miércoles, 19 de marzo de 2014

Cuando la realidad se parece a la ficción. Segunda parte.



Cuando la realidad se parece a la ficción. Segunda parte.

          Ya he hablado de este tema en otro momento. En aquella ocasión me refería a la transformación de los espacios y al modo en que los adaptamos a la imagen que se espera de ellos. Ahora quiero hablar del comportamiento humano, de ese proceso por el cual las personas orientamos nuestra conducta en función de modelos simbólicos aprendidos.
           Es verano en un pueblo de la costa levantina. Estoy pasando unos días en casa de mis suegros. El calor es intolerable. Durante el día aniquila cualquier iniciativa y por las noches se me pega al cuerpo y no me deja dormir, ni siquiera doblando la dosis habitual de somníferos. Son las once y media de la mañana. Estoy en el despacho de mi suegro leyendo la prensa por internet. Sobre mi cabeza da vueltas un ventilador que imita los tonos caoba de los barcos de principios del siglo pasado. Estoy aletargado por culpa de la falta de sueño y el calor, pero tampoco importa mucho, porque apenas si hay noticias. Los periodistas, en Agosto, se van de vacaciones a la playa y, con ellos, la actualidad. Me resulta curioso este ejemplo de cómo los medios de comunicación construyen la realidad y pienso que podría escribir sobre ello, pero estoy tan cansado y mareado que mucho me temo que tendré que dejarlo para Septiembre, cuando vuelva a las amables temperaturas de mi tierra natal.
         Se abre la puerta y entra mi mujer.
        -He quedado con Raquel, Clara y Susana para comer en el chiringuito. ¿Te apuntas?
        Raquel, Clara y Susana son sus amigas de la infancia. El plan será pasar unas cuantas horas bajo el inclemente sol alicantino recordando viejas anécdotas de juventud. La respuesta es evidente.
        -No.
       Mi mujer me mira un instante en silencio invitándome a justificarme. Sus amigas son simpáticas, pero me da una pereza horrible pasar la tarde escuchando una sucesión de aventuras juveniles, todas debidamente deformadas para adecuarlas al gusto de su edad actual.
     -Hablaréis de cosas de cuando yo no te conocía. Nadie debería saber nada del pasado de su esposa.
     La frase suena falsa, como sacada de una novela decadentista, y mi mujer sabe que soy muchas cosas, pero nunca un Lord Henry o un Jean Floressas des Esseintes auténtico. Lo siento. Hace demasiado calor. Doy otra excusa más verosímil.
     -Ya sabes que el médico me prohibió tomar el sol.
     Esto sí que es rigurosamente cierto y ya no suena a que sus amigas me aburren mortalmente.
     -¿Entonces le digo a mi madre que comes con ellos?
     -No. –me apresuro a decir.
     Ella sonríe. Resulta curioso cómo uno puede decirle a su mujer que preferiría limpiar letrinas antes que comer con sus suegros y no que sus amigas le cansan. Supongo que se debe a dos razones: una, y quizá la más importante, es que ella también se aburre con sus padres; la otra es que no es responsable de haber escogido su parentela y sí de sus afectos.   
     -¿Y qué vas a hacer? -me pregunta.
     -Oh, oh. No te preocupes por mí. Ya me busco la vida.
      Ella dice “vale” y se va y ya no la volveré a ver hasta la noche.
     Sigo enredando por internet hasta la una y media. Poco después mi suegra empezará a cocinar y prefiero evitar la pregunta de si me prepara algo a mí. Me escabullo sin ningún remordimiento, seguro de que ella también prefiere tumbarse a su aire para ver la telenovela después de comer.
     Abro el portal. Me golpea una lengua de calor que me deja literalmente noqueado. Un sol ardiente cae a plomo sobre la acera sin dejar un resquicio de sombra. Por si esto no fuese suficiente, los aparatos de aire acondicionado de los comercios bombean chorros de aire caliente a la calle. Entonces tengo un momento de auténtica duda existencial: ¿Qué demonios puede hacerse en un pueblo de la costa alicantina en pleno Agosto si no es ir a freírse a la playa? Respuesta: nada. Por algo se le llama turismo de sol y playa.
      Me arrastro hasta el coche que tengo aparcado un par de calles más allá. Arranco y conduzco un rato con las ventanillas bajadas hasta que el aire acondicionado está listo. Subo las ventanillas. Se me escapa un gemidito de placer cuando la temperatura del habitáculo desciende hasta los veinticinco grados. Conduzco un buen rato, sin dirigirme a ningún sitio en particular, sólo disfrutando del fresquito. He dejado de sudar, pero una nueva duda vuelve a asaltarme. No puedo pasarme ocho horas conduciendo sin rumbo sólo para no pasar calor. La casualidad viene a rescatarme. Un cartel verde situado a la derecha de la carretera me avisa de un desvío a quinientos metros hacia un centro comercial. Cojo la salida. Allí seguro que hay aire acondicionado gratis.
       Paso una hora merodeando por la planta baja, parándome ante los escaparates y viendo cómo los turistas extranjeros gastan su dinero en ropa que podrían comprar igualmente en sus países de origen. Me siento en una zona de descanso e intercambio unos WhatsApps con colegas de Coruña. Luego me aburro y vuelvo a pasear. Los turistas extranjeros siguen comprando y pienso en cómo la globalización ha homogeneizado las actividades de ocio, hasta el punto de que nos lleva a hacer a miles de kilómetros de nuestras casas lo mismo que podríamos hacer a un par de manzanas.
