lunes, 3 de marzo de 2014

¿Por qué nos gusta el fútbol?
El fútbol nos gusta porque es un rito de inversión, como el Carnaval o Halloween, de esos que fortalecen los lazos del grupo y nos reafirman en sus valores. Y eso siempre mola.
1ª FASE: SEPARACIÓN.
Según Arnold van Gennep, todo rito de paso empieza con una primera fase en la que se expresa simbólicamente el apartamiento del individuo del orden establecido.
Estoy en casa. He acabado de comer. Trato de ver la televisión, pero no consigo concentrarme. Fumo dos pitillos. Todavía quedan cinco horas para el derbi y esto me tiene inquieto. Al final, no puedo resistir más. Me pongo la camiseta y la bufanda del Deportivo y me miro en el espejo. Probablemente tendré frío, pero me da igual, porque lo importante es vestir el atuendo que me identifique como iniciando. Salgo a la calle. Paso por el bar de mi amigo Diego, que me está esperando. Diego me sirve una cerveza sin que le pida nada. Me la bebo rápido. Podría pedir más, porque no me las cobraría, pero hoy lo que importa es el rito de inversión, no las miserias de la economía diaria. Las bebidas narcotizantes fuera del entorno del campo hoy no significan nada.
Diego cierra el bar y partimos hacia el estadio como los novicios kurnai son llevados a la selva para apartarlos del mundo de las mujeres. A medida que nos acercamos el ambiente del rito es mayor. Cada vez hay más camisetas y bufandas como las nuestras, todos igual de nerviosos y eufóricos.
Al fin llegamos a las inmediaciones del campo. Diego ha quedado con unos amigos para tomar unas cervezas que nos preparen emocionalmente para el rito. La cerveza es la versión vulgar de una sociedad vulgar de otro tipo de drogas, como el peyote o el sapo alucinógeno, usadas para predisponer la percepción del neófito. Diego me presenta a sus dos amigos. Nos conocemos de vista, pero nunca habíamos hablado. Chocamos las manos y nos sentamos en una mesa. Diego desaparece y vuelve con cuatro botellas. Brindamos por el Dépor. Pedimos otra ronda más, y luego otra más y luego otra. El mareo incipiente se complementa con comentarios de odio hacia el rival. Uno de los amigos de Diego nos cuenta que Hugo Mallo, un jugador del Celta, ha colgado en Twitter una foto suya con un cartel de “se vende” con el escudo del Deportivo. La infamia ha llegado hasta el extremo de fundir la parte superior del escudo con la bandera portuguesa, en una muy poco sutil alusión a los numerosos jugadores portugueses que hay cedidos en el Deportivo, que no fichados, porque el Club no tiene dinero. Una injuria así sólo puede ser vengada con sangre y mucho me temo que, si un aficionado del Celta tuviese la mala suerte de cruzarse con algunos del Dépor, pagaría la estupidez de Hugo Mallo.
La foto que tanto nos indignó
-Con tal de que no juegue Nelson Oliveira. –dice el otro amigo de Diego.
Habla con el gangoseo de los borrachos. Cree que Nelson ha venido al Deportivo sólo a quedarse con nuestro dinero. Ni suda la camiseta ni siente los colores. Incluso en aquel momento, embebido del furor del rito, me sorprende el doble rasero moral de este sujeto, del que estoy seguro que, como todos, se escaquea en el trabajo y no dudaría en cambiar de empresa si le pagasen cincuenta euros más al mes. Digo que por un millón de euros limpiaría los retretes del Celta con la lengua si hiciese falta. El amigo de Diego repone con firmeza que no es lo mismo.
-¿Con la pasta que gana qué necesidad tiene de venir aquí a reírse de nosotros? El fútbol es una cuestión de sentimientos.
Pienso un poco tristemente que es cierto, que los únicos que pueden permitirse el lujo de vivir de acuerdo con sus sentimientos son los ricos.
-Ya. –digo; y le doy un sorbo a mi cerveza.
