lunes, 14 de abril de 2014

Discurso oculto. Segunda parte.

                El boletín de notas de la primera evaluación cayó como una bomba de neutrones en la urbanización de las afueras. Ocho suspensas. El borrico de Sergio había suspendido hasta Música y Educación para la Ciudadanía. Conchi, completamente enajenada, no esperó a que su marido regresase a casa para tomar la primera medida. De pie en el salón, con el boletín de notas aún en la mano, le cruzó la cara de un bofetón. Sergio, sorprendido, se llevó la mano a la cara y dio un paso atrás, como si no reconociese a la persona que tenía delante. Pero su torpeza en los estudios había roto algo más que su responsabilidad de adolescente. Había resquebrajado el sueño de su madre que, por primera vez en su vida, atisbó la posibilidad de que su niño no llegase a ingeniero. Fue tras él y comenzó a golpearle sin orden ni concierto, con la mano abierta, con el puño cerrado y hasta trató de tirarle del pelo.
                -Sube ahora mismo a tu cuarto. –dijo Conchi con lágrimas en los ojos.
                Luego telefoneó a su marido al trabajo. Él le prometió que iría a casa en cuanto tuviese la oportunidad y le ordenó que se tomase un Valium. La siguiente llamada le tocó a él.
                -Tienes que venir inmediatamente. Tienes que venir ahora.
                Fue un intercambio rápido. Colgaron.
                -¿Qué pasa? –le preguntó Ana, que por aquel entonces aún era su novia.
                -Esa puta loca, que quiere que vaya a su casa.
                -¿Y qué vas a hacer?
                El teléfono colgado impedía oídos indiscretos. El discurso oculto emergió con naturalidad.
                - Por la mierda que me pagan, por mí como si hacen un canutillo con el boletín de notas, se lo plantan en el culo y le prenden fuego como una vela en una tarta de cumpleaños.
                Cuando llegó, la familia estaba reunida en el salón grande. Conchi, a pesar de haber tomado un par de barbitúricos, seguía notablemente alterada, y Sergio, más acojonado que otra cosa, los miraba a todos sentado en el tresillo al lado de su padre.
                -Dios mío, Dios mío, Dios mío. –Conchi daba vueltas por la habitación como si no supiese muy bien a dónde ir- ¿Qué vamos a hacer con este? –fulminó con la mirada a su hijo.
                -Creo que debemos calmarnos. Aún tenemos seis meses por delante. –dijo él.
                El padre de Sergio soltó un bufido.
                -Ocho suspensas. Ocho suspensas. –repitió Conchi.
                -Hay tiempo de sobra para reconducir la situación. –insistió él, ya totalmente metido en su papel de buen chico.
                Y entonces Conchi, sin darse cuenta, dejó al descubierto parte de su discurso oculto.
                -Dios mío, qué vergüenza. –dijo.
                La charla se prolongó durante más de dos horas y media. Se castigó a Sergio sin salir de casa en todas las Navidades. El profesor particular seguiría yendo todas las tardes. Las mañanas serían para el estudio individual. Por supuesto no habría ni un solo regalo ni por Papá Noel ni por Reyes.
                Conchi mantuvo su palabra más o menos durante cuatro días. La mañana del quinto dejó que su hijo fuese por la mañana a jugar al baloncesto con sus amigos. El sexto, un poco avergonzada por haberle golpeado en aquel ataque de enajenación, le dio un beso durante el desayuno. Y, por fin, el veinticinco de Diciembre, Sergio fue definitivamente redimido cuando, por la mañana, amanecieron, junto al zapato que había dejado bajo el árbol de Navidad, unas zapatillas Nike, unos Levi´s, dos juegos para la Play Station y una gorra de béisbol.
                A medida que esto iba pasando, la ira de Conchi se redirigía hacía el sistema educativo en general y su colegio en particular. Concertó una entrevista con el tutor de Sergio nada más terminar las vacaciones, entrevista que se repitió regularmente cada quince días hasta el final de la segunda evaluación. Estas  entrevistas sólo modificaron ligeramente las calificaciones –seis suspensas en la segunda evaluación, en lugar de las ocho de la primera-, pero sirvieron para convencer definitivamente a Conchi de que el culpable del fracaso era  el colegio y no su hijo.