    Tengo un poco de hambre. Como en casi todos los centros comerciales, la última planta está reservada para los cines y la hostelería. Deambulo entre los restaurantes de comida rápida excitando mi estómago con los aromas que lo inundan todo. Hay pizzerías, locales especializados en pollo, en comida china, en comida argentina, mejicana y varias hamburgueserías. Por supuesto, no hay ninguna arrocería ni ningún restaurante de comida valenciana. Si fuese un embaucador, aquí podría colar otro comentario como el que he hecho acerca de los turistas alemanes que compran zapatillas Nike en un centro comercial de Alicante. Pero lo cierto es que una arrocería aquí estaría de más. Un centro comercial es el ejemplo perfecto de lo que Marc Augé llamó “no lugar”, un espacio público aséptico, funcional e impersonal, concebido para una estancia tan limitada que no es más que un lugar de tránsito. Un espacio del anonimato. Nadie me conoce. Nadie se fija en mí. Sólo soy un cliente, un usuario. Un barecito tradicional, donde el camarero sirve chatos de vino del país con taquitos de mojama y me saluda por mi nombre, aquí sería un pegote. Paseo un ratito por los pasillos, disfrutando de esta momentánea aniquilación de la personalidad.
         Una chica bajita se me acerca con una sonrisa forzada y me invita a entrar en su restaurante. Lo observo unos segundos, evaluándolo. Es una hamburguesería que imita en todo a los restaurantes de carretera americanos de los años cincuenta. Las camareras visten de blanco y rojo, con unas minifaldas cortas con delantal, zapatillas de deporte y sombreros que parecen barquitos de papel. A la izquierda del local están las mesas, todas de metal rodeadas por butacas de cuero rojo. A la derecha hay una sucesión de taburetes también de cuero rojo enganchados en la parte baja de la barra. Hay carteles retro de Coca Cola y una máquina de sirope. Por el hilo musical suena una canción de Elvis. Cada detalle está tan cuidado que el conjunto parece sacado de un cuadro de Hopper. Acepto la invitación de la chica bajita de la sonrisa forzada.
       Me siento en la barra. Una camarera con el pelo negro recogido en una coleta me da la carta y
pone delante de mí un mantel de papel, una servilleta y un cuchillo y un tenedor. Observo todo el proceso con curiosidad, preguntándome cómo conseguirán que ese gorrito que parece un barquito de papel no se les caiga.
         -¿Qué quieres de beber? –me pregunta cuando termina.
         -Una cerveza estaría bien.
         -¿Budweiser, Blue Moon o Milawaukee?
         -La tercera. –digo al azar.
         -¿Milawaukee?
         -Sí.
         -¿Grande o pequeña?
         -Grande.
      La camarera toma nota en una hoja que deja frente a mí y me sirve un vaso de medio litro mientras tararea alegre la canción de Elvis. Luego me alarga la carta y se va. La oferta gastronómica es un auténtico homenaje al imperio de las barras y las estrellas. Hay hamburguesas y sándwiches de todo tipo, jambalaya, pot pies de pollo con curry, hot wings, apple pies, shoofly pies, brownies y hasta sirope de arce. Me decido por una hamburguesa con chili picante y patatas. La camarera está sacando hielo picado de una nevera con una pequeña pala de plástico y lo mete en el tradicional vaso de cristal de Coca-Cola, con la base estrecha, la copa ancha y unas ondas y la marca en relieve. Mientras lo hace sigue tarareando la canción que suena por el hilo musical, que ya no es Elvis, sino Willie Nelson. Cuando termina viene y toma nota de mi pedido, que apunta en una libreta. Deja una hoja frente a mí, junto a en la que había anotado la cerveza, y lleva otra a la cocina y la clava en un panel frente al cocinero. Por primera vez me fijo en él. Lleva una redecilla en el pelo y una camisa hawaiana y suda frente a la parrilla. Saco mi libreta y tomo algunas notas sobre los turistas que compran en el centro comercial.
        Como todo, me bebo otra Milawaukee y un brownie de postre. Cuando termino, la camarera me ofrece un café que no me atrevo a rechazar, no porque me guste el café, que no, sino porque no me atrevo a rehusar la infusión aguada que promete esa cafetera de cristal por no romper la armonía de la escena.
        No dejo de escribir ni un momento. Estoy a gusto. Las ideas fluyen con facilidad allí, a salvo del asfixiante calor. En el estéreo, además de Elvis y Willie Nelson, suenan Bill Haley & The Comets, Jerry Lee Lewis, Little Richard, Chuck Berry, Buddy Holly, Gene Vincent y Eddie Cochran.
        Termino a las cinco y media. La camarera que me atendió ya no está en la barra, sino en una caja que hay junto a la puerta. Cojo las notitas que ha ido apilando frente a mí y me dirijo hacia allí. Ella me sonríe, con su sombrero que parece un barquito de papel. Le entrego las notas.
          -Son diecisiete cincuenta. –dice.
          Le doy dos billetes de diez y dejo los dos euros y medio de la vuelta en la urna de las propinas.
          -No eres de por aquí ¿verdad? –pregunta apoyando los codos en la caja registradora.
          -No. –digo yo.
          -¿Estás de paso?
          -No lo sé. Supongo.
          -¿Supones?
          -Sí. Supongo que las vacaciones son estar de paso.
          -¿Eres escritor o algo así?  
          La pregunta me coge por sorpresa.
          -Oh. –digo.
          -Es que como no has parado de escribir, pensábamos que eras escritor.
     -Pues creo que no. Sólo escribía cosas de antropología. -Ella pone cara de no entender.- Una rama de la filosofía que estudia la cultura. –explico.
           Entonces ella asiente.
           -¿Eres profesor?
           -Sí.
           -Salgo a las once.
          Yo esbozo un guiño cómplice. No hablo de mi mujer por no estropear la magia del momento. Salgo del local.  Este conato de ligue como una escena de Grease ha sido la guinda perfecta a mi ración de cultura popular americana.

No hay comentarios:

Publicar un comentario