Todo a lo largo de las cafeterías que rodean el estadio, los aficionados abarrotan las terrazas. Los camareros, sudorosos, corren de mesa en mesa y teclean con dedos frenéticos las cajas registradoras que echan humo. El carnet de socio de quinientos euros anuales palpita en mi bolsillo. A la izquierda, en los bajos del estadio, está la DeporTienda, donde los rezagados que hacen los deberes a última hora compran insignias que los identifiquen como miembros de la tribu. Efectivamente, el fútbol es una cuestión de sentimientos. Lo que me pregunto es si esos sentimientos son los mismos para él que para mí. Pero estoy aquí para el éxtasis del rito, no para ponerme existencial.
-¿Otra ronda? –pregunto.
Mi propuesta es acogida con fervor.
Entro en la cafetería. Hay dos filas antes de poder llegar a la barra. Nadie espera su turno, sino que lanzan sus encargos a la vez, de modo que los camareros no entienden nada y tienen que pedir orden. Al fondo, junto a los baños, hay un grupo de ultras. Su fervor de iniciandos se proyecta simbólicamente en el celo con que han cuidado su cuerpo. No contentos con las camisetas o las bufandas, se han rapado la cabeza, llevan pantalones ostentosamente cortos y apretados, zapatillas de fútbol sala y cazadoras Londsdale. A juzgar por los ojos inyectados en sangre y los continuos desplazamientos involuntarios de la mandíbula, mucho me temo que el entusiasmo del rito los ha llevado a perfeccionar los efectos de la cerveza con los de la cocaína. No quisiera que se me malinterpretase en esto. Sería una hipocresía que un aficionado a los antidepresivos y el alcohol los juzgase por el vicio. Mientras no muerdan a nadie, por mí pueden esnifar pegamento, si quieren.
Al fin consigo que me atiendan. Salgo con las cervezas y seguimos bebiendo hasta el comienzo del partido. De vez en cuando pasa algún conocido por ahí con el que intercambiamos comentarios amistosos, todos con el inminente partido como telón de fondo.
2ª FASE: LIMEN O MARGINALIDAD.
Esta fase constituye el rito de transición propiamente dicho. Los iniciandos escapamos del sistema de clasificación que, normalmente, nos sitúa en una determinada situación o posición en la sociedad y entramos en un espacio cultural que Turner llama communitas, donde las distinciones seculares de posición y status desaparecen. Es una muerte simbólica para el nacimiento a una nueva vida social.
“La communitas espontánea está rodeada por un algo ‘mágico’; desde un punto de vista subjetivo comunica la sensación de un poder ilimitado”
Víctor Turner. El proceso ritual. Estructura y antiestructura.
Por fin ha llegado la hora de entrar en el estadio. Diego, sus amigos y yo nos despedimos con abrazos y buenos deseos para el partido. Subo tambaleándome la cuesta que me lleva hasta la puerta de entrada, donde se agolpan unas cincuenta personas todas tratando de entrar a la vez. Me uno a ellas. Cinco minutos después consigo apoyar mi carnet en el lector del código de barras y el torno cede. Ante mí se extiende un pasillo y, al fondo, a través del vomitorio, se ve parte del césped verde. El ruido de los miles de gargantas cantando a coro es ensordecedor. Noto la excitación en las plantas de los pies. Cruzo el pasillo a paso rápido y, de repente, he salido del vomitorio. Estoy en la grada. Treinta mil personas blanquiazules vociferan y cantan. Lanzo un grito de júbilo. Bajo las escaleras y voy hasta mi sitio en la fila ocho asiento 147. Después de veintiséis años, hay algo mío en esta butaca de plástico azul, gastada y con un tornillo roto que la hace bailar. Mi mujer y mi padre ya están allí. Al lado de ella está Alfredo, un señor barrigudo del que sólo sé su nombre y Lolo, un jubilado que se entretiene con un pequeño huerto en Ordes. Detrás hay un hombre con bigote que trabaja en banca y que nunca escucha y sabe muchísimo de todo. Los saludo a todos, le doy un fuerte abrazo a mi mujer y me uno a la canción que corea el estadio entero. Es un momento emocionante. Treinta y cinco mil gargantas entonando el himno, el conjuro que nos pone en contacto con la deidad. Acaba y aplaudimos fuerte. Todos nos sentimos parte de lo mismo, de esa Coruña imperecedera, símbolo del Bien Eterno. Enfrente, en una esquina, están los malos. Dos mil quinientos hinchas con esas camisetas sucias de color celeste. Sin duda, habrá algunos alumnos míos allí. Lo sé porque me han dicho que vendrían. Son buenos chicos y les he pedido que tuviesen cuidado, porque puede haber lío. Insulto a esa masa informe celeste.
Saltan los jugadores al campo. El speaker dice los nombres de los nuestros deteniéndose en cada uno para darnos tiempo a jalearlo. Luego dice los del equipo rival, pero no se oye nada porque todos silbamos y también silbamos cuando dice el nombre del árbitro, por lo que pueda pasar. Es como el minuto de odio de 1984. Luego todo el mundo se calla de repente y sólo se oye algún que otro grito proveniente de la grada sur de los ultras, esos neófitos tan celosos. El árbitro pita el inicio y hay una explosión general de ánimo a nuestros jugadores.
El espectáculo es un ejemplo perfecto de la exaltación de la moral del grupo. Los equipos son una maravillosa metáfora de la empresa, el pilar de nuestra tribu. Cada jugador, como cualquier empleado, tiene una función muy determinada. Uno se ocupa de destruir el juego del centro izquierda, otro es el que se encarga de engrasar el movimiento de su equipo llevando el balón entre la defensa y la delantera, y otro, quizá el puesto de trabajo más valorado, tiene el privilegio de poner la guinda al trabajo colectivo con el gol. En la banda, el entrenador gestiona el grupo con la autoridad del jefe. De cada jugador se espera que se sacrifique por el equipo, pero, al mismo tiempo, se le obliga a rivalizar con sus compañeros por el puesto, escenificando de manera sutil la paradoja del dogma del sistema de mercado, en el que convive eso de que “lo importante es la empresa” con la dosis necesaria de individualismo imprescindible en el capitalismo, que se basa en la posibilidad de medro personal. Trabajo y esfuerzo contra la tan odiada empresa rival que compite con la nuestra por el mercado de la cabeza de la tabla. Competitividad en todos los nivel porque, como repite el mantra neoliberal, la competencia saca lo mejor de cada uno. Todo esto complementado con un poquito de machismo: los que juegan son hombres y, a fin de cuentas, en el fondo todos seguimos pensando que el encargado de conseguir el sustento en la jungla de asfalto es el macho cazador.
El partido transcurre como debería. Tres goles del Deportivo como tres soles. Iago Aspas, el ídolo rival, expulsado en el minuto veinte por un intento de cabezazo a Marchena. Le cantamos “Tontooooooo, tontoooooooo, tontoooooo….” y les echamos los cuernos a las camisetas sucias celestes que están en la grada de enfrente. Ni siquiera el gol del Celta en los últimos minutos consigue enturbiar el éxtasis. Me abrazo con mi padre, con mi mujer, con Alfredo y con el banquero de bigote que sabe de todo y nunca deja hablar. La communitas es absoluta. Fuera del estadio, para mí ese director de oficina de Nova Caixa Galicia con bigote no es más que un criado con librea, un Tío Tom, un esbirro de los peces gordos de la banca que cumplió sin rechistar la orden de colocar acciones preferentes a sabiendas de que eran un timo. Y yo para él no soy más que un profesor funcionario, un holgazán por doble banda, un parásito al que tiene que mantener con sus impuestos. Pero aquí las distinciones seculares de posición y status desaparecen. Aquí limamos las asperezas que surgen en el día a día social porque, por encima de un banquero ladrón y un profesor vago, somos coruñeses, miembros de esa comunidad ideal que llamamos Coruña y que no sabemos muy bien qué significa, pero que no es más que un microcosmos de la sociedad de mercado global.
