con gente todos los países, como si la Mezquita de Córdoba la hubiesen hecho Dragados y Construcciones S.A.. Una les enseña a sus amigas una cazadora vaquera que ha comprado tras un regateo durísimo en un puesto de unos turcos. Todas actúan como si no viesen a unos individuos que llevan una cresta de colores llamativos de medio metro de alto. Tal momento de autorrealización tiene, por fuerza, que ser inmortalizado con una fotito digital que pasar luego en el ordenador de la universidad. Una saca la cámara y dispara. Un punkie, que estaba tranquilamente a su rollo, bebiéndose una coca-cola –sí, una lata de coca-cola, no vino a morro directamente del brik- se muestra ofendidísimo porque dice que le han sacado la foto a él. Aprovecho para decir que, si no quieres que te vean y te miren, no vayas con una cresta de medio metro al lugar más concurrido de la ciudad más concurrida de Europa. El punkie las insulta en inglés.
-Fuck off, Fuck you…- y todo eso.
No se cabrea mucho, porque está trabajando con su pancarta-anuncio, y tampoco es plan de apalear a unas universitarias españolas de bastante buen ver. Se contenta con sus insultos y se va.
-Estoy acojonadísima, tía… Pensé que nos iba a pegar. –oigo decir a una de las cordobesas.
-Ya.
Tampoco se las ve demasiado alteradas. En la lista de elementos folclóricos que hacer en Londres, pueden tachar ser insultadas por un punkie, entre tomar una pinta en un pub tradicional y asistir al cambio de guardia en Buckingham Palace.

Punkies trabajadores.
Elemento folclórico.

Nos metemos en la boca de metro camino del British Museum. Del metro de Londres habría mucho que hablar, del precio a todas luces abusivo para un transporte público– cuatro libras, cinco euros, por un viaje sencillo- del indescifrable sistema para orientarse que parece hecho por un judío cabalista o cualquier otro iniciado en el arte hermético, etc… Pero no os aburro. Llegamos al museo. Resulta curioso que lo llamen Museo Británico, porque allí, británico, sólo es el suelo. Un museo define el país que lo alberga. En este caso, un país depredador. Me sorprendería saber que en Grecia, Persia, Turquía, Pakistán, La India, China, o cualquier otro país colonial quedase algo que ver. Aparte de lo típico –los restos del Partenón, La Piedra Roseta y todo eso- me dejan flipado los bajorrelieves de Nínive y el toro alado que se trajeron de la ciudad asiria de Korshabad. Todo esto os puede parecer una chorrada, pero quiero recordaros que son imperios y ciudades que salen en la Biblia. Me río de los multimillonarios americanos que compraban un castillo escocés y lo transportaban y montaban en Atlanta para disfrute personal. Estos tíos se han traído una ciudad bíblica, y no se trajeron de paso a Dios porque no se lo propusieron.
Aquí también asistimos a varios cuadros folclóricos, como adolescentes hiperhormonadas de medio mundo gritando y corriendo, o gente sacándose fotos delante de los monumentos, como si su palabra no bastase para constatar que habían estado allí, etc…

Chorradita que se puede ver en el British Museum como si tal cosa.

Otra.

Y otra.

Y otra más.


El día siguiente es más o menos como el que precedente, con visitas turísticas y paseítos por la city, con la única excepción de que quedamos con R –un amigo- en el mercado de Portobello. R se comporta como un hoollygan y se bebe cuatro pintas antes de comer. Yo le acompaño, pero antes tengo la tentación de probar una cerveza Ale. Le pregunto a R qué tal está y me responde:
-Una mierda. Es como si pides una pinta normal, la sacas ahí –señala una mesa de la terraza del pub que se tuesta al sol- y vuelves mañana a por ella y te la bebes.
Constato que tiene razón y me paso a la cerveza tradicional con la promesa de no volver a hacer lo que viere donde fuere.
No cuento más que esto ya es demasiado largo. Sólo una pequeña reflexión a modo de conclusión:
En esto de viajar, como en el resto de los aspectos de la vida, hay mucho cuento. Basta con decir paridas con cara seria.

Pero todo me sirvió para esa colección de frescos que es el libro de la miseria del hombre.




 P.D. La mayoría de los que leéis mi blog seguro que ya conocéis este correo. Pero como nadie me lee en verano, así hago la cuota de publicaciones semanales sin tener que esforzarme mucho.




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