                -Tienes que venir conmigo a hablar con ellos. Tenemos que hacer todo lo posible para que Sergio no repita curso. –le dijo un día al profesor particular.
                Obvia decir que la idea no le entusiasmó, pero como Conchi no volvió a aludir al tema en las siguientes dos semanas, albergó la esperanza de que se hubiese olvidado o simplemente hubiese desistido. Pero fue en vano. Un Domingo por la tarde recibió una llamada telefónica en la que Conchi le informaba de que había quedado el Lunes con la jefa de estudios. Había decidido puentear al tutor porque “ese no pinta nada”.
                 Llegaron al colegio unos diez minutos antes de la hora fijada para la cita. Atravesaron el aparcamiento y se dirigieron a la puerta de entrada. En su garita, el bedel dormitaba aburrido. Conchi se anunció. El bedel descolgó un teléfono, intercambió unas palabras con alguien y les pidió que le acompañasen a una especie de descansillo contiguo a la puerta de entrada. La jefa de estudios estaba reunida, pero, en cuanto terminase, los atendería. Conchi y él se sentaron en unas sillas bajas de cuero negro. No hablaron. Ella porque estaba nerviosa, él porque estaba de mal humor. A través de la ventana se veía el patio, donde grupos de alumnos jugaban y charlaban. Los miró con envidia pensando en que ellos no tenían que desempeñar un papel de profesor particular preocupado ante una jefa de estudios y una madre desquiciada. Y luego se fijó en sus uniformes y recordó los tiempos de su adolescencia. La dualidad entre el discurso público y el oculto llega hasta cosas tan triviales como el uniforme. En el discurso público los uniformes sirven para igualar a los alumnos y evitar así discriminaciones. Esto no es más que una farsa. Los adolescentes siempre encuentran excusas para crear jerarquías, por el modo en que uno se pone la sudadera o la marca de zapatillas que lleva. La verdadera función del uniforme no es hacia el interior del colegio, sino hacia el exterior. Es un símbolo de estatus, para que los demás puedan reconocer a los niños de colegios de pago.
                La jefa de estudios los recibió en su despacho. No se levantó a saludarlos ni lo miró cuando Conchi lo presentó como el profesor particular de Sergio. El despacho era una sala amplia, con un impresionante escritorio de roble y una silla alta con filigranas y cuero verde donde se sentaba la jefa de estudios. Las dos sillas reservadas para los visitantes eran más humildes, apenas una almohadilla de tela sobre una plancha de aglomerado. Colgado en la pared de la izquierda había un retrato enorme de Marcelino Champagnat sosteniendo un crucifijo con la mano y mirando hacia abajo a algo que quedaba fuera del cuadro. En la pared del fondo, justo encima de la cabeza de la jefa de estudios, había otro crucifijo con un Jesucristo de color blanco colgado de una cruz de madera. Y en el pecho de la jefa de estudios, sobre un jersey de lana de angora verde botella, había un tercer crucifijo, éste de oro. La jefa de estudios se recostó en su silla y miró a Conchi.
                -¿Qué pasa con Sergio? –preguntó.
                Conchi comenzó a explicarle su particular versión de los hechos. La jefa de estudios la escuchó con cortesía. Él miraba a una y a otra. Conchi le había dejado meridianamente claro que estaba allí en calidad de testigo de que Sergio era un chico brillante que fracasaba porque las estrategias de enseñanza estaban fallando con él, pero no se decidía a intervenir. La jefa de estudios esperó a que Conchi terminase con su discurso.
                -¿Ya está? –preguntó; y entonces comenzó ella con su perspectiva del problema.