3ª FASE: AGREGACIÓN
El iniciando regresa al seno de la estructura social, con sus roles y sus posiciones jerarquizadas.
Salgo del estadio con un pelotazo emocional bestial. Estoy ebrio de vino, de poesía y de virtud. Mi padre, mi mujer y yo bajamos la calle cogidos del brazo. Delante de mí va una pareja de unos treinta y cinco años. Ella lleva puesta una cazadora vaquera, pero no la ha bajado lo suficiente para ocultar esa sucia camiseta celeste que asoma por abajo. Le hago un gesto con la cabeza a mi mujer. Ella sonríe y seguimos caminando en silencio, disfrutando del dulce vino de la victoria. De repente ella me aprieta el brazo. Por la derecha, por una calle lateral que desemboca en el estadio, vienen diez o doce chavales de unos veinte años. Están cubriéndose la cara con bufandas y uno ya se ha puesto un pasamontañas. Llevan palos y veo cómo uno saca una navaja de una riñonera. No los hemos visto antes porque la noche es oscura y la calle estrecha. Ni nosotros ni la pareja de la camiseta sucia celeste. Se me tensan los músculos. No sé si tendré el valor de ayudar a la pareja contra una docena de ultras armados. Afortunadamente, van tan obcecados hacia la grada del equipo rival que no se fijan en la camiseta sucia celeste que asoma por debajo de la cazadora. Pasan de largo. Me relajo. Mi mujer me suelta el brazo y da un par de pasos rápidos hasta ponerse a la altura de la pareja. Toca el hombro de ella y le indica que corre cierto riesgo si no esconde esos dos dedos de camiseta sucia. Hay algunos iniciandos, no muchos si hay que ser sinceros, que no entienden la naturaleza simbólica del ritual. Viven el rito como si fuera real y, sobre todo, extienden la condición de limen más allá de los espacios del rito. Esa misma noche los telediarios emitirán imágenes de neófitos, tan tan celosos del ritual que no saben dónde están sus fronteras, quemando contenedores y peleándose con la policía. La chica le da las gracias a mi mujer y todos seguimos nuestro camino tan campantes.


Dejamos a mi padre en casa. Mi mujer y yo nos vamos a tomar unas cuantas copas para celebrarlo. Necesitamos un periodo de transición en el que comentar lo bueno que fue.


neófitos celosos del rito

A las tres de la mañana me acuesto borracho y feliz. El Domingo los impuestos seguirán igual de altos y mi sueldo seguirá rebajado para pagar los pufos de unos banqueros que se lo han llevado crudo; tendré que corregir un pilón de exámenes, máximo exponente de mi trabajo alienante y, en definitiva, todo seguirá igual. Pero no me importa. Esta noche he aliviado esas tensiones abrazándome con el banquero que los sabe todo y nunca deja hablar y he tenido mi ración de valores de grupo, capitalismo de mercado y nacionalismo.
Y el lunes volveré a clase y escucharé los comentarios despectivos de algunos de mis compañeros, sobre todo de aquellos que se saben más intelectuales, que repetirán, con otras palabras no tan técnicas, todo lo que yo he ido soltando a lo largo de este pequeño artículo y mantendrán una actitud de condescendiente superioridad sobre todos aquellos que nos gusta el fútbol. Y yo no les contestaré que todas las sociedades del mundo tienen ritos de inversión al servicio de la cohesión social. Ni les diré que el fútbol no es el único, sino el más popular. Y tampoco les diré que Operación Triunfo –y en general cualquier concurso-, el 99% de las novelas y películas que ven e incluso las tertulias políticas de la radio, cuyos argumentos repiten a sus amigos durante la hora del café, sirven exactamente para lo mismo: la exaltación de los valores de nuestra tribu capitalista democrática.

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