                Su alocución fue bastante larga, llena de circunloquios y buenas palabras, pero resultaba evidente que habían decidido que Sergio repitiese curso y poco importaba lo que Conchi y el profesor particular pudiesen decir o hacer. Asimismo, estaba claro que estaban hartos de Conchi y que si la recibía la jefa de estudios sólo era porque tenía la autoridad suficiente para ofrecer un trato: en caso de que reconsiderase la continuidad de su hijo en el colegio el curso siguiente, podían echarle un cabo en Septiembre para que no tuviese que repetir. La oferta dejó a Conchi totalmente fuera de juego. Abrió la boca como si fuese a decir algo, pero no salió nada y luego la cerró. El efecto fue como el de un pez que boquea varado en la orilla. A la vergüenza de que su hijo pudiese repetir curso, se sumaba la humillación de que el colegio de pago se quisiese deshacer de ellos. El profesor particular no sabía muy bien qué decir. A su lado estaba el patrón que le pagaba doscientos cincuenta euros al mes; al frente alguien que podría darle la oportunidad de cambiar de trabajo, de convertirse en un trabajador con nómina y derecho a vacaciones pagadas, aunque para ello tuviese que fingir ser un buen católico, gente de orden. Hubiese traicionado sin ningún remordimiento a Conchi, pero la posibilidad de que lo contratase la jefa de estudios era demasiado remota como para romper definitivamente con su actual patrón. Se dispuso a soltar un pequeño discurso que salvaguardase los intereses de Conchi, y que, al mismo tiempo, lo hiciese brillar ante la jefa de estudios.
                -Pero algo habrá que podamos hacer para reconducir la situación. Yo estoy de acuerdo en que Sergio es el chico más falto de motivación que he visto en mi vida, pero…
                La jefa de estudios ni tan siquiera se molestó en mirarlo.
                -Tú eres muy joven. No creo que hayas visto muchos alumnos. –le cortó; y siguió hablando hacia Conchi.
                Le hubiese gustado tener algo que contestar, pero lo cierto es que encajó el golpe en silencio y, a partir de ahí, ya no pudo apartar la vista del crucifijo de oro que rodeaba su jersey de lana de cuello vuelto y caía desafiante sobre el pecho. Otra vez humillación y rencor, los motivos que, según James Scott, mueven a la rebelión de los desfavorecidos.
                Conchi y él fueron a tomar algo a una cafetería que había cerca del colegio. Poco a poco ella fue recuperando la calma, pero, a medida que lo hacía, iba siendo consciente de la humillación. Entonces le recriminó no haberla apoyado con más fuerza. Oír aquello después de lo que había tenido que aguantar era el colmo, pero no se lo dijo. Sólo se excusó aduciendo que enfrentándose a ellos no conseguirían nada y que lo importante en aquel momento era ganarse su favor. Aquel argumento pareció convencerla.

                -Que cambie a Sergio de colegio. –dijo- ¿Quién se cree que es? Si todos sabemos de dónde viene… -y entonces, humillada y rencorosa, Conchi compartió con él parte del discurso oculto. La jefa de estudios no siempre había sido jefa de estudios de un colegio de prestigio, y, desde luego, no siempre había sido así de soberbia. Hija de un maestro albañil, se había casado con el antiguo bedel del colegio, el que estaba antes del que los había recibido. Estudió magisterio y durante diez años no faltó un solo domingo a la misa de los hermanos maristas y colaboró intensamente con la obra dando catecismo. Luego había hecho alguna que otra sustitución temporal cuando un profesor caía enfermo y, después de varios años, los hermanos maristas la habían contratado como personal subalterno, para que hiciese un poco de todo, desde continuar con las sustituciones, a encargarse del comedor escolar. Por aquella época, su marido tuvo un accidente laboral que lo retiró definitivamente. Al año siguiente fue ascendida a profesora de religión y a los cinco a profesora de lengua en los cursos más bajos. Al fin, tres años antes de la entrevista que acababan de tener con ella, había llegado a su máximo esplendor cuando la nombraron jefa de estudios. Por supuesto, durante todo aquel tiempo, no faltó un solo domingo a misa y colaboró con la orden dando catecismo y ofreciéndose para acompañar a los chicos en los retiros espirituales.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario